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            <article-title>AURELL, Jaume. 2024. <italic toggle="yes">What is a Classic in History&#x003F; The making of a Historical Canon</italic>. Cambridge: Cambridge University Press. 354 p&#x00E1;gs. ISBN: 978-1009469951.</article-title>
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      <p>Durante mi estancia postdoctoral en Brasil tuve la oportunidad (junto con el Prof. Pedro Paulo Funari) de entrevistar al Prof. Jos&#x00E9; Remesal, reputado arque&#x00F3;logo e historiador del mundo antiguo. En la entrevista nos interesaba analizar el estado actual de los estudios de la Antig&#x00FC;edad y la forma de hacer historia a nivel global. Dos preguntas resultaron ser especialmente relevantes: &#x00BF;Cu&#x00E1;l es la ventaja de Europa frente a otros pa&#x00ED;ses como Brasil&#x003F; &#x00BF;Cu&#x00E1;l es el mayor h&#x00E1;ndicap&#x003F; La respuesta fue la misma en ambos casos: Remesal argument&#x00F3; que la tradici&#x00F3;n, es decir, la forma de hacer historia con base a unas fuentes, una metodolog&#x00ED;a contrastada y un estilo propio constituye un camino conocido y seguro en los pa&#x00ED;ses europeos, pero es al mismo tiempo una losa que no existe como tal en pa&#x00ED;ses con un recorrido m&#x00E1;s corto, quiz&#x00E1;s con menos experiencia, pero m&#x00E1;s libres para innovar y repensar el pasado.</p>
      <p>El libro de J. Aurell trata justamente sobre la tradici&#x00F3;n y la innovaci&#x00F3;n. Las preguntas que constituyen el punto de partida son las mismas. &#x00BF;Qu&#x00E9; es un cl&#x00E1;sico en Historia&#x003F; &#x00BF;Por qu&#x00E9; ciertas obras, desde Her&#x00F3;doto, Tuc&#x00ED;dides o Salustio hasta Gibbon, Braudel o Huizinga, contin&#x00FA;an despertando inter&#x00E9;s y no han sido eclipsadas pese al avance de los conocimientos y las nuevas interpretaciones&#x003F; Esta no es una cuesti&#x00F3;n menor, y de hecho el libro atiende a una serie de cuestiones en debate actualmente, buscando en el pasado las respuestas para el presente y el futuro. As&#x00ED;, el autor se confiesa preocupado con un &#x201C;excesivo academicismo en la historia&#x201D; que se ha convertido para los historiadores en &#x201C;una especie de camisa de fuerza que les impide decir lo que consideran relevante para s&#x00ED; mismos y para la sociedad&#x201D; (p. 10). Los art&#x00ED;culos sint&#x00E9;ticos o los posts en las redes sociales como forma prioritaria de producci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica y de divulgaci&#x00F3;n difieren abiertamente de estas obras cl&#x00E1;sicas, y aunque constituyen la realidad presente (nos guste o no), no ser&#x00ED;an &#x2014;en opini&#x00F3;n de este autor&#x2014; la forma m&#x00E1;s recomendable y/o efectiva de hacer historia (v&#x00E9;ase tambi&#x00E9;n pp. 81-86).</p>
      <p>Este es pues un libro sobre historiograf&#x00ED;a e historia cr&#x00ED;tica en un marco occidental, cl&#x00E1;sico y tradicional (lamentablemente, no hay espacio para &#x201C;nuevos&#x201D; cl&#x00E1;sicos, pues no hay una perspectiva de an&#x00E1;lisis no euroc&#x00E9;ntrica, derivada de Grecia y Roma, ni un espacio para el an&#x00E1;lisis de estas obras desde su contenido, su contexto y su recepci&#x00F3;n posterior, clave en muchos casos de su &#x00E9;xito). La innovaci&#x00F3;n (y el acierto del libro, no obstante) reside colocar el centro de atenci&#x00F3;n en la propia labor del historiador y en su forma de escribir historia. Como trasfondo siempre est&#x00E1; H. White y su obra <italic toggle="yes">Metahistory</italic> (punto de partida e inspiraci&#x00F3;n