En su primer artículo, la Constitución de 1978 proclama que el pueblo español “se constituye en un Estado social y democrático de Derecho”. Los diputados democráticamente elegidos un año antes plasmaban mediante esa fórmula el deseo transversal de equipar al país tanto en libertades como en prestaciones con los estados de bienestar erigidos por las democracias liberales durante las décadas precedentes. Lo cierto es que ese deseo de convergencia con la calidad de vida de las sociedades más desarrolladas se trataba de una vieja aspiración —si bien graduada en función de adscripciones ideológicas— en España. No en vano, había guiado e incluso justificado las decisiones del régimen dictatorial precedente, singularmente durante el segundo franquismo y en materia de política económica. Ironías del destino, en aquellas Cortes constituyentes se sentaba Laureano López Rodó, prototipo del político franquista que intentó integrarse (votando por ejemplo a favor del texto constitucional y el Estatuto de Cataluña) en la nueva dinámica democrático-electoral de su país. De hecho, en las elecciones generales de 1977 había encabezado las listas de Alianza Popular en Barcelona, obteniendo un magro 3,18 % de los votos.
Como se estudia con detalle en el libro objeto de esta reseña, dos décadas antes, el muy ambicioso y poco escrupuloso López Rodó, cuya fulgurante carrera académica fue facilitada por la “depuración” del sistema universitario español tras la Guerra Civil (la autora traza un perfil del personaje con muchas más aristas de las expuestas en la biografía de Antonio Cañellas), se convirtió en el “arquitecto” del intento de reconversión de la España franquista en un “Estado social de Derecho”. Con ello, se buscaba dotar “a los administrados”, es decir, a los españoles, de un nivel de bienestar material suficiente como para congelar sus aspiraciones de libertad y democracia.
El origen inmediato de aquella apuesta, explica Anna Catharina Hofmann (Martin Luther Universität Halle-Wittenberg), hay que buscarlo en la grave crisis económica en la que se encontraba España a la altura de 1956. Durante los dos años siguientes, incapaz de hacer frente a las obligaciones crediticias contraídas con Wall Street en los años anteriores, el gobierno se vio obligado a deshacerse de la práctica totalidad de sus reservas de oro y a pedir al gobierno de Estados Unidos más ayuda para importar alimentos. Con la inflación disparada, el kafkiano sistema comercial exterior en descomposición y en un clima de considerable tensión interna en el seno del régimen, la dictadura optó por poner rumbo hacia la visión de futuro pergeñada por López Rodó. Su proyecto aspiraba a aprovechar la coyuntura española e internacional para reinventar y relegitimar a la dictadura, haciéndola aparecer como el régimen que sacaría al país de su proverbial “atraso” económico. No era tarea fácil, y no solo por los intereses que se resistían a cambios profundos, sino, como se pone el foco en el libro, porque en el seno del régimen no eran pocos los que habían realizado un diagnóstico similar y aspiraban a controlar el timón de las reformas.
Protegidos del constante fuego amigo por el escudo político de Luis Carrero Blanco y, por consiguiente, con la bendición del general Franco, el académico catalán y su equipo se lanzaron a una labor de cooptación en los altos escalones del Estado, a la par que instrumentalizaban para su propósito la asistencia, el prestigio y hasta el lenguaje de los expertos y las organizaciones occidentales desarrollistas entonces en boga. Sus reformas se inspiraban en modelos foráneos adaptables a la naturaleza autoritaria del régimen, caso de la planificación indicativa de la presidencialista y centralista Francia de la V República (ya apuntada y explorada por especialistas como Esther Sánchez y Joseba de la Torre, pero en la que la autora incide desde un ángulo y fuentes distintas) o, como nos descubre la autora, en la concepción administrativista del Estado de Ernst Forsthoff, uno de los discípulos más destacados del Carl Schmitt. Se incide pues en este trabajo en unas referencias eminentemente europeas. Un enfoque que en cierto modo contrasta, pero sobre todo complementa, los trabajos de Lorenzo Delgado y Óscar Martín sobre la influencia del modelo desarrollista americano.
La obra de la modernización autoritaria del segundo franquismo fue caracterizada como un fracaso por la mayoría de los observadores contemporáneos, como pareció personificar de nuevo la suerte política de López Rodó, condenado al ostracismo tras el asesinato de Carrero por el propio régimen que le había encumbrado. Quizás por ello, recuerda la autora en la introducción, los historiadores no habían dedicado la suficiente atención a la intrahistoria de un proceso, que, sin embargo, y como se demuestra en las páginas de Una modernidad autoritaria, representa un magnífico vehículo para entender la naturaleza compleja de la dictadura franquista y su encaje en la historia europea y mundial de su tiempo. También, como argumenta provocativamente su autora (en la línea de trabajos recientes como el de Nicolás Sesma), es clave para comprender tanto “la duración, estabilidad y relativamente amplia aceptación social del régimen franquista” como los “procesos sociales que contribuyeron a su deslegitimación”. Por todo ello, es muy de agradecer que Prensas de la Universitat de València tuviese el buen criterio de traducir este magnífico trabajo, merecedor en su versión original en alemán del Premio Hedwig Hintze de la Asociación de Historiadores e Historiadoras Alemanes en 2021.
La estructura narrativa de la monografía es cronológica, sirviendo la carrera y desempeño académico-político y gubernamental de López Rodó como hilo conductor de un análisis que se sostiene sobre un profuso y metódico uso de las fuentes, entre las que destacan el fondo privado del susodicho, custodiado por el Archivo General de la Universidad de Navarra (Pamplona), los fondos del archivo del Banco Mundial (Washington D.C.) y diversas colecciones del Archivo General de la Administración (Alcalá de Henares). De muy fácil lectura —la traducción la firma Carlos Fortea—, el libro contiene una interesante selección de ilustraciones que refuerzan adecuadamente una argumentación en la que el recurso del régimen a la propaganda y el papel de la opinión pública son piezas claves.
