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        <article-title><styled-content style-type="transform">ALBAREDA, Joaquim y SALL&#201;S, N&#250;ria (ed.), <italic>La reconstrucci&#243;n de la pol&#237;tica internacional espa&#241;ola. El reinado de Felipe V, </italic>Madrid, Casa de Vel&#225;zquez, 2021, 372 p&#225;gs., ISBN: 978-84-9096-347-0. </styled-content></article-title>
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    <p>Cuesta desterrar los viejos mitos que pueblan el imaginario sobre el pasado de cualquier territorio. Lugares comunes, ideas preconcebidas que se dan por supuestas o reflexiones vagas suelen correr de la mano de aquellos. Se tiende, adem&#225;s, a apostarlo todo a un personaje o a un sentimiento en busca de una clave explicativa y se corre el riesgo de dar forma a paradigmas demasiado simplistas con los que ventilar cuestiones que siempre merecer&#237;an lecturas con una mayor enjundia. En el caso del &#171;Setecientos&#187; hispano, algo parecido sucede cuando se habla de la reconstrucci&#243;n de la pol&#237;tica internacional practicada por la dinast&#237;a borb&#243;nica tras la Guerra de Sucesi&#243;n. Como apuntan Albareda y Sall&#233;s en la introducci&#243;n de esta obra, reducir ese proceso hist&#243;rico a dos obsesiones regias &#8212;la de Isabel de Farnesio para lograr una herencia para sus hijos y la de Felipe V para enjugar la humillaci&#243;n que supusieron las p&#233;rdidas territoriales sancionadas en los tratados de 1713 y 1714&#8212; resulta cuanto menos demasiado tosco para elaborar una narrativa con un cierto recorrido. Es, en definitiva, esta muleta del personalismo un apoyo que deja fuera del an&#225;lisis otras muchas complejidades y que, sin embargo, ha permanecido plenamente vigente entre muchos de los historiadores que se han aproximado a esa cuesti&#243;n a lo largo de los &#250;ltimos trescientos a&#241;os. En el siglo XIX, por ejemplo, los reyes y reinas de Espa&#241;a fueron para la historiograf&#237;a internacional, encabezada por Braudillart, Coxe
      o Legrelle, agentes que constituyeron una preocupante amenaza para la paz de Europa a lo largo de toda la primera mitad del siglo XVIII. Mientras que, en Espa&#241;a, la n&#243;mina de historiadores decimon&#243;nicos entre los que se contaban Lafuente, Rodr&#237;guez Villa o Becker tendi&#243; a trasladar la culpabilidad de los monarcas a los ministros extranjeros de la Monarqu&#237;a. Alberoni, gran garante de los intereses de los Farnesio, surgi&#243; as&#237;, como el chivo expiatorio por antonomasia del aventurerismo mediterr&#225;neo y esa imagen, que hubo de pervivir, pareci&#243; obnubilar todo lo situado al margen de su figura.</p>
    <p>Por fortuna, recientemente los acad&#233;micos han empezado a comprender que la apuesta de la Monarqu&#237;a por recuperar los territorios perdidos en Italia merece ser estudiada tomando distancia con respecto a la &#243;ptica farnesiana. Ese posicionamiento, m&#225;s comedido y desapasionado, ha permitido ampliar el foco y ha servido para introducir nuevos elementos en el debate historiogr&#225;fico. Destacar&#237;a, en esa tendencia, la atenci&#243;n dedicada a la estrecha vinculaci&#243;n de las &#233;lites espa&#241;olas e italianas, la cual no lleg&#243; a quebrarse con el conflicto sucesorio, aunque ese factor tampoco merezca ser entendido como una supeditaci&#243;n unidireccional de Italia a un proyecto hisp&#225;nico. Hecha esta salvedad, el an&#225;lisis de esas relaciones ha dado cuerpo a un prol&#237;fico campo de