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            <article-title>Garc&#x00ED;a Marsilla, Juan Vicente. 2022. <italic toggle="yes">Food consumption in Medieval Iberia. A socio-economic analysis, 13th-15th centuries</italic>. Londres / Nueva York: Routledge. 288 p&#x00E1;gs. ISBN: 978-0-367-36408-3.</article-title>
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      <p>La nueva historia de la alimentaci&#x00F3;n lleg&#x00F3; tarde a los centros de investigaci&#x00F3;n hispanos. Suscit&#x00F3; inicialmente suspicacias entre los historiadores, que la consideraron como una disciplina menor, m&#x00E1;s propia de divulgadores eruditos que de profesionales cualificados. A pesar de este complicado arranque, se ha ido abriendo paso en los departamentos universitarios. En esta introducci&#x00F3;n, los medievalistas y los modernistas han desempe&#x00F1;ado el papel de pioneros.</p>
      <p>Juan Vicente Garc&#x00ED;a Marsilla forma parte del restringido colectivo de los primeros investigadores interesados por analizar la relaci&#x00F3;n de los diversos estamentos sociales con la alimentaci&#x00F3;n. Ya dedic&#x00F3; al tema su memoria de licenciatura. Desde entonces, la historia de la alimentaci&#x00F3;n ha continuado siendo una de sus l&#x00ED;neas de investigaci&#x00F3;n preferente. La presente obra significa un cambio parcial de enfoque. Hasta su publicaci&#x00F3;n, el autor se hab&#x00ED;a dedicado al estudio anal&#x00ED;tico de la jerarqu&#x00ED;a alimentaria vigente en la Baja Edad Media en el reino de Valencia, ahora nos ofrece una s&#x00ED;ntesis del consumo alimentario en el conjunto de la Pen&#x00ED;nsula Ib&#x00E9;rica. Se mantiene fiel, sin embargo, a su tradicional arco cronol&#x00F3;gico, los tres &#x00FA;ltimos siglos del medioevo.</p>
      <p>En la Baja Edad Media, el pan contin&#x00FA;o siendo, para el grueso de la sociedad, el alimento fundamental. Aunque en el abastecimiento de cereales de las ciudades el protagonismo correspondi&#x00F3; a la iniciativa privada, a los mercaderes y grandes productores, los concejos asumieron tambi&#x00E9;n un papel importante. Supervisaron el funcionamiento de los mercados locales, cuantificaron los contingentes que penetraban en la ciudad, ofrecieron a los proveedores infraestructuras de almacenamiento e incrementaron la oferta local con aportaciones peri&#x00F3;dicas de grano, tanto en las &#x00E9;pocas de escasez como de normalidad.</p>
      <p>Otro alimento b&#x00E1;sico era la carne. En su aprovisionamiento, el concejo jug&#x00F3; un papel muy inferior al de los cereales. Se limit&#x00F3; a contratar una aportaci&#x00F3;n m&#x00ED;nima de reses con los carniceros locales. El cristianismo impon&#x00ED;a a sus creyentes restricciones alimentarias, como las abstinencias y los ayunos. En las jornadas penitenciales, la carne desaparec&#x00ED;a de la mesa de todos los estamentos sociales, substituida por otros alimentos prote&#x00ED;nicos de procedencia animal como el pescado, el queso o los huevos.</p>
      <p>La bebida principal, entre todos los estamentos sociales, fue el vino. Los concejos adoptaron medidas proteccionistas, prohibiendo la entrada de vino for&#x00E1;neo en el recinto urbano durante buena parte del a&#x00F1;o. El aceite, que hab&#x00ED;a gozado de gran prestigio gastron&#x00F3;mico en la Antig&#x00FC;edad cl&#x00E1;sica, fue substituido, como grasa de cocci&#x00F3;n, por el lardo en la Alta Edad Media. Se reserv&#x00F3; para la preparaci&#x00F3;n de los platos de las jornadas de abstinencia, como ingrediente de mortificaci&#x00F3;n.</p>
