Cuando en 1936 José (Pepe) Gómez Ibáñez, uno de los hijos más pequeños de una familia de maestros aragoneses, aceptó una beca para cursar estudios de química en los EE. UU. no imaginaba que aquel viaje acabaría dibujando su exilio definitivo. Con la guerra ya comenzada, aquella familia letrada, con 6 hijos, militantes de Izquierda Republicana, se vio en la tesitura de afrontar el nuevo tiempo con Pepe en una distancia no querida por ninguno de ellos. En torno a él y sobre él, se concitaron buena parte de las preocupaciones y esperanzas de toda la familia que, conformada como una comunidad emocional, dependió de las noticias que desde América el hijo expatriado pudiera ofrecerles y de las oportunidades que este encontraba para sí mismo. Su decisión de no regresar nunca a España y de continuar su carrera fuera dejó marcada a toda la familia que cifró su vivencia y experiencia de la guerra, en torno a la distancia impuesta, al compromiso político, a la vocación científica y a la forma en que su conexión debía mantenerse.
Este trabajo analiza los rasgos emocionales de los primeros pasos del proceso exílico de José Gómez Ibáñez a través del estudio de su itinerario personal y profesional en los EE. UU. y de las expectativas, reacciones y actitudes que su decisión de permanecer fuera de España generó en su familia. En un ejercicio que combina varias voces a la vez, nuestro punto de partida son las cartas que entre 1936 y 1939 José Gómez Ibáñez recibió de parte de sus hermanos y sus padres y de las cartas que él mismo envió a quien acabaría siendo su esposa1
LA FAMILIA: COMUNIDAD EMOCIONAL
⌅No debió de ser fácil para Daniel Gómez ver cómo su familia se partía en pedazos con el estallido de la guerra en España. Para este maestro, hijo de médico, nacido en Valbona (Teruel) en 1873, la vida a esas alturas le había deparado ya algunas alegrías, unas cuantas mudanzas y una definida vocación profesional. Se había casado con la también maestra Emilia Ibáñez (Lidón, Teruel, 1872) en 1895 y enseguida comenzaron a llegar los hijos: en 1896 Eduardo; en 1898 Horacio; en 1900 Ramiro; en 1903 Olimpio; en 1907 María; en 1911 Pepe y en 1916 Pilar. El lugar de nacimiento de todos ellos muestra los lugares en los que Daniel enseñó como maestro: Eduardo y Ramiro nacieron en Puertomingalvo (Teruel) donde Daniel fue destinado tras un período en la escuela de Castellfort (Castellón); Horacio, en Linares de Mora (Teruel); Olimpio, María y Pepe en Sarrión (Teruel) y Pilar en Teruel capital. En Sarrión, tanto Daniel como Emilia encontraron trabajo al haber sido contratada esta para organizar y abrir la escuela del pueblo2
Desde 1914 vivieron en Teruel, donde Daniel fue catedrático y pudo enseñar matemáticas, especialidad sobre la que había escrito un par de manuales. Allí, llegó a ser también director de la Escuela Normal. La hija pequeña, Pilar, aún estudió en el Instituto de Teruel en el curso 1929-1930, pero enseguida la familia se mudó a Madrid donde Daniel trabajó como profesor numerario en la Escuela Normal de Magisterio Primario. En ese puesto se encontraba cuando empezó la guerra.
Toda la familia, pero, sobre todo Daniel y sus hijos varones mayores, se vincularon a la política durante la dictadura de Primo de Rivera. Horacio perteneció al partido Acción Republicana desde su creación en 1925 hasta que, junto con su hermano Olimpio, participó en la formación de Izquierda Republicana a partir de 1934.
El inicio de la guerra, pues, los encontraba a todos ya con las vidas perfiladas, con sus vocaciones profesionales marcadas y con los compromisos políticos definidos. Daniel tenía 63 años y Emilia 64, se mantenían instalados en la capital donde los más pequeños de sus hijos, Pepe y Pilar, habían crecido y habían recibido hasta entonces su formación.
