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        <article-title><styled-content style-type="transform">MART&#205;NEZ RUIZ, Enrique, <italic>Las flotas de Indias. La revoluci&#243;n que cambi&#243; el mundo, </italic>Madrid, La Esfera de los Libros, 2022, 560 p&#225;gs., ISBN:&#160;978-84-1384-2530.</styled-content></article-title>
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    <p>La Carrera de Indias es el sistema que permiti&#243; la navegaci&#243;n y el comercio entre la Espa&#241;a metropolitana y sus provincias de Ultramar a lo largo de m&#225;s de tres siglos. Como es l&#243;gico, al ser una tem&#225;tica de primera importancia dentro de la historia de la Espa&#241;a Moderna y aun dentro de la Historia Moderna a secas, la bibliograf&#237;a es ampl&#237;sima. Y, del mismo modo, ha generado algunas s&#237;ntesis notables, como la firmada en 1994 por Antonio Garc&#237;a-Baquero bajo el t&#237;tulo de <italic>La Carrera de Indias. Suma de Contrataci&#243;n y Oc&#233;ano de los negocios. </italic>Sin embargo, todav&#237;a cab&#237;a espacio para el libro que nos ocupa, otra s&#237;ntesis que se distingue de la anterior en varios extremos, como son el analizar el sistema poniendo el acento en la navegaci&#243;n (desde el propio t&#237;tulo), centrarse en la &#233;poca de vigencia de las flotas (es decir los siglos del monopolio sevillano y del monopolio gaditano) e incorporar todos los estudios realizados en los &#250;ltimos treinta a&#241;os, de modo que la obra es un modelo de erudici&#243;n con m&#225;s de seiscientos t&#237;tulos mencionados en la bibliograf&#237;a que cierra el texto, los cuales permiten la abrumadora cifra de m&#225;s de ochocientas notas (en este caso tambi&#233;n colocadas en las &#250;ltimas p&#225;ginas), muchas de ellas con varias entradas, a lo que a&#241;adiremos la inclusi&#243;n de 18 im&#225;genes, todas de ellas absolutamente pertinentes.</p>
    <p>Acorde con el planteamiento de base, el autor comienza por los barcos que componen las flotas. Entre ellos, el principal de todos ellos, el gale&#243;n, &#171;el rey de la Carrera&#187;, objeto de un completo an&#225;lisis, que incluye los m&#233;todos de construcci&#243;n, el necesario suministro de las maderas y los pertrechos (jarcias, vel&#225;menes, anclas) y la geograf&#237;a de los astilleros, que ten&#237;an su centro de gravedad en los puertos de la cornisa cant&#225;brica. Y sigue con la vida a bordo de los galeones, una vida llena de privaciones (insuficiencia de la alimentaci&#243;n, incomodidad del hacinamiento, falta de higiene, acci&#243;n de los par&#225;sitos) y acosada por las enfermedades (viruela, sarampi&#243;n, tifus y, por encima de todo, escorbuto), tanto para los tripulantes como para los pasajeros. Una vida regida por una serie de responsables, que iban desde el capit&#225;n (la suprema autoridad a bordo), siguiendo por el maestre (que mandaba directamente sobre los tripulantes) y el piloto (que se encargaba de la navegaci&#243;n) hasta llegar al contramaestre, que se ocupaba del cumplimiento de las &#243;rdenes y del mantenimiento de la disciplina entre la mariner&#237;a.</p>
    <p>Tras pasar revista al sistema fiscal imperante en la Carrera de Indias (singularmente a los dos impuestos principales de la aver&#237;a y el almojarifazgo), el autor se ocupa de las que llama &#171;armadas de protecci&#243;n&#187;. En efecto, si bien, por una parte, los barcos mercantes fueron puestos en condiciones de defensa (mediante la incorporaci&#243;n de piezas de artiller&#237;a y de unidades de soldados) y, por otra, navegaron &#171;en conserva&#187; (es decir se agruparon en convoyes), tambi&#233;n hay que se&#241;alar la creaci&#243;n de una serie de armadas o escuadras de guerra asentadas bien en el espacio comprendido entre el cabo de San Vicente y las Azores (la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, a la que ha dedicado una reciente y soberbia monograf&#237;a Vicente Pajuelo), bien en Am&#233;rica (la Armada de Barlovento y la Armada del Mar del Sur, que ya contaban con los solventes estudios de Pablo Emilio P&#233;rez-Malla&#237;na y Bibiano Torres).</p>