      <p>La panificaci&#x00F3;n de los cereales era un proceso complejo que exig&#x00ED;a infraestructuras y profesionales espec&#x00ED;ficos. La primera fase consist&#x00ED;a en la molturaci&#x00F3;n del grano, que se efectuaba en los molinos, unas m&#x00E1;quinas impulsadas por la energ&#x00ED;a hidr&#x00E1;ulica o e&#x00F3;lica. La construcci&#x00F3;n de los molinos, que inicialmente hab&#x00ED;a sido libre, devino un monopolio del soberano, en los territorios de realengo, y de los nobles y de las comunidades mon&#x00E1;sticas, en los de se&#x00F1;or&#x00ED;o. Los usuarios pagaban al molinero, en compensaci&#x00F3;n de su trabajo, una tasa que sol&#x00ED;a consistir entre 1/20 y 1/11 del grano molidos o una cantidad en met&#x00E1;lico por unidad de capacidad.</p>
      <p>La segunda fase del proceso de panificaci&#x00F3;n de los cereales era el horneado. Los hornos eran otro de los monopolios jurisdiccionales que se hab&#x00ED;an reservado el soberano y los se&#x00F1;ores. En las ciudades coexistieron los horneros y los panaderos. Los primeros se limitaron a cocer panes ajenos, cuyos propietarios les pagaban una tasa por su trabajo, consistente en una unidad por cada 20 o 30 cocidas. Los segundos, en cambio, amasaban los panes y los coc&#x00ED;an en su propio horno. Las oscilaciones de la cotizaci&#x00F3;n de trigo no influyeron en el precio de los diversos tipos de pan, que se mantuvo inalterado, pero condicionaron su peso, que se reduc&#x00ED;a a medida que se encarec&#x00ED;a grano.</p>
      <p>Las carnicer&#x00ED;as constituyeron otro monopolio jurisdiccional. Inicialmente los animales se sacrificaban en las mismas carnicer&#x00ED;as, por los que estas se concentraron en unas pocas &#x00E1;reas bien delimitadas de la ciudad, para atenuar las molestias a los vecinos. Las autoridades urbanas procuraron garantizar el acceso de todos los estamentos sociales a la carne, mediante un cierto control sobre los precios, que se especificaban en los contratos de aprovisionamiento concertados por los carniceros con los concejos. La existencia de numerosos d&#x00ED;as de abstinencia gener&#x00F3; una demanda importante de pescado. Los soberanos, por motivos fiscales e higi&#x00E9;nicos, concentraron a la comercializaci&#x00F3;n del pescado fresco en unos espacios urbanos determinada, las Pescader&#x00ED;as. Su explotaci&#x00F3;n fue transferida normalmente a concesionarios privados, quienes, a su vez, alquilaron las mesas de venta a profesionales.</p>
      <p>No todos los colectivos sociales dependieron &#x00ED;ntegramente del mercado para cubrir sus necesidades alimentarias, algunos produc&#x00ED;an todav&#x00ED;a una parte considerable de los v&#x00ED;veres que consum&#x00ED;an. Los campesinos fueron quienes menos dependieron del mercado, aunque nunca lograron el pleno avituallamiento y tuvieron que adquirir algunos componentes de su dieta ordinaria. Los se&#x00F1;ores, laicos y eclesi&#x00E1;sticos, tambi&#x00E9;n destinaron al propio consumo una parte de su producci&#x00F3;n agropecuaria y obtuvieron adem&#x00E1;s de sus payeses, cereales, vino, huevos, pollos, quesos y jamones. El consumo de los alimentos no perecederos se escalonaba a lo largo del a&#x00F1;o; ten&#x00ED;an, pues, que ser almacenados y conservados. Los cereales y las legumbres se guardaron en silos y graneros, en las regiones secas, y en h&#x00F3;rreos, en las h&#x00FA;medas. El vino, muy sensible a las oscilaciones clim&#x00E1;ticas, se conserv&#x00F3; en bodegas subterr&#x00E1;neas.</p>