Con la guerra, las preocupaciones para Daniel enseguida se amontonaron. Primero, por su hijo Eduardo que contaba entonces 40 años, licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza y archivero en esa ciudad. Entre 1922 y 1923 fue encargado en el Instituto Escuela de Segunda Enseñanza dependiente de la JAE a la que también solicitó (en 1924, en 1925 y en 1926) una pensión para trasladarse a París y consultar allí materiales relacionados con su investigación doctoral sobre Isidoro de Antillón, aunque, finalmente, nunca realizó aquella estancia3
Horacio, el segundo hijo varón de Daniel, estudió química y desde muy pronto colaboró con quien sería su maestro en la Universidad de Madrid y su mentor político, José Giral4
Científico también le salió Ramiro, el tercer hijo, que estudió Farmacia y que estuvo al cargo del servicio farmacéutico del ejército durante la guerra. Estaba casado con Carmen Serrano y en 1931 había tenido a su única hija, María Teresa a la que todos llamaban Marujín. Su papel en el diseño del itinerario familiar una vez que decidieron dejar España fue fundamental, como veremos7
Olimpio, por su parte, había estudiado oceanografía y se había especializado también en química lo que lleva a pensar que al igual que su hermano Horacio estuviera en contacto o que, incluso, trabajara, con José Giral. En la Universidad de Madrid fue ayudante de clases prácticas8
María, la primera de las hijas de Daniel, también fue motivo constante de preocupación para él. Había tenido meningitis cuando era muy pequeña y sufría, como secuela, una enfermedad de oído que le llevó a seguir diversos tratamientos y operaciones quirúrgicas. Pero la preocupación por María provenía no solo de su estado de salud. Era novia de Marcial Laguía. La boda de ambos estaba prevista para septiembre de 1939, pero María perdió el contacto con Marcial durante la guerra. La familia conserva también un relato sobre el particular: algunos pensaban que estaba en el lado nacional y que fue encarcelado en Valencia por los republicanos, noticia que procedería de alguna visita que Ramiro le hizo en prisión llevándole comida y ayuda; otros creyeron que en Zaragoza fue apresado por los nacionales dadas sus convicciones izquierdistas. María siempre creyó que Marcial estaba en el mismo bando que ellos. Terminada la guerra Marcial permaneció en España, aunque su hermana Mercedes Laguía se trasladó a Bayona, Francia siendo, después, un útil enlace para todos.
Pilar, la hija más joven de la familia, era estudiante en la Universidad de Madrid cuando la guerra comenzó. Había ingresado en el curso 1935-1936 en la facultad de Filosofía y Letras, estrenada un par de años atrás12
Hemos dejado para el final la referencia a Pepe, el penúltimo de los hijos de Daniel. En torno a él y sobre él, se concitaron las preocupaciones de la familia, una vez que ya la guerra definitivamente los marcara. Pepe obtuvo su licenciatura en la Universidad de Madrid en 1932, y, como su hermano Olimpio, obtuvo enseguida el diploma del Instituto Español de Oceanografía. En el curso 1933-1934 y en el 1934-1935 estuvo vinculado como profesor al Instituto Velázquez en el que estudiaba su hermana Pilar. Parece probable que para entonces ya hubiera estado en EE. UU., unos pocos días, entre diciembre de 1934 y enero de 1935, para visitar a Dorothy Nepper, la amiga de la familia que había estudiado en Madrid y que trabajaba como profesora de español. En mayo de 1936 pidió una beca a la JAE que le fue concedida para investigar en el Oberlin College (Ohio, EE. UU.)14
La familia Gómez Ibáñez, unida por el lógico lazo de parentesco, pero también por tantos elementos comunes procedentes de la militancia política compartida y por la vocación científica a cuya conversación dedicaban tanto tiempo juntos, era ya una “comunidad emocional” que se fue trabando y afianzando más con el estallido de la guerra. Usamos este concepto, procedente de la historia cultural de las emociones y de la experiencia, conscientes del enorme potencial explicativo que tiene para poder entender procesos históricos, prestando atención a cómo los individuos que viven y comparten un contexto similar se explican su experiencia y comparten emociones, códigos comunicativos, expectativas, miedos y todo un elenco emocional derivado de sus circunstancias. Fue Barbara Rosenwein quien en 2002 definió con precisión el término16
DE TEMORES Y MIEDOS: “LA GUERRA”
⌅Con la guerra en marcha, la familia de Daniel se enfrentaba a paraderos y destinos diversos. Lo más acuciante inicialmente era saber los unos de los otros. A su dirección en Hotel des Balcons de París, su primera parada tras la salida de Madrid camino a los EE. UU., escribió Daniel, desde Valencia, a comienzos de octubre de 1936, a su hijo Pepe confirmándole que todos estaban bien. En esa misma dirección Samuel Calvo Jordán que, aparentemente viajaba con Pepe, recibió las mismas noticias de parte de José Giral. La mayor parte de la familia estaba en Valencia: Ramiro tratando de seguir su camino como farmacéutico militar; Olimpio trabajando para el Gobierno con Giral; Emilia con su esposo, Daniel, que trabajaba en la Escuela Normal de Madrid trasladada a Valencia; María, acudiendo a todos los médicos que podía por su problema auditivo y Pilar, tratando de seguir sus estudios universitarios. Horacio era el único que se había quedado en Madrid y la familia concentraba sus preocupaciones en Eduardo del que se temía pudiera haber caído en manos de los franquistas, como ya se ha mencionado.
