El libro de Cristina Agüero se adentra en el estudio de un linaje que llevó el coleccionismo a su más alto grado de esplendor. Se trata, en cierto modo, de un ejercicio de memoria, cultivado por los últimos tres almirantes de Castilla en su empeño por anclar el presente a un pasado que no debía perderse. Surge aquí la paradoja del olvido, evocada por san Agustín: ¿cómo referirse a lo olvidado sino a través del recuerdo, que lo convoca y lo reconoce como aquello que, de algún modo, retorna? La edición del Consejo Superior de Investigaciones Científicas se presenta a la altura de semejante empresa, con un cuidado formal elegante y una rica dimensión visual que acompaña con acierto la densidad de la investigación ¡Enhorabuena!
La obra que el lector tiene ante sí se inscribe en el ámbito de la fenomenología de la memoria, concretamente en relación con los Enríquez de Cabrera durante el siglo XVII. La autora realiza un recorrido por las cortes de España e Italia, apoyándose en el coleccionismo, la diplomacia y el ocio nobiliario, con el propósito de reconstruir la presencia histórica de una familia que, desde 1405, había mantenido una posición destacada en la corte. Surgen entonces dos interrogantes centrales: ¿qué permanece en la memoria del extraordinario patrimonio artístico cuya dispersión comenzó tempranamente?, y ¿qué estrategias de coleccionismo llevaron a cabo los tres últimos almirantes de Castilla —Juan Alfonso, Juan Gaspar y Juan Tomás Enríquez de Cabrera— para dejar testimonio de sí mismos? Esta investigación busca responder, en esencia, a estas cuestiones, aun cuando la autora —quizá con excesiva modestia— la considere necesariamente incompleta y fragmentaria, tratándose de una de las colecciones nobiliarias más sobresalientes del siglo XVII.
En este sentido, la autora parece no considerar la premisa formulada por Marc Bloch, para quien la historia se constituye como una ciencia de las huellas. Dichas huellas, en forma de testimonios escritos y archivados, se presentan aquí en un amplio y riguroso apéndice documental, que constituye una muestra del esfuerzo de Cristina Agüero por ofrecernos el primer estudio integral de la colección reunida por los almirantes de Castilla, algunas de cuyas piezas se conservan hoy en prestigiosos museos europeos. Sin embargo, este enfoque tiende a soslayar la posibilidad de abordar, a través de la disciplina hilética en el análisis fenomenológico de Edmund Husserl, la vivencia intencional de la familia Enríquez de Cabrera, tanto en su dimensión noética como en su dimensión noemática.
Desde esta perspectiva, a mi juicio, una de las aportaciones más relevantes de la tesis de la autora consiste en mostrar cómo estas tres generaciones de almirantes, cuyas trayectorias vitales transcurrieron a lo largo del siglo XVII, percibieron, recordaron o imaginaron el arte —dimensión noética—, y cómo se reconstruye el objeto intencional en cuanto vivido —dimensión noemática—. La creación de la Huerta de Recoletos, que el décimo almirante convirtió en su particular parnaso, permite así describir y analizar no solo sus pasiones como ávido coleccionista, sino también el modo en que los datos sensibles constituyen la base de los objetos de la experiencia. Este espacio de retiro cortesano y ocio abre, además, nuevas vías para futuras investigaciones.
Los espacios que recorrieron los almirantes —Palermo, Sicilia, Nápoles, Génova, Lisboa o Madrid— se configuran tanto como inscripciones, monumentos y documentos, como recuerdos materializados en tapices, arcos triunfales, ceremoniales y embajadas. Así, la interacción entre memoria y lugar contribuye a la construcción del ars memoriae de un linaje: lugares habitados que, por excelencia, resultan memorables.
Si el recuerdo puede considerarse una suerte de imagen, quizá los grandes cuadros de la colección de los almirantes permitan abordar el concepto de escala, entendido como estrategias personales y familiares que, sin embargo, se confrontan con realidades económicas, jerarquías sociales y juegos de intercambio. No obstante, resulta pertinente discutir la lectura de Norbert Elias, quien plantea la evolución progresiva de las órdenes simbólicas y su poder de coacción, desde la cima hacia la base de las sociedades. En este sentido, puede contextualizarse el testimonio del embajador inglés de 1638, quien afirmaba que la nobleza había desarrollado su criterio en materia de pintura siguiendo el ejemplo del monarca Felipe IV.
¿Por qué oponer el lado coercitivo del monarca al lado subversivo de la experiencia social? Básicamente porque permite analizar cómo se construye la memoria, la cultura y la escala social: no todo lo que dicta el monarca se internaliza de manera uniforme, y los individuos negocian su posición y sus prácticas. En mi opinión, la lectura del libro de Cristina Agüero permite entender que los almirantes optaron por usos alternativos del arte, de alianzas, de juegos de intercambio y de prácticas sociales que no siguen estrictamente la jerarquía oficial. La intensa fruición artística de don Juan Gaspar se refleja de manera palpable en el conjunto de cartas dirigidas a diversos agentes, en particular al marqués de Villagarcía —recogidas posteriormente en un extenso apéndice—, así como en su competencia con otros coleccionistas y en la participación en el círculo de peritos que evaluaban con rigor la autenticidad de las obras al llegar a España. Este entramado epistolar y profesional evidencia no solo su pasión personal por el arte, sino también su inserción en redes de experticia y reconocimiento social que configuraban el mundo de las colecciones en su tiempo.
Una de las grandes aportaciones de esta investigación es el estudio sistemático de los inventarios, que en el caso de la nobleza resulta fundamental para comprender la formación y dispersión de estas impresionantes colecciones. La autora logra identificar muchas de las pinturas, pero también deja abiertas de manera muy inteligente otras posibles atribuciones, como es el caso de dos obras de Caravaggio, que podrían corresponder a las primeras versiones realizadas para la capilla Cerasi de Santa María del Popolo, aunque sin precisar cómo llegaron a manos de Juan Alfonso. El libro, en definitiva, es una gran aportación a la historia del coleccionismo nobiliario.
Me gustaría concluir con una consideración a modo de crítica constructiva: una reseña basada únicamente en elogios no refleja necesariamente un mayor aprecio académico ni un respeto más profundo hacia una historiadora del arte tan brillante y prometedora como es la autora. En este caso, se echa en falta la inclusión de unas conclusiones que permitan recapitular y articular de manera más clara todo lo hipotetizado a lo largo del estudio, lo cual no es un detalle menor.
F. Nietzsche discutió cómo la historia puede influir en la vida humana, a veces de manera negativa: “demasiada historia mata al hombre”. Teniendo en cuenta las manipulaciones y abusos a los que la memoria ha sido sometida por ciertos políticos españoles, la historia debe entenderse como un instrumento para comprender y orientar la vida, y no como una carga que impida vivir plenamente. Se trata de encontrar un equilibrio entre aprender del pasado y conservar la libertad y la energía para el presente. En este contexto, el libro de Cristina Agüero se convierte en un verdadero bálsamo: reafirma la posibilidad de una recuperación rigurosa de la memoria, subraya la importancia que la historia mantiene para las generaciones futuras y celebra el valor de aquellas vidas —afortunadamente nobles y ociosas— que contribuyen a construirla. Como diría Paul Ricoeur: “escribir la vida es otra historia. Inconclusión”.