      <p>Los animales dom&#x00E9;sticos fueron una importante fuente de prote&#x00ED;nas para el conjunto de la poblaci&#x00F3;n. Los nobles concedieron una importancia especial a las aves. Para asegurarse el aprovisionamiento, adem&#x00E1;s de incluir la volater&#x00ED;a en los censos en especie exigidos a sus payeses construyeron gallineros en los castillos y palacios, y confiaron su gesti&#x00F3;n a un oficial espec&#x00ED;fico. Entre los campesinos, el animal de carne por antonomasia fue el cerdo. Los campesinos tambi&#x00E9;n obtuvieron carne de la caza, una actividad que compaginaron con las tareas agropecuarias.</p>
      <p>En la etapa final de la Edad Media, se produjo un cambio importante en el comportamiento alimentario de las elites, el triunfo de la calidad sobre la cantidad, del refinamiento, de las buenas maneras. Este proceso se inici&#x00F3; en las Cortes italianas, desde donde se extendi&#x00F3; a las restantes de Occidente. El protagonismo de esta renovaci&#x00F3;n culinaria correspondi&#x00F3; a un nuevo tipo de profesional altamente cualificado y alfabetizado, que plasmaba peri&#x00F3;dicamente su experiencia gastron&#x00F3;mica en recetarios. Para poder complacer a sus se&#x00F1;ores, los nuevos cocineros necesitaron espacios espec&#x00ED;ficos y un creciente equipamiento instrumental.</p>
      <p>En la Alta Edad Media, solo los castillos y los monasterios dispusieron de dependencias espec&#x00ED;ficas donde preparar los alimentos. Los estamentos populares rurales y urbanos viv&#x00ED;an en casas de superficie reducida y poco compartimentadas; cocinaban com&#x00ED;an y dorm&#x00ED;an en una habitaci&#x00F3;n central plurifuncional. En la Baja Edad Media, como resultado de la jerarquizaci&#x00F3;n social, la planta de las casas se ampli&#x00F3; y se diversific&#x00F3;, y muchas de ellas dispusieron ya de cocina. El elemento central de todas las cocinas era el hogar, debajo de la chimenea, con los correspondientes fogones. Las cocinas pobres dispon&#x00ED;an de escaso utillaje, cuya m&#x00ED;nima expresi&#x00F3;n consist&#x00ED;a en olla de cer&#x00E1;mica y un cuchar&#x00F3;n de madera. La condici&#x00F3;n social de una familia, tanto en el campo como en la ciudad, se reflejaba tambi&#x00E9;n en la cantidad de utensilios en la cocina, en el n&#x00FA;mero de calderos, cazuelas, sartenes, parrillas y espetos.</p>
      <p>La cocina, entre los estamentos populares, fue un &#x00E1;mbito estrictamente femenino. Entre la menestral&#x00ED;a urbana figuran tambi&#x00E9;n algunos cocineros. La c&#x00FA;spide de esta pir&#x00E1;mide profesional estaba reservada a los cocineros reales y de la alta nobleza, algunos de los cuales, desde principios del siglo XIV, plasmaron sus conocimientos en libros de cocina. Estos recetarios reflejan las caracter&#x00ED;sticas principales de la alta cocina de la &#x00E9;poca: cocciones prolongadas y condimentaci&#x00F3;n fuerte, que enmascaraban el gusto, fragancia y textura natural de los alimentos, as&#x00ED; como la combinaci&#x00F3;n del sabor dulce con el salado en un mismo plato. Las cocinas populares son mucho m&#x00E1;s dif&#x00ED;ciles de analizar que las privilegiadas, ya que han dejado menos testimonios escritos directos. No usaban ingredientes ni condimentos caros; no exig&#x00ED;an muchos utensilios, t&#x00E9;cnicas complejas ni tiempos de cocci&#x00F3;n prolongados.</p>
