La historiografía sobre el monacato medieval posee una sólida y larga trayectoria en el medievalismo hispano. Una parte sustancial de la profunda transformación que vivieron los estudios sobre el Medioevo peninsular en el último tercio del siglo XX vino de la mano de los trabajos sobre dominios monásticos que permitieron la comprensión de las lógicas económicas y sociales de los siglos medievales. Esa vena se agotó hace tiempo, pero los trabajos acerca del monacato se han enriquecido con nuevas perspectivas que resaltan el relevante papel desempeñado por estas instituciones a lo largo de las centurias medievales. Los nuevos acercamientos se han hecho eco de la especial atención que en las últimas décadas ha dedicado el medievalismo al análisis de la memoria, y, entre otros muchos, deben citarse los trabajos de Patrick J. Geary. Carlos Manuel Reglero de la Fuente, coordinador del libro que aquí se reseña, ha sido protagonista de esa reorientación. Este libro, fruto de un proyecto de investigación tiene como eje analizar los relatos construidos para generar una memoria monástica. A pesar de que el título recoge todos los aspectos que se analizan en el volumen, la mayoría de los trabajos se centran en los relatos asociados a los orígenes, mientras que los dos capítulos finales se escapan de esa vía para adentrarse en la reforma y la súplica.
Nora Berend realiza un estudio comparado del monasterio de Szentjobb o Siniob, que perteneció a los territorios del reino de Hungría medieval, y de San Pedro de Cardeña. Szentjobb ostenta un nombre llamativo, ya que se traduciría por “Santa Diestra”, con el que hacía referencia a la reliquia de la mano derecha de san Esteban, primer rey de Hungría. Berend bucea en la formación de la relación entre una figura regia y el monasterio a través del relato elaborado por Hartvic, que escribió la vida del rey a finales del siglo XI y comienzos del XII. En esa leyenda, intervenía también el rey Ladislao —en un relato en el que se intuye el robo de la reliquia—, por lo que el monasterio poseía un origen relacionado con la monarquía. Por el contrario, San Pedro de Cardeña se apropió de la imagen del Cid durante la segunda mitad del siglo XII, convirtiéndose en el eje de una devoción centrada en la exaltación de esa figura. En ambos casos, los cenobios construyeron una estrecha relación con personajes históricos transfigurados en mitos.
Por otro lado, Javier García Turza recorre los orígenes del monasterio riojano de Valvanera a través de la Historia latina, escrita a comienzos del siglo XV a partir de un texto romanceado anterior. En esa crónica, se narra el papel de Muño Óñez, un bandido reconvertido en ermitaño, que habría fundado el monasterio en una zona montaraz, así como los avatares del abad Íñigo, a finales del siglo XI y comienzos del XII. García Turza lleva a cabo un cuidado análisis de ese texto, poniendo de relieve cómo su redacción tuvo lugar tras el incendio que destruyó el cenobio, en una búsqueda por crear una imagen prestigiosa del monasterio para obtener la ayuda de donantes y patronos. En cambio, hasta el siglo XIII había sido un monasterio vinculado sobre todo con las poblaciones locales, como demuestran los documentos del archivo de Valvanera, lo que explicaría ese interés por asociarse con una figura más local, menos relevante y poderosa. En cambio, el relato en latín trataba de dar una pátina de mayor prestigio, a lo que se unía el papel de un abad especialmente preocupado por la mejora de las condiciones del monasterio. García Turza pone de relieve las abundantes referencias simbólicas e incluso proponiendo como hipótesis que detrás de algunos pasajes puedan estar procesos de cristianización de espacios relacionados con cultos preexistentes.
Álvaro Solano Fernández-Sordo analiza las historias de seis monasterios Santillana del Mar, Covadonga, San Pedro de Villanueva, Santa María de Obona, San Pelayo de Oviedo y Sahagún. Todos ellos tienen como punto en común la relación que establecen entre sus orígenes y diferentes personajes relacionados con la familia regia asturiana, bien sean renombrados o a veces individuos menores e incluso inventados. Al igual que sucede con el caso del monasterio de Szentjobb, la relación con la monarquía se revela fundamental para la formación de una memoria prestigiosa. Una situación que resulta más notable en aquellas ocasiones en las que el monasterio pretendió y consiguió el título de real en la Edad Moderna, lo que le concedía acceso al patronazgo regio. Para ello, no se dudó en crear una “memoria imaginativa”, como señala, en una expresión muy apropiada, Solano Fernández-Sordo.
El capítulo elaborado por Juan Antonio Prieto Sayagués toma como foco de atención el relato sobre los orígenes del monasterio de Guadalupe, aunque lo relaciona con los del monasterio de la Peña de Francia, de Santa María de Chipiona y de Nuestra Señora de Paradinas, entre otros. Aunque se trata de iniciativas monásticas muy diferentes, se observan algunos parámetros compartidos. En estos relatos, hay una fuerte impronta de la devoción mariana, dado que se trata de gentes sencillas que descubren imágenes de la Virgen en espacios poco poblados y recurriendo además al topos de la invasión musulmana como desastre. El protagonismo recaía así en campesinos caracterizados por su simplicidad, reflejo del tipo de fiel que se pretendía conseguir en este periodo. A ello se añadía la centralidad de la Virgen en la formación de los primitivos eremitorios, un fenómeno que debería relacionarse con la eclosión de un paisaje lleno de referencias marianas en este periodo. Por el contrario, el papel de los poderosos y de la monarquía no es tan central, aunque no dejan de ser relevantes en la transformación de estas fundaciones en monasterios. En la práctica, los reyes prestaron especial interés en patrocinar estos cenobios con objetivos de poblar áreas con baja demografía o fortalecer los intereses ganaderos de los monasterios.
