Desde que Jerónimo Zurita publicó su Historia del rey Don Fernando el Católico. De las empresas, y ligas de Italia (Zaragoza, 1580) el célebre monarca aragonés entró en el panteón historiográfico, convirtiéndose en un personaje ineludible de la historia española, europea e incluso global. A las investigaciones de José María Doussinague o Jaume Vicens Vives en el segundo tercio del siglo XX, le siguieron los trabajos de Luis Suárez Fernández y la nueva generación de historiadores integrada por Miguel Ángel Ladero Quesada, Ernest Belenguer y Ángel Sesma Muñoz. Todos ellos contribuyeron con sus estudios a perfilar la figura polifacética de Fernando II de Aragón desde perspectivas diversas y complementarias.
El profesor Sesma Muñoz, catedrático de la Universidad de Zaragoza y miembro de la Real Academia de la Historia, se adentró en el reinado fernandino desde las instituciones aragonesas. Tras su tesis doctoral La Diputación del Reino de Aragón en la época de Fernando II (1977), basada en documentación fiscal no estudiada hasta entonces, abrió el foco en su Fernando el Católico y Aragón (1979) y, una década después, vio la luz la biografía Fernando de Aragón: hispaniarum rex (1992) —con rico aparato gráfico— que aportaba nuevos matices sobre la acción política del monarca aragonés. Más adelante, profundizó en algunos episodios de su vida, como el atentado de 1492 (Los idus de diciembre de Fernando II, 2006), la implantación de la institución inquisitorial (Fernando II y La Inquisición, 2013) y las asambleas parlamentarias (Cortes del Reinado de Fernando II, 2017-2018). Con este bagaje historiográfico no es difícil reconocer en Sesma Muñoz al mejor conocedor del rey Católico, capaz de combinar el análisis particularizado con visiones sintéticas elegantemente expuestas.
La obra que acaba de publicarse ofrece una feliz decantación de su investigación y capacidad interpretativa, aprovechando nuevos y antiguos materiales acumulados. Fernando II el Católico. Rey de Aragón, príncipe del Renacimiento 1452-1516 condensa en sus casi 700 páginas una biografía política, atendiendo al ejercicio del poder y a su acción de gobierno en el espacio peninsular y los territorios incorporados a la Corona. Siguiendo el orden cronológico y la itinerancia del rey, el autor desglosa en doce capítulos las principales etapas de su vida, acomodando en ellos los ámbitos de su acción política.
Los tres primeros capítulos explican su ascenso al poder: su infancia y educación, el matrimonio con Isabel —princesa heredera de Castilla— y el conflicto sucesorio castellano. Bajo la guía de Vicens Vives, Coll Juliá, e investigaciones más recientes como las de Miranda Menacho, el profesor Sesma se adentra en las intrigas políticas que condicionaron la infancia del segundo hijo de Juan II, rey consorte Navarra, lugarteniente de su hermano en la Corona de Aragón y jefe de la oposición nobiliaria en Castilla, cuya actividad se caracterizó “por su enfrentamiento sistemático con todos” (p. 37). Aunque el nacimiento de Fernando pasara desapercibido en el principado catalán, su padre le promovió como heredero, especialmente desde la muerte del primogénito Carlos. Ejercitándose militarmente en la guerra civil catalana, Fernando recibió la corona siciliana (1468) y se desposó con la princesa Isabel en un contexto defensivo ante la intervención francesa en Cataluña.
Según el autor, aquella “boda oportuna” (capítulo 2) fue una decisión para salvar la comprometida situación política sin tener claras las consecuencias a largo plazo que pudiera provocar (p. 86). Con todo, no parece que la precipitación caracterizara a aquel joven de 17 años, que ya había participado en negociaciones complejas y eventos militares, revelándose como una “persona prudente, reflexiva, de buen trato y de criterio muy firme”, especialmente en el respeto de la dignidad real (p. 111). Gracias a la documentación editada, reconstruye los esfuerzos del joven príncipe en la reivindicación de sus derechos, advirtiendo un criterio propio no siempre alineado con el de su padre o el de su joven esposa, hasta que su ascenso al trono castellano (1474) y al aragonés (1479) le permitió adoptar sus primeras medidas para fortalecer la unidad de la Corona y resolver el enfrentamiento con Portugal.
Los siguientes cinco capítulos (del IV al IX) se dedican al gobierno conjunto con Isabel (1479-1492). Con el establecimiento de la Inquisición en Castilla (1481) y en Aragón (1484), el monarca dotó a la monarquía de un aparato de control, desactivando la resistencia de la oligarquía turolense y zaragozana (capítulos IV y V). Se describen los inicios de la guerra de Granada y los esfuerzos por lograr la financiación eclesiástica, mientras Fernando intentaba resolver el desfondamiento económico de Cataluña e impulsaba las relaciones con Navarra y la devolución de los condados de Rosellón y Cerdaña empeñados a la Corona francesa durante la guerra civil catalana. El autor también se detiene en el conflicto de los campesinos remensas y los problemas jurisdiccionales en Galicia. Eran los pasos con los que el joven soberano iba transformando la monarquía dinástica en una monarquía nacional haciendo confluir la acción de las instituciones de los diferentes reinos en un objetivo común (p. 311).