      <p>En las casas de los estamentos populares, el comedor apareci&#x00F3; bastante m&#x00E1;s tarde que la cocina. La prioridad en la adopci&#x00F3;n de esta estancia correspondi&#x00F3; a las grandes ciudades mercantiles, a las &#x00E9;lites urbanas. El mueble definidor del comedor fue la mesa. Los comensales sol&#x00ED;an sentarse en bancos corridos, adosados frecuentemente a las paredes. En cuanto a la vajilla, los platos y cuencos de cer&#x00E1;mica vidriada sustituyeron, despu&#x00E9;s de la Peste Negra, a los de madera, en las mesas humildes, y triunfaron los de cer&#x00E1;mica fina y de metales nobles, en las privilegiadas.</p>
      <p>El refinamiento y la ostentaci&#x00F3;n se acentuaban en los banquetes. Consist&#x00ED;an en comidas extraordinarias que, mediante la depuraci&#x00F3;n cualitativa y el incremento de los platos, pretend&#x00ED;an impresionar a los comensales y generar en ellos un recuerdo duradero. La ostentaci&#x00F3;n alcanzaba su cota m&#x00E1;xima en la corte, donde los &#x00E1;gapes no eran solo fiesta y despilfarro, sino que se utilizaban tambi&#x00E9;n para explicar estrategias pol&#x00ED;ticas, mediante espect&#x00E1;culos que se intercalaban entre los diversos servicios. A pesar de que el ideal del monarca sistem&#x00E1;ticamente bul&#x00ED;mico hab&#x00ED;a sido superado, la exhibici&#x00F3;n de la abundancia en su mesa sigui&#x00F3; vigente. La nueva aristocracia cortesana se convirti&#x00F3; en el paradigma del refinamiento; aprendi&#x00F3; a c&#x00F3;mo comportarse en la mesa, a diferenciar los platos que pod&#x00ED;a comer de los que deb&#x00ED;a rechazar. Su autocontrol no implic&#x00F3;, sin embargo, el estricto cumplimiento del calendario penitencial impuesto por la Iglesia, tendi&#x00F3; a reemplazar las abstinencias y los ayunos por limosnas.</p>
      <p>La clerec&#x00ED;a, en la Baja Edad Media, fue un colectivo fuertemente jerarquizado y, por lo tanto, su comportamiento en la mesa fue dispar. Los obispos y los can&#x00F3;nigos compartieron con los magnates y los caballeros las exigencias cualitativas y el refinamiento gastron&#x00F3;mico. Observaron, sin embargo, con mayor rigor las restricciones alimentarias impuestas por la religi&#x00F3;n. Los p&#x00E1;rrocos disfrutaron de una dieta algo superior a la de la mayor&#x00ED;a de sus feligreses. En cuanto al clero regular, el ingreso de miembros de la nobleza y el incremento de sus rentas provocaron una atenuaci&#x00F3;n gradual de la frugalidad alimentaria inicial. Se afirma que, en la Baja Edad Media, &#x201C;the rules had generally canceled out vegetarianisme, with some exceptions, such as that the Carthusian monks&#x201D; (p. 182). La realidad fue, sin embargo, m&#x00E1;s compleja: ninguna comunidad se atrevi&#x00F3; a modificar las reglas, que, a pesar de su manifiesto anacronismo, segu&#x00ED;an envueltas en un halo de prestigio; lo que cambi&#x00F3; fue la interpretaci&#x00F3;n que cada monasterio o convento hizo de las mismas, que se plasm&#x00F3; en consuetas locales cada vez m&#x00E1;s laxas, donde se especificaron los derechos y deberes alimentarios de los miembros.</p>
      <p>El pan continu&#x00F3; siendo el centro de la dieta campesina, los cambios, en la Baja Edad Media, fueron, en este caso, m&#x00E1;s cualitativos que cuantitativos. La mayor&#x00ED;a de las familias rurales sigui&#x00F3; comiendo pan de morcajo, pero cada vez menos obscuro, por el avance gradual del trigo a expensas de los cereales secundarios. El companaje sol&#x00ED;a consistir en potajes y guisos de legumbres y verduras, peque&#x00F1;as cantidades de salazones o embutidos, queso o huevos. El autor sostiene que los campesinos &#x201C;obtained from their own gardens (&#x2026;) vegetables, eggs or cheese&#x201D; (p. 199). Es posible que consiguieran