El Trienio Liberal fue un momento de conspiraciones, sociedades secretas, espías y agentes diplomáticos en el siglo XIX europeo. Madrid era la metrópoli de un imperio en descomposición que se transformaba en una capital del sur de Europa. La revolución de 1820 estalló en Cádiz, renació en A Coruña y se consolidó en Madrid. Al cabo de pocos meses otras ciudades mediterráneas se rebelaban en favor de las ideas liberales: Nápoles, Turín, Palermo, Oporto, Lisboa, Nauplia o Mesolongi. No fueron las únicas que lo intentaron: en La Rochelle, Lyon, Grenoble o San Petersburgo hubo conatos de estallidos revolucionarios, pero no llegaron a triunfar. El Madrid del Trienio Liberal fue la capital del internacionalismo liberal; en ella se refugiaban franceses, napolitanos y piamonteses, y era lugar de paso para griegos, británicos y latinoamericanos. Fue el surgimiento del Madrid cosmopolita, en el que la lengua franca era el francés y se acogía a revolucionarios de todas partes que creían que allí sus aspiraciones podían hacerse realidad. Este libro cuenta la historia del origen del Madrid revolucionario, desde sus calles hasta el Congreso.
El concepto de “liberal” surgió en las Cortes de Cádiz, pero fue a partir de 1820 cuando se popularizó el término “exaltado” para referirse a quienes se negaban a dar por concluida la revolución tras el pronunciamiento de Rafael del Riego. El estudio de Sophie Bustos aborda el origen de esta denominación y analiza la política del Trienio desde la perspectiva de la cultura política. En esos años, el liberalismo se dividió en dos culturas políticas —moderada y exaltada— sin que ninguna lograra integrar la diversidad existente en su interior. Aunque los partidos políticos no aparecerían hasta más de una década después, ya se habían configurado dos universos culturales diferenciados en sus símbolos, lenguajes, experiencias y formas de movilización. El liberalismo exaltado ha recibido menos atención historiográfica que el moderado, en parte por sus tensiones internas, que dificultaron su formulación como alternativa política estable. Su acceso al poder fue breve y limitado, lo que impidió su identificación con las instituciones del régimen constitucional. Pese a ello, su cultura política fue el motor de transformaciones de alcance comparable a las provocadas por la Revolución Francesa pocas décadas antes. La combinación de discurso, experiencia y símbolos permite comprender mejor la pluralidad del liberalismo del Trienio.
En la obra de Sophie Bustos se muestra cómo el Trienio Liberal ocupó un lugar central en la agenda de las potencias europeas. En las Tullerías no dejaron de comparar lo que sucedía en la España del Trienio con lo que había pasado en Francia. El miedo se extendió por las capitales europeas al mismo tiempo que lo hacía la esperanza entre los liberales de más allá de los Pirineos. El liberalismo exaltado combatió aquella situación alejándose lo máximo posible de cualquier vinculación discursiva, conceptual o práctica con el jacobinismo radical de Robespierre. El rechazo a la violencia y la concepción pacífica de la revolución se convirtieron en elementos fundamentales de la propaganda política de la revolución liberal española.
La metodología de esta investigación se inscribe en la historia política en un sentido amplio, ya que incorpora el estudio de los conceptos —como exaltado o comunero— y se ocupa de las redes políticas informales que vertebraban grupos de afinidad. Todavía no existían los partidos políticos, pero la prensa, las sociedades secretas y las sociedades patrióticas articulaban alternativas políticas. También aborda la dimensión más cultural del fenómeno político, centrándose en conmemoraciones como el Tricentenario de la derrota de Villalar (1521-1821) o el culto a Rafael del Riego. Más allá de esto, cabe subrayar la aproximación a la política liberal en clave transnacional, pues se analiza cómo los gobiernos liberales trataron de influir en la opinión pública francesa, la presencia en Madrid de sectores internacionalistas procedentes de distintos lugares del sur de Europa o cómo, desde los sectores más radicales del liberalismo, se intentó organizar una alianza ibérica contra la invasión francesa. Todo ello ofrece una interpretación que muestra de qué forma las distintas movilizaciones incidieron e incluso determinaron la política institucional del Trienio Liberal. La política decimonónica fue mucho más que la actividad desarrollada por las élites en las instituciones, y esta investigación lo constata.
El libro de Sophie Bustos se articula en función de cómo se refleja la tensión entre exaltados y moderados en los gobiernos liberales, definiendo así las principales etapas del Trienio Liberal. El primer capítulo relata el surgimiento del concepto de exaltado y cómo se emplea para definir al grupo político que se opone al gobierno de Agustín Argüelles. El héroe de Las Cabezas de San Juan, Rafael del Riego, y la Constitución de 1812 son interpretados por los exaltados en un sentido nuevo que les otorga una mayor proyección revolucionaria. Riego intentará no identificarse con el liberalismo exaltado, aunque será el moderantismo quien lo sitúe en esa cultura política.
El segundo capítulo se construye alrededor del enfrentamiento entre sociedades secretas (la Comunería y la Sociedad del Anillo) y, paradójicamente, cómo el mito de los comuneros se convierte en una forma de identificación con el régimen liberal a través del homenaje fúnebre que se realizó en 1821. Ese año estallan distintas revoluciones en el sur de Europa y se difunden desde Madrid discursos internacionalistas que las apoyan. Aparecen los primeros periódicos madrileños en francés, L’Écho de l’Europe y Le Régulateur, en los que colaboran franceses e italianos.