p. viii), convertida as&#x00ED; misma en un cl&#x00E1;sico. De White se deriva tambi&#x00E9;n la tesis central del libro: Historia y Literatura comparten una misma forma narrativa, aunque difieren en el contenido. Los grandes relatos cl&#x00E1;sicos &#x2014;y esta ser&#x00ED;a la forma de conseguir escribir un cl&#x00E1;sico&#x2014; conjugan forma y contenido, tradici&#x00F3;n e innovaci&#x00F3;n. En vez de caer en un formalismo sobrio asociado a la b&#x00FA;squeda de objetividad, el autor aboga por incluir una serie de recursos literarios que estar&#x00ED;an en plena consonancia con la metodolog&#x00ED;a propia del historiador y permitir&#x00ED;an de paso consagrar un texto relevante y sugerente (p. 301). J. Aurell aboga pues por una vuelta de tuerca a los cl&#x00E1;sicos, no tanto como modelo, sino como salvaguarda e inspiraci&#x00F3;n para el presente y el futuro de la disciplina.</p>
      <p>&#x201C;Tradition is not the worship of ashes, but the preservation of fire&#x201D;. Esta cita de Gustav Mahler abre la introducci&#x00F3;n del libro (pp. 1- 43) y sin duda recoge bien su idea central. El autor alude primero a unas b&#x00E1;sicas nociones historiogr&#x00E1;ficas (pp. 3-12) y posteriormente gu&#x00ED;a al lector por un ampl&#x00ED;simo abanico de fuentes objeto de estudio (pp. 16-30), evidenciando un nutrido bagaje que se destila a lo largo de todo el libro y que constituye uno de los aspectos m&#x00E1;s loables y sugerentes del libro. Las &#x00FA;ltimas p&#x00E1;ginas (pp. 30-43) ahondan en la estructura del mismo, dividida en cinco cap&#x00ED;tulos que atienden a cinco conceptos: durabilidad, cl&#x00E1;sico, canon, g&#x00E9;neros, y genealog&#x00ED;a.</p>
      <p>El primer cap&#x00ED;tulo (Las condiciones de la durabilidad, pp. 44-86) ahonda en el conjunto de elementos que explican la pervivencia y relevancia en el tiempo de estas obras cl&#x00E1;sicas. Para J. Aurell la durabilidad tiene que ver m&#x00E1;s con la forma en que escribimos historia que con el contenido en s&#x00ED; (p. 72). El historiador debe establecer conexiones entre espacios y tiempos, entre el pasado y el presente, buscando un &#x201C;efecto de contemporaneidad&#x201D; (pp. 54-62) que suscite la imaginaci&#x00F3;n y reflexi&#x00F3;n del lector. El autor advierte, no obstante, frente al presentismo &#x2014;la reducci&#x00F3;n del pasado al presente&#x2014; (p. 59), e indica que no se trata de seguir a pie juntillas un modelo, como si de una f&#x00F3;rmula m&#x00E1;gica se tratara, sino que un cl&#x00E1;sico requiere siempre de un cierto grado de innovaci&#x00F3;n metodol&#x00F3;gica e interpretativa (pp. 66-68). Apuesta, en cambio, por un t&#x00E9;rmino medio: &#x201C;Las obras hist&#x00F3;ricas perduran cuando sirven a fines metodol&#x00F3;gicos y proporcionan herramientas para comprender el presente sin da&#x00F1;ar por ello la integridad del pasado&#x201D; (p. 71); cuando consiguen un equilibrio entre un enfoque contemplativo, pr&#x00E1;ctico y cient&#x00ED;fico (p. 76).</p>
      <p>El segundo cap&#x00ED;tulo (Las din&#x00E1;micas del Cl&#x00E1;sico, pp. 87-137) ahonda en estas mismas ideas. J. Aurell parte de la premisa de que &#x201C;cualquier forma de narrativa hist&#x00F3;rica nunca podr&#x00ED;a alcanzar el rango de cl&#x00E1;sico atendiendo solo a su valor cient&#x00ED;fico y sus referencias&#x201D; (p. 96). Por el contrario, adoptar una cierta literalidad, haciendo uso por ejemplo de un lenguaje figurado o metaf&#x00F3;rico, es algo vital si queremos escribir un cl&#x00E1;sico (pp. 109 y 115). Las met&#x00E1;foras, argumenta, son relevantes y convenientes en una obra