algunos huevos de su huerto, si previamente hab&#x00ED;an cercado en &#x00E9;l un peque&#x00F1;o espacio para encerrar unas cuantas gallinas o &#x00E1;nades, pero es dif&#x00ED;cil relacionarlo con el queso, con las ovejas y las cabras. Esta peque&#x00F1;a ganader&#x00ED;a estante pastar&#x00ED;a en los yermos comunales, los barbechos y las rastrojeras del t&#x00E9;rmino, y los agricultores procurar&#x00ED;an mantenerla lo m&#x00E1;s lejos posible de los huertos, para evitar que destruyera los sucesivos cultivos estacionales de regad&#x00ED;o. La bebida de los campesinos continu&#x00F3; siendo el vino de la propia cosecha, de baja calidad. Las clases bajas urbanas adquir&#x00ED;an en los mercados la casi totalidad de los alimentos que consum&#x00ED;a, esta vinculaci&#x00F3;n estructural las convert&#x00ED;a en especialmente vulnerables frente a las oscilaciones de precios. Su dieta estar&#x00ED;a integrada, pues, por los alimentos que sus contempor&#x00E1;neos consideraban bastos, como el pan integral de trigo com&#x00FA;n, el vino de baja graduaci&#x00F3;n, las legumbres y las hortalizas, la carne salada de cerdo y fresca de buey o cabra, y el queso.</p>
      <p>El autor reserva el &#x00FA;ltimo cap&#x00ED;tulo del libro a analizar la &#x201C;alimentaci&#x00F3;n de los otros&#x201D;, de los colectivos mud&#x00E9;jares y jud&#x00ED;os. El r&#x00E1;pido avance de la conquista cristiana, entre mediados del siglo XII y finales del XIII, provoc&#x00F3; la formaci&#x00F3;n a retaguardia de comunidades musulmanas y multiplic&#x00F3; las ya existentes de jud&#x00ED;os. Tanto unos como otros fueron confinados, como minor&#x00ED;as segregadas, en barrios urbanos, las morer&#x00ED;as y los <italic toggle="yes">calls</italic>, y en algunas &#x00E1;reas rurales pobres y de escaso valor estrat&#x00E9;gico. Los tres credos monote&#x00ED;stas, desde sus or&#x00ED;genes, hab&#x00ED;an impuesto a sus creyentes, para cohesionarlos y dificultar la confraternizaci&#x00F3;n interreligiosa, tab&#x00FA;es alimentarios.</p>
      <p>En cuanto a los mud&#x00E9;jares, el autor solo analiza los problemas creados por dos de los tab&#x00FA;es, los relativos a la carne y al vino. No menciona ni analiza los otros tab&#x00FA;es alimentarios cor&#x00E1;nicos. Una lectura de dos monograf&#x00ED;as de referencia (Hocine Benkheira, Mohamed. 2000. <italic toggle="yes">Islam et interdits alimentaires</italic>. Par&#x00ED;s: PUF. Y Mar&#x00ED;n, Manuela. 2003. &#x201C;En los m&#x00E1;rgenes de la ley: el consumo de alcohol en al-Adalus&#x201D;. En <italic toggle="yes">Estudios onom&#x00E1;stico-biogr&#x00E1;ficos</italic>, editado por Cristina de La Puente, 271-328. Madrid: CSIC) le hubiera permitido conferir m&#x00E1;s rigor te&#x00F3;rico a su exposici&#x00F3;n, aunque no pretendiera &#x201C;do not go so far as to analyze the food systems of these minorities in depth, &#x005B;sino meramente&#x005D; to understanding that dynamic that was established between them throungh food as the central element&#x201D; (p. 210).</p>
      <p>La convivencia de cristianos y jud&#x00ED;os tambi&#x00E9;n provoc&#x00F3; problemas alimentarios, debido a las numerosas restricciones que la ley de Mois&#x00E9;s impon&#x00ED;a a los hebreos. El autor las describe con bastante detenimiento. La consulta de otras dos importantes aportaciones te&#x00F3;ricas le hubiese permitido captar el porqu&#x00E9; de esta obsesi&#x00F3;n de los hebreos con la comida, que es indisociable de su monote&#x00ED;smo, su rechazo a la contaminaci&#x00F3;n y su convencimiento de ser &#x201C;el pueblo elegido por Dios&#x201D; (Soler, Jean. 2006. <italic toggle="yes">L&#x2019;invention du monoteisme. 3: Sacrifices et interdits alimentaires dans la Biblie</italic>, Paris: Hachette. Y Douglas, Mary. 1973. <italic toggle="yes">Pureza y peligro: un an&#x00E1;lisis de los conceptos de contaminaci&#x00F3;n y tab&#x00FA;</italic>. Madrid: Siglo XXI).</p>