Avanzado el mes de octubre, cuando Pepe ya estaba en Oberlin, se le sabía preocupado y triste, por tener que irse, por dejar a la familia en España y por seguir su camino sin saber qué pasaría con todos ellos. Olimpio, siempre categórico, le aconsejaba, sobre todo, que aprovechara el tiempo, que trabajara y que orientara bien sus estudios. Le sugería también que no hiciera caso a todo lo que de España se publicaba en esos momentos por lo tendencioso y desalentador de las informaciones. Y si la cosa se ponía mal y veía que no iba a poder soportar la situación, no tenía más que volver a casa:
Pasarás ratos amargos, de desorientación, etc., pero en último término, si te pilla cerca, te presentas en el Consulado y hasta en la misma Embajada, pues D. Fernando de los Ríos no te recibirá mal.= Las noticias ahora con [sic] mejores y pese a la ayuda fascista extranjera, venceremos pronto18
La confianza de la familia pasó en ese primer momento por la ayuda que Fernando de los Ríos19
La alegría llegó cuando Pepe dio de nuevo señales desde Oberlin y confirmó a su familia que trabajaba, siempre que podía, en defensa de la República por más que la distancia fuera un impedimento. Este compromiso hacía muy feliz al padre quien rápidamente aconsejaba: “Siempre que puedas y tengas ocasión, procura levantar la voz en defensa de la justicia y legalidad que únicamente pertenece al Gobierno legítimo que España libremente se dio”21
Todos entendían lo difícil que debía de estar siendo para Pepe conocer las noticias que se difundían sobre España, saber que su familia estaba viviendo bajo esas condiciones y que él, desde la distancia, poco podía aportar. A Olimpio no le costaba esfuerzo ponerse en sus zapatos. Cuando la república fue proclamada, con la consiguiente alegría para la familia, pero también con la incertidumbre que el cambio provocaba en un primer momento, Olimpio estaba en Plymouth y aún recordaba los “malos ratos” que había pasado. Ahora era diferente, claro, se enfrentaban “democracia y capitalismo” y eso hacía la situación mucho más “exagerada”. La moral del pueblo, insistía, era elevada y, tal vez para animarle y sin perder de vista el oficio científico de ambos, Olimpio le conminaba a que contara sus “trabajos científicos por ahí”23
Algo les tranquilizaba saber que en EE. UU. Pepe contaba con el apoyo de Dorothy Nepper. Conocida de los Gómez Ibáñez por sus estudios de español en el International Institute de Madrid, se había graduado en el Smith College en 1935 y allí mismo obtuvo su Máster en 1937. Desde ese año y hasta 1939 dio clases de español en South Carolina y después comenzó su largo vínculo con el Bryn Mawr College, donde ejerció hasta 1970. A la dirección de Nepper en Green Harbour (Massachusetts) la familia remitía cartas a Pepe que esta, a su vez, le reenviaba a Oberlin. En las que la familia escribió a comienzos de diciembre, Daniel seguía agradeciendo y animando a Pepe su colaboración en la distancia en la causa republicana y junto con Olimpio le insistía en que, aunque la lucha estaba siendo encarnizada y se estaban produciendo importantes destrozos en Madrid, en Argüelles y en la Ciudad Universitaria, no creyera en ningún momento que los nacionales habían entrado ya en Madrid24
Daniel confiaba en la victoria republicana por más que las cosas no fueran bien para ese bando. Un escenario vencedor para los fascistas no entraba entre sus planes y cuando lo hacía la ira y la rabia se apoderaban de él.