La contribución de Carlos Manuel Reglero de la Fuente se fija sobre todo en el caso de San Benito de Valladolid y su Libro de los Bienhechores, redactado en la segunda mitad del siglo XV y recientemente editado y analizado por un equipo dirigido por César Olivera. En ese códice, diseñado para que su uso se continuase en el tiempo, se recogía de forma ordenada la memoria de los bienhechores de este monasterio cabeza de una congregación reformada. Esa memoria se combinaba con otros textos, referidos a monasterios reformados e integrados en la órbita de San Benito de Valladolid, como San Salvador de Oña o San Juan de Burgos. Los monjes del cenobio vallisoletano daban especial relevancia al papel de Enrique III como destructor y luego reconstructor del monasterio, pero usaban su recuerdo junto al de los bienhechores, por quienes debían elevarse oraciones. Resulta elocuente que el Libro de los Bienhechores fuese leído dos veces al año, generando así una memoria compartida por los monjes.
Estos cinco capítulos se hacen eco de la construcción de una memoria monástica muy diversa. No obstante, puede observarse una oscilación entre los relatos que subrayan el papel de personajes prestigiosos —que promoverían un prestigio destinado sobre todo a poderosos protectores y donantes— y aquellos en los que se hace hincapié en personajes más sencillos, relacionados con una devoción más local y con estratos sociales menos elevados. No se trata de estrategias opuestas, ya que algunos ejemplos prueban la combinación de ambas vías o su superposición (como se observa en los estudios de García Turza y Prieto Sayagués).
Los otros dos textos que forman parte del volumen se mueven en perspectivas diferentes al centrarse en otro tipo de relatos, además de realizar su mirada desde otras especialidades. No se trata de un mero añadido, sino de trabajos que complementan adecuadamente el núcleo principal de los cinco capítulos previos. Diana Lucía Gómez-Chacón analiza los relatos sobre las reformas arquitectónicas de Santa María la Real de Nájera y de San Benito de Valladolid a partir de la Historia del Arte. Ambos vivieron numerosos avatares en el siglo XV, ya que Nájera se alejó de Cluny y San Benito fue el origen de la congregación reformada castellana. Los impulsos constructivos efectuados entre los siglos XV y XVI habrían tenido como objetivo realzar a ambos monasterios, utilizando un lenguaje arquitectónico muy sobrio, caracterizado por una fuerte desnudez, al que se acompañaba de tablas pictóricas encomendadas por patronos. Todas estas reformas quedaron recogidas por escrito en el Libro 2.º de censos, que ensalzaba el papel del prior y luego abad de Nájera don Pablo Martínez de Uruñuela, y en el ya citado Libro de los Bienhechores, en donde Isabel I fungía como patrocinadora de esas reformas arquitectónicas. Por otro lado, Santiago Domínguez Sánchez estudia, desde el punto de vista del diplomatista, las cartas de súplica remitidas al Papa durante el periodo aviñonés. Tras una detallada explicación de este tipo de cartas, advierte cómo detrás del acusado formalismo, se deslizaban historias que servían para reforzar los argumentos de la súplica. Para demostrarlo edita y traduce varias de ellas, donde se deja traslucir esa realidad.
Como es fácilmente observable, las diferentes contribuciones del libro se centran en la construcción de una memoria relacionada con un conjunto de relatos. Estos son, por su propia naturaleza, diversos, aspecto que se señala con claridad en las conclusiones que elabora el coordinador. Debe añadirse que todos los estudios prestan una considerable atención a los contextos en los que surgieron estos relatos y a la propia formación de los textos en los que se recogieron. Se advierte así la relevancia de esos textos, como fuente fundamental para el estudio de la memoria; en ocasiones el estudio es mucho más detallado, como sucede con la Historia Latina de Valvanera en la contribución de García Turza. Ahora bien, todos estos acercamientos están condicionados por el hecho de que solo podemos recuperar esa memoria cuando ha sido escrita. Una realidad que posiblemente nos impida ver formas de devoción y de memoria enraizadas en los ámbitos locales, que solo figuran en el registro histórico gracias a la mediación de los propios monjes.
Por otro lado, Carlos Manuel Reglero de la Fuente, en sus conclusiones, llama la atención sobre cómo estos relatos ayudaron a formar una identidad de las comunidades de monjes. El caso del Libro de los Bienhechores es ilustrativo, ya que debía leerse al menos dos veces al año. Pero sería interesante saber cómo se transmitían esos relatos en otros lugares, tanto internamente (hacia la comunidad de monjes) como externamente (hacia la sociedad laica). Sé que es un reto difícil de cumplir, pero la pregunta surge al calor de la lectura del volumen. Solo de manera tangencial se indica cómo estos relatos pudieron servir para que estas comunidades negociasen su estatus dentro del marco eclesiástico. E igualmente, cabría plantearse hasta qué punto estos relatos fueron efectivos a la hora de movilizar devociones laicas, si, por ejemplo, eran citados en donaciones o en pleitos. De hecho, sería interesante analizar si hubo memorias en disputa, conflictos entre instituciones que podrían haber servido como marcos en la cristalización de las memorias y de las identidades.
Todas esas preguntas son fruto del interés y calidad del libro, que mueven a hacerse nuevas cuestiones, vías sobre las que investigar. Eso es posible gracias a un conjunto de estudios que dirigen su mirada hacia otras perspectivas sobre las comunidades monásticas. Un planteamiento que bebe en buena medida de la historia cultural, sin abandonar la percepción social. Y todo ello a través de fuentes muy diversas. En definitiva, un trabajo que seguramente se convertirá pronto en referencia sobre el estudio de los monasterios en la Corona de Castilla bajomedieval.