Como se resalta en la presente obra, el denominado “Castil de Genoveses” de Málaga constituye un espacio histórico que, tomando como base su condición como “barrio comercial fortificado”, manifiesta un interés singular y, a la vez, amplio y variado. La etapa medieval del Castil en los siglos XIV y XV, la que centra por supuesto este libro, destaca por proporcionar una muestra de, por ejemplo, cómo actuaron los genoveses en lo que fue entonces su conocida diáspora por el Mediterráneo y por parte de Europa, cómo pudo conformarse un enclave de cristianos en tierras de hegemonía inicialmente musulmana y, a la postre, cómo se articuló un ámbito cuyas implicaciones son múltiples. Entre otras, estas abarcan lo político-diplomático (por las relaciones establecidas entre Génova y el reino nazarí de Granada, dentro también del complicado juego de vínculos entre las penínsulas italiana e ibérica y, en general, dentro del Occidente mediterráneo), lo económico (porque Málaga acabó siendo un punto importante de negocios y transportes en diversas direcciones, también en conexión con el Atlántico) y lo social (por la caracterización de quienes ocuparon el Castil y, pese al predominio entre ellos de mercaderes y navegantes, por sus distintos perfiles personales, profesionales y de residencia).
Raúl González Arévalo y Carmen Peral Bejarano se adentran por muchas de estas circunstancias con una voluntad que, según se define ya en las primeras páginas del volumen, es de “diálogo” (p. 16). De entrada, ese “diálogo” es el que entablan los dos autores a partir de sus respectivas especializaciones y, con esta base, de la contrastación en torno al Castil de informaciones arqueológicas y fuentes escritas. Raúl González Arévalo, profesor de historia medieval en la Universidad de Granada, es estudioso de las realidades sociales y económicas del Mediterráneo medieval, con particular atención a los contactos entre los reinos hispánicos y las repúblicas mercantiles italianas y a la visión dual de los archivos tanto ibéricos, especialmente los de origen castellano, como italianos. Carmen Peral Bejarano, también medievalista de formación, ha desplegado ya una dilatada carrera fundamentada en la arqueología como terreno de investigación y de desarrollo profesional, sobre todo desde que en 1986 asumió la dirección de la Sección de Arqueología en la Gerencia Municipal de Urbanismo de Málaga y centró su labor en el análisis de la evolución urbana malagueña. Las diferencias entre ambos expertos posibilitan que el libro se divida en dos grandes partes: la primera, a cargo de Peral Bejarano, reúne los datos arqueológicos de los que se dispone acerca del Castil y su interpretación (pp. 33-133); la segunda, a cargo de González Arévalo, se focaliza en Málaga como “puerto genovés” y, por tanto, en los rasgos que la documentación archivística refleja de la presencia y las actividades allí de los ligures (pp. 135-276). Los dos investigadores firman, asimismo, antes y después de estas partes, una “nota de introducción y agradecimientos” (pp. 23-27) y las correspondientes “conclusiones” (pp. 277-285), que explican, recopilan y dan sentido a la lógica con la que se ha elaborado la publicación y al encaje mutuo de los contenidos debidos a cada uno.
En la obra, este “diálogo” que planteo inicialmente es el esencial, sin duda, pero no es el único que observo en ella. Continuando con la autoría, los propios González Arévalo y Peral Bejarano aportan una nueva clave cuando señalan que “el estudio de la historia es un proyecto colectivo a partir de méritos individuales” (p. 25). En esa línea, el libro incorpora elementos que, por expresarlo de esta manera, denotan una construcción verdaderamente coral. Es obvio que cualquier trabajo de arqueología, como el que se expone aquí, necesita de la intervención de numerosas personas en distintas funciones. Además, tanto para el conocimiento arqueológico como para el derivado de los testimonios escritos es muy conveniente siempre recurrir a la tradición historiográfica y a las fuentes ya editadas y comentadas, realidades previas con las que, si se permite prolongar la metáfora, se dialoga en efecto mucho a lo largo del volumen. Para acabar, tres factores ulteriores enfatizan la imagen colectiva de la contribución que estoy reseñando: el apoyo de diversas formas y en varios momentos que han prestado a la investigación otros expertos que son mencionados específicamente (pp. 26-27); la inclusión de sendos prólogos de Antonio Malpica Cuello y Sergio Tognetti (pp. 13-21) que reflexionan sobre las aportaciones del libro “desde la Arqueología en el Reino de Granada”, en el primer caso, y “desde la Historia en Italia”, en el segundo; y el hecho fundamental de que, en realidad, esta publicación culmina un proyecto cuyo comienzo e impulso se deben a Manuel Acién Almansa, profesor en la Universidad de Málaga y pionero arqueólogo medievalista, pero que se truncó a causa de su fallecimiento en agosto de 2013. González Arévalo y Peral Bejarano retoman, actualizan y amplían la idea del desaparecido profesor, tal y como reconocen explícitamente (pp. 24-25) y como ilustran materialmente al insertar el informe que él mismo firmó en abril de 1988 como resultado de la excavación llevada a cabo en la plaza de la Marina de Málaga, con vestigios concernientes —claro está — al lugar donde estuvo el Castil de Genoveses (pp. 29-32).