hist&#x00F3;rica, pues contribuyen a la comprensi&#x00F3;n del pasado (p. 103). De tal manera que, aunque no todos los historiadores tengamos esas cualidades literarias, al menos, deber&#x00ED;amos intentar alcanzar un lenguaje que es, parad&#x00F3;jicamente (seg&#x00FA;n insiste), propiamente hist&#x00F3;rico y compatible con una metodolog&#x00ED;a tradicional (p. 110), aunque al emplearlo &#x201C;parezcamos&#x201D; (seg&#x00FA;n indica) menos cient&#x00ED;ficos (p. 135). Del mismo modo, vuelve a insistir en la necesidad de un cierto equilibrio entre lo figurativo y lo literal (p. 109) e igualmente resalta que, al fin de cuentas, qui&#x00E9;n triunfa lo hace por un motivo: estas obras cl&#x00E1;sicas desafiaron el <italic toggle="yes">status quo</italic> y forjaron nuevas v&#x00ED;as de conocimiento y an&#x00E1;lisis (p. 128).</p>
      <p>El cap&#x00ED;tulo tercero (La ineludibilidad del canon, pp. 138-205) es una reivindicaci&#x00F3;n del canon como el conjunto de criterios (literarios) y cient&#x00ED;ficos a los que el historiador deber&#x00ED;a atenerse al escribir su obra. El autor nos retrotrae a las mismas obras de siempre, partiendo de Grecia y Roma, y desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Reconoce, no obstante, las cr&#x00ED;ticas vertidas a este canon, que no considerar&#x00ED;a las dimensiones no-euroc&#x00E9;ntricas, &#x00E9;tnicas o de g&#x00E9;nero (pp. 156-159). El autor, en cambio, se reafirma en este canon con dos argumentos b&#x00E1;sicos. Por un lado, sostiene que estas cr&#x00ED;ticas no pueden obviar un hecho para &#x00E9;l claro: la extraordinaria pervivencia en el tiempo de estas obras cl&#x00E1;sicas (p. 158). Por otro lado, arguye que estas obras, entre las que incluye a Gibbon, Maculay y White (pp. 159-179), no siempre han formado parte del canon, y que este, por tanto, est&#x00E1; siempre en constante cambio y creaci&#x00F3;n. Remarca tambi&#x00E9;n que estos autores nunca trataron de sumarse al canon, sino que buscaban justamente demolerlo, yendo un paso m&#x00E1;s all&#x00E1; en la escritura de la historia (p. 178). Dir&#x00ED;a que este es el aspecto menos convincente del libro: este canon no es sino un producto hist&#x00F3;rico, construido a lo largo de los siglos, sobre la idea de una herencia cl&#x00E1;sica griega y romana. &#x00BF;Hay alg&#x00FA;n cl&#x00E1;sico que no haya sido escrito en ingl&#x00E9;s, en franc&#x00E9;s y en menor medida, alem&#x00E1;n&#x003F; Convendr&#x00ED;a considerar otros contextos. Pongo dos ejemplos que me son conocidos. La historia de los reyes de al-Andalus (<italic toggle="yes">Ta&#x2019;r&#x012B;j al-Rusul wa-l-Mul&#x016B;k</italic>), escrita por un historiador cordob&#x00E9;s del siglo X, A&#x1E25;mad al-R&#x0101;z&#x012B;, se basa igualmente en fuentes antiguas (Orosio e Isidoro de Sevilla fundamentalmente), pero da un paso m&#x00E1;s all&#x00E1;: es la primera obra que tiene como objeto de estudio la pen&#x00ED;nsula ib&#x00E9;rica y su historia. Su trascendencia posterior es innegable y abarca diversas tradiciones literarias (&#x00E1;rabe, lat&#x00ED;n, portugu&#x00E9;s y castellano) y sirvi&#x00F3; de modelo a otras obras, entre ellas, la <italic toggle="yes">Historia de Espa&#x00F1;a</italic> de Alfonso X. Otro ejemplo a destacar ser&#x00ED;a la obra de Ibn Jald&#x016B;n, verdadero art&#x00ED;fice de una nueva forma de escribir historia que aunaba diversas disciplinas y fuentes en busca de una historia total. Analizaba, al igual que Gibbon, el auge y decadencia de los pueblos, y al igual que Braudel, consideraba un amplio marco geogr&#x00E1;fico y cronol&#x00F3;gico y vinculaba