No entrarán —prometía— y si acaso nos faltasen los medios materiales (que no faltarán), y permitiesen los estados fascistas y fascistoides en apoyarles con el descaro que aún les están prestando, España quedaría deshecha; y la lucha sería eterna y nuestro odio hacia esa chusma de criminales haría que les fuera imposible la vida en este suelo español.
Sin embargo, la esperanza seguía viva y esa era la misma que de Pepe se esperaba tal y como se menciona en el título de este artículo: “Levanta tu espíritu y confía en el triunfo. En tanto, tú, ahí, labora por la justicia que asiste al Gobierno legítimo y al Frente Popular” 26
Con la llegada de las navidades, la distancia afligía mucho más a la familia. Daniel entendía que en esas fechas la organización de actos a favor de la República en EE. UU. se activaría, “si realizáis algún acto y recogéis fondos —aconsejaba de nuevo—, creo que debéis enviarlos aquí a Valencia al Socorro Rojo”. Y Emilia, la madre, se lamentaba por la ausencia de Pepe: “no puedes imaginarte lo triste que se nos hacen estos días, aquí en Valencia”. Pero también era práctica, más realista, y adaptaba sus emociones: “Hay momentos que me alegra que estés ahí ¡Quién me lo hubiese dicho!”27
Olimpio reconocía que, con la llegada del nuevo año, las esperanzas seguían renovadas y se mantenía viva la indignación por quienes defendiendo en España la tradición y las esencias familiares quebraron con su fascismo toda posibilidad de que esta familia hubiera podido reunirse en Navidad.
Es ahora cuando se recuerdan escenas que por estar todos los familiares juntos se hacen más emotivas y al no encontrarnos en condiciones análogas se piensa en la falta de corazón de esos defensores de la familia, el orden y la religión! ¡Canallas!28
Tan solo una cosa, la vocación científica de Olimpio que tan estrechamente le unía a Pepe, podía hacerle borrar por un momento tanto dolor. “Di algo de lo que trabajas etc. etc.”, le insistía otra vez.
Las esperanzas expresadas por la familia se relacionaban con dos grandes asuntos: de un lado, la impresión compartida por todos de que las cosas en el frente no iban del todo mal por más que episodios concretos, como la toma de Málaga por los insurgentes, y la tantas veces indignante falta de colaboración internacional pudieran dar señas en sentido opuesto. Por el otro, saber que, aunque dispersa por el mundo, la labor de los Gómez-Ibáñez a favor de la causa por todos compartida era intensa y efectiva. Y Pepe, por supuesto, no quedaba al margen. Sus trabajos desde EE. UU. a favor de la República eran, seguramente, uno de los focos de mayor alegría para Daniel. Tras saber de un mitin que habría tenido lugar en Cleveland en diciembre de 1936 y en el que Pepe habría participado desde el estrado, Daniel no podía estar más orgulloso: “esto nos alegró mucho, y es prueba de que tu actuación en favor de la España del Frente Popular, es conocida y estimada”29
Saber que Pepe estaba en contacto con Dorothy Nepper y su entorno seguía siendo un alivio para la familia quien, agradecida, servía a Doro —como la llamaban— en lo que podían: en la localización de un libro que necesitaba para sus estudios —como en enero de 1938— o en cualquier otro detalle que les permitiera mostrar su aprecio y cercanía.
La voz esperanzada de la familia procedía, sin duda, de Daniel y de Horacio. Probablemente, poco más podría hacer un padre que necesitaba confiar en que su familia estaba unida y en que todos, además, querían seguir estando fundidos en un destino común. La madre, siempre dolorosa y siempre realista, no escatimaba empero en transferencias emocionales al hijo: “Qué dura es una guerra y qué días tan amargos!”, no dudará en decirle33
De tu propaganda en favor del legítimo gobierno español y de la justa causa que defendemos ya hablé en el ministerio a Soria, y también D. José [Giral] tiene alguna noticia. Acucia lo que puedas a la gente de ahí para que abran los ojos y sacudan un poco su apatía en favor de los ‘rojos’, sufridos y heroicos. Es indignante lo que consienten los países pseudodemocráticos —Francia, Inglaterra—, permitiendo que barcos fascistas extranjeros de todas clases ejerzan espionaje descarado unas veces y otras favorezcan planos, de los rebeldes. Bueno, se habla de rebeldes y mejor será decir invasores.