Otro posible “diálogo” que me ha sugerido la lectura del estudio afecta a su cronología. De modo creo que admisible, los autores proponen que el recinto del Castil “pudo ser levantado” en la década de 1330 o al principio de la de 1340. Aunque no se han hallado datos concretos sobre su edificación, los referentes iniciales que brindan los acuerdos suscritos entre Génova y Granada a finales del siglo XIII, determinadas situaciones acreditadas en la primera mitad del siglo XIV y la certeza de que la infraestructura estaba totalmente operativa en 1346 sustentan la hipótesis (pp. 93-94 y 147-151). Consecuentemente, la preocupación del libro se orienta hacia las circunstancias del Castil y los genoveses en Málaga durante el periodo nazarí desde esos instantes del Trescientos, y acaba cuando la conquista castellana de la ciudad en 1487 significó que esta entrara en una nueva fase histórica. El interés por esta época que se define entre los siglos XIV y XV se justifica también porque el Cuatrocientos marcó, precisamente, “el apogeo de la comunidad ligur” en Málaga (p. 161). Valga el síntoma de que documentos de 1425-1457, que son más ricos para después de 1440, permiten estimar “a la baja entre 50 y 75 los habitantes frecuentes del Castil”, cifra que de nuevo pienso que es plausible a la luz de los argumentos que emplea la obra y que evidencia una cantidad de pobladores “muy respetable”, compuesta por mercaderes, demás miembros de compañías comerciales (criados, aprendices, factores o “colaboradores temporales”), personal estable no dedicado al comercio, individuos de paso o mercaderes y marinos llegados “en las embarcaciones que anclaban en el puerto” (pp. 170-171 y 283).
La centralidad en la etapa que resalto es patente. En paralelo, sin embargo, el marco temporal abarcado por el conjunto del libro es más amplio, en ocasiones bastante más amplio, lo que introduce perspectivas de media o larga duración que consienten figuradamente ese “diálogo” en sentido cronológico que he comentado. Esta amplitud se vislumbra en la segunda parte del volumen. Raúl González Arévalo traza en ella un recorrido que empieza con “las primeras noticias contrastadas” sobre intereses genoveses en Málaga durante el tercio inaugural del siglo XIII (p. 140) y se cierra, incluso, con apuntes sobre los ligures que actuaron en la zona tras la conquista cristiana de finales del XV y que otorgaron a la presencia extranjera allí rasgos “entre la tradición y la innovación” (p. 193). Un buen ejemplo de la trayectoria que diseña el autor lo ofrece el examen de la navegación genovesa que recaló en Málaga del XIII al XV. Este se distribuye entre las páginas consagradas a su análisis y un detallado anexo que cubre toda la fase nazarí desde 1238, con datos sobre naves, patrones y rutas, si bien el 85 % de los transportes documentados (que son 518 en total) corresponde al Cuatrocientos (pp. 201-236 y 247-276). Pero la cronología prolongada es más palpable en la primera parte de la obra. Carmen Peral Bejarano arranca su sección exponiendo las intervenciones arqueológicas concretadas en el área del Castil en tiempos de Manuel Acién (1987-1988). Estas, no exentas de las notables dificultades que son desgraciadamente habituales en la práctica de la arqueología, remarcan unos resultados que quedan completados en la medida en que los avances investigadores hasta hoy lo permiten (pp. 23-24 y 35-38). Así, la autora puede registrar los restos ubicables mucho antes del origen del Castil, del siglo VIII al XI, pero también y sobre todo fijarse en los cambios experimentados entre los siglos XVI y XX por la zona urbana estudiada, gracias al apoyo de la cartografía histórica y de otra documentación (pp. 81, 104-126 y 278). Sea como fuere, el espacio del Castil en los momentos nazaríes estaba cerrado y amurallado y era de envergadura (pp. 26, 84-85 y 124): “un suelo de 3.500 m2 (...) estructurado como un verdadero barrio, bien urbanizado, que disponía de un vial central que dividía dos manzanas”, donde “un cuerpo social extraño a la formación islámica” como los genoveses desarrollaba su actividad y se veía a la vez protegido y controlado (p. 279).
A la hora de establecer sus conclusiones, Peral Bejarano coteja los hallazgos malagueños con posibles paralelismos en otras realidades del estilo de Ceuta, Mallorca, Sevilla, la propia Génova o “algunos puntos clave del dominio genovés en el Mediterráneo oriental” como Famagusta, Quíos y Pera (pp. 83, 97, 124 y 126). No son las únicas comparaciones que el libro incluye. En general, o también en la parte de González Arévalo, menudean por ejemplo las equiparaciones de diverso tipo con los lugares del territorio que en su día fue nazarí, con el resto del Mediterráneo medieval especialmente de condición islámica, con otras plazas europeas de asentamiento genovés y, por supuesto, con puertos y mercados hispanos donde asimismo hubo intervención ligur (pp. 25-26, 157-158, 171-172, 192, 210 y 285). Con estas contrastaciones cabría componer un último “diálogo” distinguible en el seno de la obra: el emprendido entre Málaga y diferentes ámbitos fuera de esta ciudad. Los autores encaran esta tarea con la prudencia adecuada y los matices contextuales que son necesarios en cada caso. De ahí surgen argumentaciones que entiendo básicas para situar lo investigado donde procede. Semejante dinámica comparativa hace comprensible que se afirme que el Castil malagueño es un “espacio único” en el Mediterráneo bajomedieval, que el colectivo de genoveses detectado en la Málaga del siglo XV la hacen emerger entonces como “un punto de referencia” al respecto en Occidente “junto a Sevilla y Cádiz, Londres y Brujas”, que la primacía del puerto malagueño para los intereses de los genoveses y su navegación en el reino nazarí acabó siendo indiscutible, o que tal función relevante quedó corroborada con el hecho de que el Castil terminara albergando un consulado genovés sobre el que, pese a todo, subsisten “más interrogantes que respuestas” (pp. 25-26, 172, 184-192, 235, 283 y 285). La importancia, pues, del Castil como infraestructura comercial y de Málaga como foco mercantil y naval genovés bien justifica esta publicación que, si no me equivoco, se convertirá desde ahora en una aportación a consultar para quienes nos sintamos concernidos por alguna de las múltiples perspectivas que se abordan en ella.