El primer capítulo se centra en el “descubrimiento del subdesarrollo español” por parte de la dictadura franquista en el contexto de la crisis de 1956. Como se ha anticipado, lo que se produjo entonces no fue una súbita toma de conciencia del atraso español, pese al espejismo de progreso económico que el aparato propagandístico autorreferencial del régimen había tratado de construir desde la Segunda Guerra Mundial. Más bien se trató de una oportunidad vislumbrada por un grupo de adeptos al régimen, procedentes de una generación más joven que la que había gobernado hasta entonces el país, para reinventar a la dictadura tanto a ojos de sus compatriotas como de la comunidad internacional. Para ello, aprovecharon las redes académicas y tecnocráticas amparadas por las relaciones transatlánticas de posguerra. La autora aprovecha este capítulo también para presentar a los principales actores del feroz pulso entre franquistas en torno a la dirección de las reformas económicas, que se extenderá a lo largo del resto de la narración y, por tanto, de la dictadura. Al respecto, destaca la atención prestada al Movimiento, el cual, como se nos explica, lejos de ser un mero comparsa mantendrá una influencia considerable en la evolución de la política desarrollista, tanto dotándola de cuadros técnicos (especialmente economistas y estadísticos), como contribuyendo a su erosión ante la opinión pública. Y es que, en un ejercicio característico del corrosivo equilibrismo franquista y la burocracia bicéfala de la dictadura (Partido/Estado), el régimen encumbró y abrió la veda al mismo tiempo contra “los tecnócratas” y el “Opus Dei” que encarnaba López Rodó.
El segundo capítulo abarca el periodo transcurrido entre la crisis de gobierno de febrero de 1957 hasta la aprobación del Primer Plan de Desarrollo en 1964, centrándose en la inserción de España en el ecosistema desarrollista occidental —Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) - Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial—, así como en la interesada cooperación que tecnócratas extranjeros y franquistas establecieron con objeto de vencer las resistencias internas a los cambios estructurales impulsados por ambos. El trasfondo son los debates y tensiones en torno al del Plan de Estabilización de 1959, la Misión del Banco Mundial de 1962, la creación de la Comisaría del Plan y la prolongada elaboración del Primer Plan de Desarrollo.
El tercer capítulo, titulado con un elocuente “El cenit de la euforia desarrollista”, abarca el acompañamiento propagandístico (y los peligros derivados de sus excesos) con el que el régimen procuró vender los beneficios de una apuesta que, como el referente francés había demostrado, iba a generar la contestación de los sectores sociales y los intereses especiales que no viesen confirmadas sus expectativas o, sencillamente, se sintiesen dejados de lado. Agricultura, salarios y política social fueron los tres grandes temas en los que las grandes cifras macroeconómicas y la retórica triunfalista del aparato desarrollista franquista chocaron de bruces con la realidad del país, y sobre los que tanto el antifranquismo como también la prensa del Movimiento, como se ejemplifica profusamente en el libro, golpearon sin piedad.
El cuarto capítulo analiza la lenta puesta de largo de la trampa que el régimen se había puesto a sí mismo, vinculando su legitimidad interna (y por lo tanto sus posibilidades de perpetuación) al crecimiento y buena gestión económica según estándares “occidentales”. Un propósito que implicaba niveles menores de corrupción de los asociados a la memoria del periodo autárquico. La crisis económica de 1967, que en España forzó una nueva y traumática devaluación de la peseta, el escándalo Matesa (vehículo de la disputa larvada en el seno del régimen) y los signos de agotamiento del modelo de desarrollo occidental (Nixon Shocks de 1971), exacerbados por la Primera Crisis de Petróleo, pusieron contra las cuerdas a un López Rodó que, a la desesperada, intentó acercarse entonces al Movimiento. Lograría mantenerse en el poder hasta la muerte de Carrero, pero no esquivar la negativa percepción que se había impuesto sobre el legado del desarrollismo, alimentada entre otros por los procuradores familiares desde las propias Cortes franquistas.
Ninguna investigación histórica es definitiva, pues aun cuando está sólidamente argumentada y documentada, como en el que caso que nos ocupa, siempre hay preguntas, líneas o fuentes que habrían matizado y enriquecido en mayor medida el análisis y las conclusiones. Por ejemplo, un trabajo donde la dimensión internacional es clave se hubiera beneficiado de la consulta de los despachos e informes que sobre el proceso analizado hicieron las embajadas de los países más importantes de Europa occidental y, especialmente, de Estados Unidos. Asimismo, hubiera sido interesante rastrear la mirada de la gran empresa y el capital a los acontecimientos aquí abordados, una de las carencias habituales en materia de fuentes de los acercamientos históricos al franquismo, que deberían ir incorporando a su plan de trabajo la consulta de fondos empresariales como, por ejemplo, los que sobre la gran banca y empresa españolas custodian los archivos históricos del BBVA y el Banco Santander.
En todo caso, las cualidades del libro lo convierten en materia de obligada lectura para los especialistas en la historia del franquismo, de los planificadores modernizadores y de los regímenes dictatoriales y autoritarios de la segunda mitad del siglo XX. Pero es, ante todo, un buen libro de historia. Y, por ello, supone una lectura especialmente estimulante para quienes se encuentren en los inicios de su carrera investigadora.