estudios y cabe, adem&#225;s, hacer menci&#243;n a los trabajos que han subrayado el fortalecimiento paralelo del aparato burocr&#225;tico-administrativo de la Monarqu&#237;a del XVIII. En esta l&#237;nea, el libro coordinado por Albareda y Sall&#233;s constituye un gran esfuerzo colectivo para explicar tanto el ejercicio de despliegue como el impacto de la pol&#237;tica exterior espa&#241;ola en el continente europeo en &#233;poca de Felipe V, y lo es, adem&#225;s, atendiendo a una comuni&#243;n de factores que coinciden irremediablemente en el espacio y el tiempo. </p>
    <p>Es esa visi&#243;n, que apuesta por trazar unas l&#237;neas de fuerza sobre las que se asienta la pol&#237;tica exterior borb&#243;nica, la que ha permitido a sus autores dar cuerpo a una obra articulada en torno a tres grandes cuestiones transversales: 1) la formulaci&#243;n espa&#241;ola de una pol&#237;tica exterior; 2) la reacci&#243;n internacional a ese proceder; y 3) el engranaje econ&#243;mico y comercial en que esos dos procesos se insieren. El primer eje, bajo el designio de la reversi&#243;n de los tratados de Utrecht, es conjugado en el libro a trav&#233;s de un bloque de trabajos que revisita el horizonte pol&#237;tico de la paz de Viena y en el que se analiza el papel de grandes actores emergentes en el plano internacional y de peque&#241;os estados que surgen como apetecibles piezas en el <italic>balance of power. </italic>Albareda dedica aqu&#237; un cap&#237;tulo a Ripperda, trazando una &#250;til biograf&#237;a que sirve para comprender mejor la trayectoria de la Monarqu&#237;a. El devenir de Ripperda, su auge y su ca&#237;da y, en suma, la carrera fulgurante de un sujeto que fue definido por el embajador brit&#225;nico Stanhope como una <bold>&#171;</bold>
      <italic>esp&#233;ce de sauvage&#187; </italic>s&#243;lo se explican como consecuencia de la persistencia en Madrid de una estructura de gobierno d&#233;bil y de rumbo err&#225;tico, por m&#225;s que para entonces ya se hubieran consolidado las secretar&#237;as y el Consejo de Despacho. La semblanza proporcionada por Mur i Raurell en las p&#225;ginas que esta autora dedica a la embajada de Ripperda en Viena parecen confirmar las impresiones de Albareda. Si los aspectos m&#225;s sustanciales de su misi&#243;n en la Corte de Carlos VI y de la firma del tratado de paz condujeron a la postre a un fracaso vinculado a la imposibilidad de materializar las estrategias matrimoniales planteadas originalmente, es probable que pueda convenirse que <bold>&#171;</bold>los tiempos no estaban maduros&#187;, m&#225;s all&#225; de las excentricidades de Ripperda.</p>
    <p>P&#233;rez Samper, en una l&#237;nea en la que de nuevo se subraya que la pol&#237;tica italiana de la Monarqu&#237;a no puede explicarse simplemente en base a las expectativas de una madre ante la herencia de sus hijos, ahonda en esa necesidad de contextualizar a los personajes que marcaron la Espa&#241;a del XVIII. En este sentido, el &#233;xito en la consecuci&#243;n de los intereses particulares de Isabel de Farnesio tiene necesariamente que relacionarse con su coincidencia con los intereses generales de la Monarqu&#237;a a prop&#243;sito de la recuperaci&#243;n de su ascendiente en Italia. Es, adem&#225;s, en la pen&#237;nsula It&#225;lica de esos a&#241;os donde, en opini&#243;n de Roura i Aulinas, se observa por momentos otra doble comuni&#243;n de intereses beneficiosa para Felipe V. En los territorios toscanos, abunda este autor, se registr&#243; un progresivo espa&#241;olismo &#8212;sostenido