    <p>A continuaci&#243;n, el autor trata (en el cap&#237;tulo tercero) de las instituciones rectoras de la Carrera de Indias. En primer lugar, figuraba la Casa de la Contrataci&#243;n, que actuar&#237;a como m&#225;ximo organismo responsable del comercio ultramarino entre 1503 y 1790, fecha en que se decret&#243; su extinci&#243;n. La Casa de la Contrataci&#243;n qued&#243; constituida de modo definitivo en el &#250;ltimo cuarto del siglo XVI, cuando a los tres dirigentes primitivos se les superpuso como primera autoridad un presidente (1579) y cuando junto a la sala de gobierno empez&#243; a funcionar separadamente una audiencia o sala judicial con un fiscal y tres oidores (1583). Las competencias de la Casa abarcaban el apresto de las flotas (instrucciones a capitanes y maestres, visita e inspecci&#243;n de nav&#237;os), la defensa de las rutas oce&#225;nicas, el control del embarque de pasajeros y de mercanc&#237;as (licencias y registros), la percepci&#243;n de los derechos aduaneros (y la persecuci&#243;n del fraude), el conocimiento de todos los pleitos (civiles y criminales) vinculados con el trato mercantil, el mantenimiento del <italic>Padr&#243;n Real </italic>(o mapa arquetipo donde se anotaban todas las novedades referentes a avistamiento de tierras, establecimiento de accidentes geogr&#225;ficos o ensayo de derroteros diferentes de los ya experimentados) y el perfeccionamiento de la ciencia y la ense&#241;anza de n&#225;utica. En este &#250;ltimo sentido, los cargos t&#233;cnicos creados fueron los de piloto mayor (1508) y cosm&#243;grafo mayor (1523), aunque posteriormente se
      dotaron una c&#225;tedra de navegaci&#243;n y cosmograf&#237;a, una plaza de piloto mayor arqueador y una c&#225;tedra de artiller&#237;a, fortificaciones y escuadrones. De esta vocaci&#243;n salieron los libros de navegaci&#243;n en los que, como recoge el autor, tomando la frase de la obra de Julio Guill&#233;n Tato, &#171;Europa aprendi&#243; a navegar&#187;.</p>
    <p>Sin embargo, frente a esta instancia oficial, que naturalmente representaba los intereses de la Corona en el comercio colonial, los beneficiarios del monopolio, es decir los comerciantes espa&#241;oles y naturalizados, consiguieron poner en pie una instituci&#243;n propia, el Consulado o Universidad de Cargadores a Indias, cuya creaci&#243;n fue sancionada por Carlos V en 1543 y confirmada por Felipe II en 1566. El Consulado, regido por un prior y dos c&#243;nsules, elegidos de entre sus miembros, formaba una corporaci&#243;n profesional de mercaderes vinculados al comercio colonial con la doble funci&#243;n de defender sus intereses frente a los de otros negociantes y, en ocasiones, frente a la propia Corona, y de dirimir los pleitos surgidos entre sus integrantes o con otros agentes mercantiles en una amplia serie de materias, que abarcaban desde las transacciones puramente mercantiles hasta las quiebras de compa&#241;&#237;as, los contratos de flete de naves, los pr&#233;stamos a la gruesa o los seguros mar&#237;timos. El Consulado pudo mantener diferencias considerables con la Monarqu&#237;a, especialmente en los momentos de acoso fiscal de la Hacienda Real (solicitud de pr&#233;stamos, exigencia de donativos voluntarios e imposici&#243;n de servicios extraordinarios), pero finalmente los conflictos se saldaban con la negociaci&#243;n y las relaciones estaban ordinariamente presididas por la colaboraci&#243;n, sobre todo porque la Universidad de Cargadores actuaba como habitual agente fiscal de la Corona y como permanente organismo asesor
      de la Casa de la Contrataci&#243;n.</p>
    <p>Menos peso tuvo la Universidad de Mareantes, constituida por los due&#241;os de naos, maestres y pilotos de la Carrera de Indias, un organismo mucho menos poderoso (pese a la decisiva contribuci&#243;n econ&#243;mica y t&#233;cnica de sus miembros al tr&#225;fico ultramarino) que tuvo su sede en el arrabal de Triana, en la orilla derecha del Guadalquivir. Tambi&#233;n fundada para defender sus intereses colectivos, su corporaci&#243;n mantuvo un nivel de influencia mucho m&#225;s limitado que el Consulado, atendiendo a la ense&#241;anza pr&#225;ctica de la navegaci&#243;n, a la asistencia hospitalaria de los marineros y a algunas otras necesidades materiales de sus integrantes. Vinculado a la Universidad de Mareantes se cre&#243; el Colegio de Pilotos de San Telmo (1671), erigi&#233;ndose a orillas del r&#237;o un espl&#233;ndido edificio en el que, a partir de 1734, m&#225;s de cien hu&#233;rfanos recibieron instrucci&#243;n general (lectura, escritura, c&#225;lculo) y mar&#237;tima.</p>