Con motivo de la peregrinación a Santiago de Compostela (1486) se traza el perfil religioso de un monarca que desde la infancia fue objeto de profecías “para contrarrestar el halo de santidad que rodeaba a su hermano Carlos de Viana y neutralizar los juicios negativos asignados a sus padres en Cataluña” (capítulo VII). Su predilección por confesores dominicos y su devoción eucarística y mariana apuntalaban una piedad que fortalecía sus convicciones políticas, su vocación por la defensa de la Cristiandad y una actitud exigente y colaborativa con el papado, como evidencian sus relaciones con Roma.
El relato no se despega de los avatares de la pareja real, insertando los temas en las principales etapas de su itinerancia. Aprovechando el viaje a Aragón para asistir a las Cortes de Tarazona (1484), prologadas después en Zaragoza (1487), reformó las instituciones aragonesas para fortalecer el poder regio, siguiendo el ideal castellano con los limitados recursos de la Corona de Aragón. Junto al incremento de la deuda pública, Fernando debió habérselas con las tensiones internas del principado que intentó atenuar controlando los nombramientos. En política exterior añadió a las antiguas alianzas aragonesas con Borgoña e Inglaterra la nueva amistad imperial, sin abandonar las relaciones con Francia. Finalmente, se llega al “bienio de contrastes” (1492-1493) que marcó el ápice en el reinado, con la expulsión de los judíos y el descubrimiento de nuevas tierras en el Atlántico, mientras la pareja real emprendía su triunfante viaje a Barcelona, donde Fernando fue objeto de un atentado finamente analizado por el autor.
Llegados a este punto, el relato se adentra en la década de 1490, menos tratada en las biografías fernandinas, que se caracterizó por los compromisos militares suscitados por el conflicto con Francia y los desajustes sucesorios (capítulo VIII). El fallecimiento de la reina Isabel (1504) abrió un nuevo periodo de inestabilidad, que obligó Fernando a mantener un pulso con Felipe de Habsburgo hasta su expulsión final de Castilla y su desplazamiento a Nápoles, donde se abrieron nuevos proyectos mediterráneos. A su regreso a la península ibérica retomó la gobernación castellana, aislando a su hija Juana “para evitar que la utilizaran con fines desestabilizadores” (p. 559). Fernando contaba entonces 55 años y, aunque carecía del título de rey de Castilla, se convirtió en “el gobernante omnipotente” que redireccionó su política europea para reducir conflictos, mientras aseguraba el litoral norteafricano y reimpulsaba la empresa indiana (capítulos X y XI). El autor sigue al monarca por tierras castellanas y aragonesas junto a su nueva esposa Germana de Foix, deteniéndose en las Cortes de Monzón y Madrid (1510) para asentar reformas, sin olvidar la incorporación de Navarra que no entró en los planes fernandinos hasta la reactivación del conflicto con Francia (p. 625). Finalmente, se aborta el último tramo de la vida del monarca, describiendo su deterioro físico y su fallecimiento, no sin antes dejar atada la sucesión.
A nivel organizativo, la obra del profesor Sesma ofrece un recorrido muy completo y equilibrado del reinado, gracias a la armónica disposición de los capítulos y el esfuerzo de concisión. Hay una particular atención por los eventos peninsulares, sin dejar de esbozar las líneas de acción exterior y algunas empresas artísticas. Resulta especialmente sugestiva la valoración de los factores psicológicos y emocionales que pudieron mover al rey Católico en sus decisiones, mostrando su estrecha vinculación con su padre, la sintonía con su esposa y su atención al príncipe Don Juan como pieza clave del entramado dinástico, sin olvidar a sus vástagos naturales y a su madre Aldonza Roig de Ivorra. En este sentido, la biografía logra rescatar al “hombre” que hay detrás del “político”, aventurando hipótesis donde la documentación lo permite.
A nivel metodológico, no se recurre a fuentes inéditas, pero se emplea la extensa documentación editada y una bibliografía actualizada que se va desplegando a lo largo del texto. Tampoco falta una breve introducción y un epílogo valorativo del legado fernandino. Los historiadores echarán en falta una reflexión historiográfica más detenida, que quizá habría alargado excesivamente una obra pensada para el gran público, que gozará de la claridad expositiva del autor.
La obra de Sesma Muñoz es, sin duda, una biografía novedosa que ofrece el retrato matizado de un monarca en permanente actividad, consciente de su dignidad y de sus responsabilidades, que supo aprender y adaptarse a coyunturas difíciles. De ahí que se le considere un “hombre prudente, inteligente, y un gobernante astuto y pragmático” que “nunca dejó de sentirse y [de] querer ser rey” en medio de la atmósfera de tensión política que le acompañó (p. 16). Con razón los historiadores han advertido en Fernando II un doble perfil como heredero Trastámara y gobernante moderno, que el autor deja traslucir en el título del libro, Rey de Aragón y príncipe del Renacimiento.