En Fundamental Concepts of Language Teaching (Oxford: OUP, 1983: 75-77), Hans Heinrich Stern lamentaba que, si bien la enseñanza de idiomas requería de una “conciencia histórica” sobre las prácticas e ideas pedagógicas del pasado, la historiografía de la instrucción y aprendizaje de lenguas era todavía escasa a principios la década de 1980. Poco después de esta queja, sin embargo, Anthony P. R. Howatt publicaba A History of English Language Teaching, Oxford: OUP, 1984, dando un primer paso para que esta perspectiva histórica fuera afianzándose como subárea de la lingüística aplicada. A esta consolidación también contribuyeron, ya en los años 90, los trabajos de Vivien Law sobre los orígenes de las gramáticas en Europa, así como los que, respectivamente, Helmut Glück y André Reboullet hicieron acerca de la docencia del alemán y del francés en distintos lugares y épocas. En las últimas dos décadas, además, la aparición de nuevas publicaciones, la fundación de asociaciones especializadas y la creación de redes internacionales de investigación (HOLLT.net) han ido definiendo este aún joven campo de estudio. Dentro de él, aunque pronto contamos con la voluminosa Historia de la enseñanza del español como lengua extranjera, Madrid: SGEL, 1992 de Aquilino Sánchez Pérez, solo unos pocos trabajos académicos han abordado la difusión del idioma de Cervantes fuera del ámbito hispanohablante. De ahí que la obra aquí reseñada sea muy pertinente y bienvenida.
Aunque En este ir a América constituye por sí misma una aportación necesaria a un tema, el de la historia de la enseñanza del español en el mundo, del que todavía queda mucho por investigar, también es cierto que la historiografía ha prestado más atención al caso estadounidense que a cualquier otro. Por eso, ya existen algunos estudios para la época que el libro de Pedrazuela abarca. Entre ellos, cabría mencionar los trabajos que Jeff Bale dedicó a la promoción de la docencia del español que los propios estadounidenses efectuaron en su país durante el periodo de entreguerras —”The campaign for Spanish language education in the «Colossus of the North», 1914-1945”, Language Policy 10 (2011): 137-157—, o la reciente tesis doctoral de Inés Vañó García: Discursos institucionales y manuales de texto de la American Association of Teachers of Spanish (1912-1944): Un estudio de la historia política de la enseñanza del español en Estados Unidos, City University of New York, 2021. Precisamente, si nos referimos a esa “historia política” que menciona Vañó, la bibliografía se amplía exponencialmente. Ahí situaríamos obras como la de la historiadora Rosina Lozano, An American Language: The History of Spanish in the United States, Oakland: University of California Press, 2018, que analiza la compleja relación del español con la identidad nacional y las estructuras de poder en la sociedad estadounidense desde mediados del siglo XIX. Esta perspectiva remite a los debates actuales sobre el uso y aprendizaje del español en aquel país, los cuales giran en torno a su articulación como lengua heredada y al derecho de la comunidad latina a mantener su legado cultural (Sara M. Beaudrie & Marta Fairclouch, eds., Spanish as a Heritage Language in the United States: The State of the Field, Washington DC: Georgetown University, 2012). Sea como fuere, ninguno de estos trabajos da forma al libro que aquí se reseña, el cual, por ello, no deja de ser una investigación atractiva y sólida.
Estas ausencias pueden explicarse por lo que tiene de engañoso el subtítulo de la obra: Los inicios de la enseñanza del español en los Estados Unidos (1909-1939). Y es que, aunque se proporcionan datos al respecto, no estamos ante un análisis exhaustivo de la extensión de la docencia de este idioma en el gigante americano. Tampoco, dicho sea de paso, esta lengua comenzó a impartirse allí a principios de la pasada centuria, sino que, como el propio autor reconoce, las “41 universidades” estadounidenses que “disponían de una cátedra” para su estudio “a mitad del siglo XIX” (p. 24) sugieren que su instrucción ya gozaba de cierta difusión bastante antes. En vez de eso, lo que sí hace este libro es reconstruir los esfuerzos que miembros de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) y, en especial, de su Centro de Estudios Históricos (CEH) realizaron para promover el aprendizaje de la lengua y cultura españolas en los Estados Unidos durante el periodo de entreguerras. Debemos tener en cuenta que Pedrazuela no es un historiador, sino un filólogo que se ha interesado por la evolución diacrónica de su profesión. A ello dedicó un anterior trabajo, El orden de las palabras. Orígenes de la filología moderna en España, Madrid: Marcial Pons, 2021, donde repasa la consolidación de los estudios lingüísticos como disciplina científica en el ámbito académico español a lo largo de la Restauración. Lejos de desviarse de este tema, En este ir a América nace como una continuación lógica de esa investigación, ya que, en esta ocasión, se centra en la contribución de Ramón Menéndez Pidal y su escuela filológica a la introducción del español en colegios y universidades al otro lado del Atlántico.
Esta finalidad justifica que En este ir a América comience en 1909, año en el que Menéndez Pidal y su esposa, María Goyri, viajaron allí por primera vez para impartir una serie de conferencias. En la introducción, Pedrazuela sostiene que esta visita “inaugura y potencia el desarrollo del español” en los Estados Unidos (p. 14) y, por eso, la toma como punto de partida de su investigación, en la que también da cabida a la propaganda lingüística impulsada por varios discípulos del erudito coruñés: Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Antonio García Solalinde y, sobre todo, Federico de Onís. Todo ello para argumentar que este grupo consiguió “aumentar el prestigio” internacional de la lengua española (p. 12), lo cual, además de convertirla “en uno de los principales valores de España en el mundo” (p. 16), favoreció su expansión en suelo estadounidense.