    <p>El cap&#237;tulo cuarto se dedica a los itinerarios de las flotas y a la defensa terrestre del sistema ultramarino espa&#241;ol. El punto de partida era la ciudad de Sevilla, &#171;puerto y puerta de las Indias&#187;, declarada cabecera &#250;nica de la ruta que llevaba al Nuevo Mundo desde 1503 hasta el traslado de la Casa de la Contrataci&#243;n a C&#225;diz en 1717, momento en que el monopolio se transfiri&#243; asimismo a la ciudad gaditana, antes de que la liberalizaci&#243;n comercial acabase escalonadamente con el sistema de puerto &#250;nico. Despu&#233;s vinieron las ciudades constituidas en las terminales de las rutas comerciales del Atl&#225;ntico: La Habana, Veracruz, Nombre de Dios, Portobelo y Cartagena de Indias. Todas fueron debidamente fortificadas, como se se&#241;ala en los sucesivos apartados dedicados a cada una de ellas, como, del mismo modo, lo fueron las terminales del comercio del Pac&#237;fico, Panam&#225;, por un lado, y, por otro, los puertos de Acapulco en Nueva Espa&#241;a y Manila en las Filipinas, entre los cuales discurr&#237;a la ruta del Gale&#243;n de Manila, a la que ya se hab&#237;a hecho alusi&#243;n discretamente en cap&#237;tulos anteriores, en un esforzado ejercicio de exhaustividad.</p>
    <p>Aunque el libro atiende principalmente a las cuestiones de navegaci&#243;n (barcos, sistema de flotas y galeones, vida a bordo, etc&#233;tera), el autor juzg&#243; necesario hacer un par&#233;ntesis para tratar, siquiera fuese m&#225;s brevemente (cap&#237;tulo quinto), la materia del tr&#225;fico comercial garantizado por las flotas de Indias. En este sentido, es de alabar su inter&#233;s por llegar m&#225;s all&#225; de los puertos de los que zarpan y a los que arriban los galeones, pasando as&#237; a describir los caminos para la internaci&#243;n de las mercanc&#237;as, es decir para llegar a su destino final a partir de su contrataci&#243;n en las ferias hispanoamericanas: Veracruz y Xalapa, Nombre de Dios (y luego Portobelo) y Panam&#225; y, finalmente, Acapulco, en la vertiente del Pac&#237;fico novohispano. Un apartado se dedica igualmente a los tesoros americanos, es decir a la exportaci&#243;n de oro y plata desde Am&#233;rica a Espa&#241;a, con alusi&#243;n a la famosa discusi&#243;n de la &#171;revoluci&#243;n de los precios&#187;.</p>
    <p>No contento con esta extensa exposici&#243;n, el autor se hace cargo tambi&#233;n de los riesgos que acosaron a la Carrera de Indias. As&#237;, se ocupa de los peligros naturales, es decir las tempestades y los naufragios, pero tambi&#233;n de la acci&#243;n de corsarios, piratas, bucaneros y filibusteros, especialmente activos en el &#225;rea del Caribe (donde Juan Bautista Antonelli construir&#237;a un verdadero &#171;lago p&#233;treo&#187; por orden de Felipe II. Sin embargo, si los ataques fueron constantes, las p&#233;rdidas fueron m&#237;nimas, con algunas notables excepciones, como la captura en la bah&#237;a de Matanzas, en Cuba, en 1628, de toda una flota de Indias, hecho que cost&#243; la cabeza al jefe de la escuadra, Juan de Benavides, ejecutado en la plaza de San Francisco de Sevilla.</p>
    <p>Y, por &#250;ltimo, un ep&#237;logo, dedicado a la paulatina liquidaci&#243;n del sistema de flotas, a partir de la autorizaci&#243;n de los registros sueltos (desde 1739 en adelante), de la instauraci&#243;n de los Correos Mar&#237;timos (1764), de la acci&#243;n de las compa&#241;&#237;as privilegiadas y del establecimiento del Comercio Libre de Barlovento (desde 1765 en adelante) y del Libre Comercio (entre 1778 y 1818). De este modo, se cierra una obra que constituye una referencia insoslayable para todos los interesados en una visi&#243;n panor&#225;mica de lo que deber&#237;amos llamar &#171;sistema espa&#241;ol de Ultramar&#187; durante los siglos XVI y XVII.</p>
    <p>Naturalmente, en una obra de esta envergadura tiene que haber alguna errata (mal escrito el nombre de Carla Rahn Phillips en p&#225;g. 468) y alguna elecci&#243;n discutible, como la monograf&#237;a escogida para aproximarse a la biograf&#237;a de Hern&#225;n Cort&#233;s, la poco fiable de Maurice Duverger frente, por ejemplo, a la excelente de Esteban Mira Caballos (p&#225;g. 523). En suma, m&#237;nimos escollos para la feliz navegaci&#243;n de una obra oce&#225;nica.</p>
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