micro y macro-historia. &#x00BF;No forman parte ambos autores de la tradici&#x00F3;n occidental y no deber&#x00ED;an ocupar tambi&#x00E9;n un lugar entre los cl&#x00E1;sicos&#x003F; Del mismo modo, la construcci&#x00F3;n de este canon obedece sin duda a la capacidad del autor y al conjunto de caracter&#x00ED;sticas que atesora la obra en cuesti&#x00F3;n, pero tambi&#x00E9;n (y no en menor medida) a su contexto y posterior recepci&#x00F3;n que hace que la obra y el relato del historiador resulte pertinente y/o atractivo. J. Aurell aboga por mantener este canon como herramienta &#x00FA;til y necesaria para los historiadores (nos guste o no) (p. 198). Antes que precipitarse, cabe seguir reconsiderando la forma en la que se ha escrito y se escribe historia, ahondando justamente en los aspectos transculturales que todav&#x00ED;a son desconocidos.</p>
      <p>El cap&#x00ED;tulo cuarto (La funci&#x00F3;n can&#x00F3;nica de los g&#x00E9;neros hist&#x00F3;ricos, pp. 206-257) es, como el cap&#x00ED;tulo anterior, una historia de los g&#x00E9;neros hist&#x00F3;ricos (monograf&#x00ED;a, biograf&#x00ED;as, autobiograf&#x00ED;a) desde Grecia y Roma hasta la actualidad: el lector encontrar&#x00E1; referencias a Cicer&#x00F3;n e Isidoro de Sevilla, Jacoby y White, la Escuela de los Annales y la nueva narrativa a partir de los a&#x00F1;os 70 y 80. Las &#x00FA;ltimas p&#x00E1;ginas est&#x00E1;n dedicadas a valorar la irrupci&#x00F3;n de nuevos formatos en la escritura de la historia gracias al impulso de las nuevas tecnolog&#x00ED;as: el autor opina que han fomentado una &#x201C;democratizaci&#x00F3;n&#x201D; de la historia y que esta no es ya una propiedad exclusiva del historiador, sino que la historia es producida por todo aquel que interact&#x00FA;a con el pasado (p. 244). &#x00BF;D&#x00F3;nde nos sit&#x00FA;a esto a los historiadores&#x003F; &#x00BF;De verdad tienen igual valor todos los relatos&#x003F; En cualquier caso, aunque estas nuevas formas de hacer historia sean bienvenidas (unas m&#x00E1;s que otras, seg&#x00FA;n dice), no podemos por ello olvidar los beneficios de respetar las formas &#x201C;antiguas&#x201D; de escribirla (p. 251). &#x00BF;Ser&#x00E1; eso suficiente para sobrevivir a los nuevos tiempos&#x003F; </p>
      <p>El &#x00FA;ltimo cap&#x00ED;tulo (Genealog&#x00ED;a como Doble Agente, pp. 258-299) ahonda en el concepto de genealog&#x00ED;a, recuperando su polisemia y aclarando alg&#x00FA;n que otro &#x201C;malentendido&#x201D;, al tiempo que se subraya su aplicaci&#x00F3;n a la escritura de la historia, combinando con ella una doble cualidad: cambio y permanencia, es decir, tradici&#x00F3;n e innovaci&#x00F3;n. La conexi&#x00F3;n de este cap&#x00ED;tulo con el resto del libro resulta, sin embargo, difusa, salvo por el hecho de que, de nuevo, se buscan las ra&#x00ED;ces griegas y romanas del t&#x00E9;rmino, hasta llegar a las aportaciones de Nietzche y Foucault.</p>
      <p>El presente libro ahonda pues en cuestiones vitales para todo historiador que se pregunte &#x00BF;de qu&#x00E9; forma escribir historia&#x003F;, &#x00BF;qu&#x00E9; instrumentos son los mejores&#x003F;, &#x00BF;c&#x00F3;mo conciliar academismo y divulgaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica&#x003F; J. Aurell aboga por ser mejores escritores, sin dejar de ser por ello buenos cient&#x00ED;ficos. Que cada uno juzgue por s&#x00ED; mismo. Yo personalmente me quedo con un aspecto que acaba quedando claro con el paso de las p&#x00E1;ginas: la tradici&#x00F3;n no es sino la consagraci&#x00F3;n de la innovaci&#x00F3;n.</p>
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