Si bien estas afirmaciones introductorias parecen sobredimensionar la aportación de los protagonistas del libro a la extensión de la enseñanza y aprendizaje del español en los Estados Unidos, Pedrazuela dedica un primer capítulo a contextualizar y matizar su acción. De hecho, menciona otros factores que tuvieron un gran influjo en este proceso histórico: el valor comercial que solía atribuirse al español, la importancia del mercado hispanoamericano o las transformaciones geopolíticas que la Gran Guerra trajo consigo. En este apartado, además, el autor reconoce el papel fundamental que desempeñaron asociaciones e instituciones norteamericanas —The American Association of Teachers of Spanish, The Hispanic Society of America y la Escuela Española del Middlebury College— en la promoción de los estudios hispánicos en esa joven nación.
Tras este primer capítulo, que resulta sucinto para la gran cantidad de asuntos relevantes que en él se tratan, aparece un minucioso relato del citado viaje de Menéndez Pidal y Goyri por territorio estadounidense, utilizando documentación que se conserva en el archivo de la Fundación dedicada a este filólogo. Pedrazuela concluye que la gira de la pareja por varias universidades de Estados Unidos tuvo “mucha repercusión para el crecimiento de la enseñanza del español en aquel país” (p. 67). En concreto, señala que los contactos que Menéndez Pidal hizo en este tiempo facilitaron más tarde que el CEH de Madrid enviara a lectores de español a establecimientos universitarios norteamericanos. Asimismo, aquella visita sirvió para impulsar “la enseñanza femenina en España” (p. 67), porque las ideas que Goyri trajo de ese periplo ayudaron a mejorar la educación de la mujer española.
Los dos siguientes capítulos analizan los cursos de verano para extranjeros que, con la lengua y cultura españolas como elementos centrales, comenzaron a impartirse en España a principios del siglo XX. Pedrazuela empieza describiendo los que el CEH celebró en colaboración con la Residencia de Estudiantes de Madrid, generalmente durante las vacaciones estivales. Según sostiene, más de la mitad de los estudiantes asistentes eran estadounidenses y muchos de ellos acabaron enseñando “lengua y literatura españolas” en los centros educativos de su país (p. 84). De ahí pasa a explicar la reproducción que distintos profesores realizaron de este exitoso modelo madrileño en otras instituciones españolas, tales como los cursos de la Sociedad Menéndez Pelayo que Miguel Artigas fundó en Santander o los que Domingo Miral y la Universidad de Zaragoza organizaron en Jaca, entre otros.
El libro continúa con otros dos capítulos que podrían haber sido diseñados de otra manera o incluidos como subapartados, ya que no llegan ni a veinte páginas entre ambos. El primero aborda la formación de lectores de español por parte del CEH, así como su envío a instituciones educativas estadounidenses, gracias a la mediación de la JAE. Los datos que se proporcionan son fundamentalmente listados de nombres, destinos y fechas que provienen de las memorias de la citada Junta. Por su parte, el segundo capítulo resume la visita que, en 1919, José Castillejo hizo a los Estados Unidos para promover las relaciones científicas y culturales de ese país con España. Quizás, esta escueta descripción podría ampliarse con la documentación que el Archivo General de la Administración conserva sobre este viaje, el cual, al ser oficial, fue apoyado por la Embajada española en Washington. Más aún, convendría referirse a la repercusión que la misión que Castillejo estaba cumpliendo allí tuvo en la prensa de la época, por ejemplo, “Spain’s Educational Rebirth”, The New York Times, 17/08/1919: 10. Algo similar ocurre con el final del capítulo, donde se menciona el acuerdo que María de Maeztu estableció con el Smith College para el envío de “12 maestras y licenciadas” como repetidoras de español (p. 145). Tal vez, los expedientes del archivo de la JAE permitirían una explicación más prolija de la práctica pedagógica de estas mujeres y de sus homólogos masculinos citados anteriormente.
Bastante más completo es el siguiente capítulo, donde, además de explicar el paso de García Solalinde por distintas universidades estadounidenses —entre ellas, la de Wisconsin-Madison—, se narra el nombramiento de Federico de Onís como profesor de la Universidad de Columbia y su función como representante de la JAE en Nueva York. El libro también estudia el papel que Onís desempeñó al frente del Instituto de las Españas, que, al ser “el primer centro creado fuera del territorio español para difundir la lengua española y la cultura hispánica”, puede considerarse “el primer antecedente del Instituto Cervantes” (pp. 13-14). Aunque otros investigadores ya habían estudiado este establecimiento, la solvente y documentada panorámica que Pedrazuela hace de su historia es sin duda lo mejor de esta obra y una de sus grandes aportaciones.
La parte final del libro se centra en la “amistad triangular” —expresión que el autor toma prestada del historiador William Robert Shepherd— entre España, Hispanoamérica y los Estados Unidos (p. 231). Ahí se habla de las instituciones culturales españolas que fueron creadas en varias ciudades americanas, así como del trabajo que Navarro Tomás y Onís desarrollaron para fomentar los estudios hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Este último capítulo viene a compensar la llamativa ausencia de los hispanoamericanos en otras partes del libro, el cual termina abruptamente, sin unas conclusiones propiamente dichas, ni un epílogo al uso.
En definitiva, estas carencias puntuales no impiden que En este ir a América sea una valiosa aportación a nuestro conocimiento sobre la labor que filólogos y profesores vinculados a la JAE y a su CEH llevaron a cabo para impulsar la enseñanza y aprendizaje del español en los Estados Unidos, convirtiendo ese país en “uno de los referentes del hispanismo” a principios del siglo XX (p. 261).