El tercer capítulo aborda las respuestas del gobierno liberal ante la triple crisis: las independencias de México y Perú; la guerra civil contra los realistas; y el juego diplomático de Fernando VII para forzar una intervención extranjera. Todo ello lleva al límite las tensiones entre los liberales y, poco a poco, la opción moderada se desvirtúa por la incapacidad de dar respuesta a cada una de esas crisis. El imperio desaparece, el enemigo interior crece y el monarca busca la intervención de las potencias extranjeras. Solo la exaltación liberal puede garantizar la supervivencia del régimen ante esa situación.
El cuarto y último capítulo describe cómo, después de la derrota del golpe de Estado contrarrevolucionario del 7 de julio de 1822, se instituye un gobierno exaltado liderado por Evaristo San Miguel, quien se somete completamente a las Cortes. Sin embargo, la exaltación de San Miguel como triunfador frente al golpe contrasta con su decisión política de limitar la investigación judicial de aquellos hechos. Los últimos meses del régimen liberal estuvieron marcados por las dificultades diplomáticas de San Miguel para evitar la intervención francesa y por la huida de Madrid ante el avance de las tropas de los Cien Mil Hijos de San Luis.
El libro proporciona un conocimiento exhaustivo de la prensa publicada en Madrid y muestra cómo esta se convierte en un espacio articulador de las distintas culturas políticas liberales. El poder político de la prensa se refleja en su participación en las polémicas parlamentarias y en su capacidad para debilitar a los gobiernos; prueba de ello es cómo el gobierno de San Miguel intentó influir, a través de la prensa publicada en francés, en la opinión pública de Francia. Por otra parte, las sociedades secretas se articulan como organizaciones políticas que estructuran distintas alternativas. La autora analiza estas sociedades desde una perspectiva cultural de la política, alejándose de la fascinación por las conspiraciones y de la literatura apologética católica que las responsabilizaba de las revoluciones.
El análisis de la cultura política exaltada otorga una centralidad fundamental a la Comunería, a la prensa, en particular El Zurriago, y al culto a Rafael del Riego. Sin embargo, también están presentes las sociedades patrióticas y la milicia nacional como artífices de la movilización en las jornadas revolucionarias, en las que el ejercicio de la soberanía se desplazaba de las Cortes al pueblo. Las tensiones entre la calle y las instituciones alcanzan dos momentos fundamentales: primero, la batalla de las platerías, el 18 de septiembre de 1821, y después la respuesta popular ante el golpe de Estado del 7 de julio de 1822. Mientras que el primer episodio expone los límites a la revolución que impone el liberalismo moderado que controla las instituciones, el segundo revela el fracaso de estas para evitar el golpe contrarrevolucionario, de modo que la movilización popular impulsa la alternativa exaltada. A partir de ese momento, el gobierno queda en manos de las Cortes, que proponen medidas revolucionarias con las que ganarse el apoyo popular para combatir la contrarrevolución.
La autora plantea la necesidad de reintroducir el estudio del liberalismo exaltado para comprender tanto el desarrollo del Trienio Liberal como el origen de una tradición política revolucionaria que, décadas más tarde, se proyectaría hacia el progresismo y el republicanismo. La cultura política exaltada articuló diversas alternativas que cuestionaban la figura del monarca y la concentración de la soberanía en las Cortes, proponiendo su transferencia parcial a la ciudadanía, encargada de fiscalizar la administración y las instituciones mediante espacios como la milicia o las sociedades patrióticas. Asimismo, sitúa esta cultura en una dimensión transnacional europea caracterizada por la creación de vínculos de fraternidad entre pueblos. Dicho internacionalismo coexistió con un renovado espíritu de solidaridad dinástica entre los Borbones, evidenciado en la intervención de Fernando VII ante su primo segundo, Luis XVIII, a quien manifestó no disfrutar de plena libertad en Madrid. Paralelamente, se configuró una internacional contrarrevolucionaria que buscó la destrucción del régimen liberal ante el temor a sus posibles repercusiones fuera del territorio peninsular.
El libro ofrece una mirada sobre la política desde la influencia que la ciudadanía organizada, a través de la prensa y las sociedades secretas, ejerce sobre las instituciones liberales, en particular las Cortes y el gobierno. Las decenas de eventos académicos y de divulgación sobre el Trienio Liberal que se han llevado a cabo en el último lustro han puesto de relieve cómo aquellos cuatro años fueron un campo de experiencias fundamental para la conformación de las distintas culturas políticas liberales, aunque la confrontación, también violenta, entre ellas no llegó a consolidar la imagen de una comunión liberal, como sí ocurrirá en otros territorios. La fuerza del relato sobre la revolución liberal se trasladó a periodos anteriores y posteriores, dejando el Trienio en la sombra, puesto que lo que ocurrió fue demasiado rupturista y dejó abierto un conflicto civil en el que los actores europeos, cancillerías y civiles, participaron activamente. Posteriormente, algunos de estos canales de participación política abiertos en aquellos años se cerraron, lo que permitió un mayor control institucional. El Trienio Liberal fue un espacio de experimentación y aprendizaje político que tuvo un impacto duradero tanto en España como en los territorios del sur de Europa.