      <p>La presi&#x00F3;n ideol&#x00F3;gica, la agresi&#x00F3;n f&#x00ED;sica y el saqueo generalizado a las aljamas, en 1391, provocaron el bautismo forzoso del grueso de los jud&#x00ED;os y de un parte de los mud&#x00E9;jares. Este violento proceso gener&#x00F3;, en la Pen&#x00ED;nsula Ib&#x00E9;rica, un nuevo colectivo social, el de los conversos. Los cristianos nuevos quedaron a medio camino de dos mundos, puesto que suscitaron el desprecio entre sus antiguos correligionarios y fueron recibidos con recelo por los cl&#x00E9;rigos y amplios sectores de la sociedad de acogida. La conservaci&#x00F3;n de determinadas pr&#x00E1;cticas alimentarias jud&#x00ED;as fue considerada como prueba irrefutable de que no hab&#x00ED;an roto definitivamente con su vieja fe.</p>
      <p>El autor cierra su obra con un largo ep&#x00ED;logo donde expone con detalle sus principales conclusiones; en una de las cuales insiste en la pervivencia en ciertas recetas hisp&#x00E1;nicas de algunos ingredientes que los &#x00E1;rabes contribuyeron a difundir, como &#x201C;eggplants, squash or rice&#x201D; (p. 225). La afirmaci&#x00F3;n es discutible para el arroz y dif&#x00ED;cilmente aceptable para la calabaza, puesto que algunas variedades de este fruto ya se cultivaron y consumieron en la Antig&#x00FC;edad, como lo demuestra su presencia en el de <italic toggle="yes">De coquinaria</italic> de Apicio, y otras variedades llegaron de Am&#x00E9;rica en la Edad Moderna. Andrew M. Watson no la incluye en su exhaustivo an&#x00E1;lisis del legado bot&#x00E1;nico &#x00E1;rabe.</p>
      <p>Juan Vicente Garcia Marsilla, de acuerdo con los planteamientos metodol&#x00F3;gicos propuestos por Massimo Montanari, Bruno Laurioux y Jean-Louis Flandrin, considera que comer no constituye una mera necesidad biol&#x00F3;gica, sino que es a la vez una creaci&#x00F3;n cultural compleja, el resultado de la interacci&#x00F3;n de numerosos factores, econ&#x00F3;mico, sociales, m&#x00E9;dicos, filos&#x00F3;ficos, religiosos, est&#x00E9;ticos y estrictamente personales. Tiene una visi&#x00F3;n hol&#x00ED;stica del tema, puesto que, a pesar del t&#x00ED;tulo del libro, no ha estudiado solo la preparaci&#x00F3;n y el consumo de los alimentos, objetivos espec&#x00ED;ficos de la Historia de la Alimentaci&#x00F3;n, sino que ha abarcado adem&#x00E1;s su producci&#x00F3;n y su distribuci&#x00F3;n, aspectos de los que tambi&#x00E9;n se ocupan la Historia Agraria, la Historia del Comercio y la Historia Econ&#x00F3;mica. Se trata de una primera s&#x00ED;ntesis, con todo el riesgo que esto implica. Su amplia base heur&#x00ED;stica y su exigente metodolog&#x00ED;a le confieren, sin embargo, un gran valor cient&#x00ED;fico y la convierten en una obra de consulta obligatoria para cualquier futuro trabajo de Historia de la Alimentaci&#x00F3;n en la Pen&#x00ED;nsula Ib&#x00E9;rica medieval. Su adecuada estructura interna y su estilo cuidado facilitan su lectura, no solo para los expertos en la materia, sino tambi&#x00E9;n para cualquier lector interesado por conocer la relaci&#x00F3;n que los hispanos mantuvieron con los alimentos entre los siglos XIII y XV.</p>
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