por personalidades emergentes, como Tanucci, y por las familias Corsini y Venuti&#8212;, que tiene sus or&#237;genes en un sentimiento anti-habsb&#250;rgico del Gran Ducado y que fue gestionado con habilidad por Salvador Ascanio. Ciertamente, la necesidad por parte de la Monarqu&#237;a de ir tejiendo nuevas alianzas no s&#243;lo en Italia es la que conducir&#225; a una activaci&#243;n de las relaciones con Rusia, otrora un agente ex&#243;tico, pero que, como demuestra Sall&#233;s, fue valorado puntualmente como un potencial socio en una pol&#237;tica anti-imperial. A fin de cuentas, la Guerra de Sucesi&#243;n hab&#237;a provocado profundos cambios en el plano pol&#237;tico europeo, de modo que los sistemas de interacci&#243;n y las
      alianzas se habr&#237;an visto plenamente transmutados, argumenta acertadamente Cremonini en sus reflexiones sobre este primer bloque del libro. </p>
    <p>Ni que decir tiene que la r&#233;plica a estos movimientos se activ&#243; de manera inmediata en todo el continente y que se desarroll&#243; &#8212;nos dice Bely&#8212; mientras un pr&#237;ncipe franc&#233;s convertido en rey de Espa&#241;a comenzaba a dar pasos hacia una emancipaci&#243;n diplom&#225;tica. Si, seg&#250;n considera D&#8217;Hondt, Felipe V no lleg&#243; a aceptar que la Guerra de Sucesi&#243;n espa&#241;ola hab&#237;a concluido en Utrecht, el derecho internacional pareci&#243; surgir en Europa como un elemento indispensable en la limitaci&#243;n de muchos de sus movimientos. La alianza entre Gran Breta&#241;a y Francia, vigente entre 1716 y 1720 es entendida como la formulaci&#243;n y defensa por parte de sus contratantes de una serie de intereses m&#237;nimos y te&#243;ricamente comunes al continente europeo que deben ser respetados y confirmados. Al igual que puede comprobarse que sin el apoyo de Francia Felipe V carec&#237;a de medios para reconquistar Italia, lo mismo ha de indicarse a prop&#243;sito de las aspiraciones espa&#241;olas de Carlos VI sin el sustento brit&#225;nico. De ah&#237; que sea esa convergencia la que mejor procure la estabilidad en los a&#241;os posteriores a Utrecht. Castellano Garc&#237;a, en su cap&#237;tulo sobre la prensa brit&#225;nica y la pol&#237;tica exterior de Felipe V, demuestra adem&#225;s como la opini&#243;n p&#250;blica vio en Gran Breta&#241;a a la principal defensora del <italic>statu quo </italic>obtenido al t&#233;rmino de la contienda sucesoria. En esa tesitura, debe apuntarse, los planes expansivos de los espa&#241;oles en Italia fueron firmemente criticados por la prensa, condicionando en
      consecuencia toda respuesta del gobierno brit&#225;nico a Felipe V.</p>
    <p>Gibraltar fue un motivo adicional de preocupaci&#243;n para Londres, aunque en otros territorios los movimientos de la Monarqu&#237;a fueron igualmente contestados. Poumar&#232;de reflexiona en su estudio sobre la ruptura hispano-veneciana tras el ataque espa&#241;ol a Cerde&#241;a ocup&#225;ndose de la actividad de Alvise Mocenigo y plantea como la alianza de varias entidades pol&#237;ticas europeas contra los otomanos defendida por Venecia, lejos de dirigirse hacia una unidad de acci&#243;n, acabar&#237;a y&#233;ndose al traste con la invasi&#243;n de Cerde&#241;a. Storrs, en las p&#225;ginas dedicadas a Saboya, recuerda, a su vez, que otra alianza &#8212;la saboyana&#8212; fue siempre perseguida en las luchas por el poder en la Europa occidental al ofrecer &#8212;en un territorio ubicado entre las posesiones de los Borbones y las de los Habsburgo&#8212; un alto valor estrat&#233;gico a&#241;adido. Ello lleva a pensar que los estados italianos independientes aprendieron r&#225;pidamente a jugar sus cartas con mayor o menor &#233;xito. La necesidad de garantizar su supervivencia resultaba fundamental y algo as&#237; tambi&#233;n fue visible en otro plano: el de los n&#250;cleos austracistas en el exilio, tal y como pone de manifiesto Alcoberro en el cap&#237;tulo dedicado a estas comunidades. De igual forma, el <bold>&#171;</bold>caso Mallorca&#187; &#8212;estudiado por Quir&#243;s&#8212; evidencia, a trav&#233;s de las negociaciones de Amor de Soria, que los objetivos de este no ser&#237;an tanto garantizar la soberan&#237;a insular de los Habsburgo como impedir un asedio militar de los hispano-franceses y obtener condiciones
      favorables para los mallorquines. </p>
    <p>Si ese empe&#241;o diplom&#225;tico no pudo evitar la conquista de Mallorca en 1715, rompiendo la suspensi&#243;n de armas acordada en 1713, todo indica que la capacidad de actuaci&#243;n de una alianza borb&#243;nica en esos momentos no era desde&#241;able. Lloret y Hanotin rastrean precisamente las posibilidades de esta &#250;ltima, sobre todo a partir del comercio, y destacan la importancia de los flujos americanos en muchos de los movimientos diplom&#225;ticos y militares de la Monarqu&#237;a. En ese escenario, los comerciantes franceses aparecieron como activos agentes en las negociaciones entre Par&#237;s y Madrid. A diferencia de ellos, explica Crespo Solana, los mercaderes de las Provincias Unidas no se vieron favorecidos por el gobierno de Madrid, pero nada impidi&#243; que no mantuviesen una posici&#243;n privilegiada en el comercio y distribuci&#243;n de muchos productos hispanos. Aunque los primeros a&#241;os del siglo son un periodo, en opini&#243;n de esta autora, de transici&#243;n imperial, en los puertos ib&#233;ricos los neerlandeses se mantuvieron fuertes hasta por lo menos 1740. En ese escenario, hubieron de convivir adem&#225;s con los comerciantes del Mediterr&#225;neo musulm&#225;n, pues, seg&#250;n demuestra Mart&#237;n Corrales, tambi&#233;n hacia esos horizontes se dirigi&#243; la Monarqu&#237;a cuando fue necesario hacer m&#225;s soportables las hegemon&#237;as brit&#225;nica y francesa. Se trataba, en consecuencia, de un panorama complejo en el que, incluso, cabe considerar si las campa&#241;as militares de la Monarqu&#237;a en el Mediterr&#225;neo no favorecieron e impulsaron la econom&#237;a de
      zonas del levante peninsular como Catalu&#241;a, mediante un desarrollo econ&#243;mico vinculado al abastecimiento de tropas. No obstante, como aclara Mart&#237;, parece que no ser&#237;an los catalanes los principales beneficiados, toda vez que los asientos generales fueron, por lo general, contratados en otros territorios. Los trabajos contenidos en este bloque dedicado a las consecuencias econ&#243;micas de la pol&#237;tica exterior de Felipe V, como bien apunta Solbes Ferri a modo de balance, son particularmente valiosos al abrir nuevas puertas para un mejor conocimiento del periodo. </p>
    <p>Esa es, en realidad, la gran virtud de esta obra de conjunto. Quiz&#225;s, como reconocen sus coordinadores, todav&#237;a quedan amplios terrenos por explorar, pero es gracias a libros como este que esa tarea futura ser&#225; m&#225;s f&#225;cil. La obra de Albareda y Sall&#233;s, a fin de cuentas, es un &#250;til e imprescindible plano con el que comenzar a cartografiar un promisor campo historiogr&#225;fico. </p>
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