E insistía,
… se rumorea algo sobre servicio militar obligatorio y aunque no sé con certeza lo que habrá —desde luego casi sería conveniente— en cuanto tengas noticias seguras de ello te presentas al Cónsul o al Embajador. Pero, repito, por ahora no hay nada en concreto34
Y en lo que colaboraba con la República y se preparaba para un eventual retorno, la idea es que aprovechara tanto como pudiera para hacer avanzar sus investigaciones. Si antes Olimpio hablaba a Pepe de hermano a hermano, ahora lo hará también de científico a científico. “Me gustaría saber los trabajos científicos que haces, las técnicas que sigues en ellos y qué posibilidad tienes de enjaretar una tesis doctoral. ¿Cómo te desenvuelves?” y “No te preocupes, está seguro, ahora más que nunca, del triunfo y procura estudiar y sacar provecho de tu estancia ahí”.
Para febrero de 1937, la familia estaba algo más tranquila. Horacio tenía trabajo en la fábrica de Cerillas de Valencia; Olimpio allí seguía también trabajando en el Ministerio de José Giral; Ramiro había conseguido reunirse en Valencia con su esposa Carmen y trabajar allí como farmacéutico militar. María y Pilar continuaban en casa, con los padres y tan solo faltaban noticias de Eduardo. Además, la llamada a quintas por parte del ejército de la República, ofrecía a la familia la esperanza de que Pepe pudiera regresar a España. Para Daniel, era fundamental que su hijo cumpliera con su deber y para Olimpio, también deseoso y comprometido con ese retorno, cabía la posibilidad de que los trabajos que Pepe ya estaba haciendo en América en favor de la República pudieran ahorrarle el viaje:
Sabrás que han sido llamados los cupos de 1932 a 1936 —todavía no se ha fijado la fecha de incorporación— y por tanto estás comprendido en el llamamiento, ya que atañe a todos. Estuve ayer en Guerra y me dijeron debías presentarte en la Embajada para recibir instrucciones. Probablemente no tendrás que venir, pero de todas formas ha de haber constancia de tu presentación y debes proveerte del correspondiente certificado que así lo acredite. Tus actividades ahí en pro de la causa antifascista supongo que las conocerán en la Embajada.
Con Olimpio, además, Pepe compartía en las cartas comentarios sobre su experiencia científica americana y también desahogos. Olimpio era muy comprensivo: “yo me explico los deseos que tienes de regresar: se tienen, de ordinario, días de gran nostalgia y a esto se une la situación actual creada por los criminales fascistas”. Pero le animaba a no regresar, a cumplir con su presentación ante las autoridades consulares, pero insistiendo en lo útil que para la causa estaban resultando dos cosas: su compromiso con los comités de ayuda en defensa de la República y su desarrollo científicos que también, antes o después, podrían redundar en la mejora de las condiciones materiales de la victoria.
… debes terminar la pensión procurando sacar el máximo provecho de tu estancia ahí —idiomas, ciencia y mundo— que también puede ser, y creo que lo es, de provecho para la causa que defendemos, pues tus actividades dentro de los Comités de Ayuda a la Democracia española, el crear ambiente en pro del legítimo gobierno, hacer algo por sacudir el dolce far niente de los extranjeros, recaudar fondos, etc. etc. es obra que será más o menos conocida, pero eficaz y patriótica35
Gustaban los dos hermanos de compartir experiencias científicas. Algunos nombres con los que Pepe iba encontrándose en EE. UU. eran familiares en las bibliografías que ambos manejaban. Olimpio no quería perder comba de lo que su hermano encontraba interesado también en dejar abierta una puerta a una vida científica en América.
Procura hacerte con algún ‘rapport’ de los que dices en tu carta y con todo lo que te sea posible, que resulta muy interesante (…). No olvides que lo de química oceanográfica puede interesarme. Enviaría alguna publicación, pero quedaron en Madrid y no hay posibilidad de hacerme con ellas36
El ánimo de la familia seguía fuerte y optimista a la altura de marzo de 1937. En esas fechas, Horacio, el otro hermano científico, se animaba incluso a pedirle a Pepe consejos bibliográficos siempre que estos fueran legibles por él. “Sobre cerillas no hay nada publicado y desde luego no adelanto nada que existe en inglés, pero si te enterases de algo publicado en francés no me vendría mal el conocerlo”.
Así, la familia estaba unida y firme en la idea de que solo un compromiso con la disciplina del bando republicano podría resolver la situación. Y disciplina, en lo que pudiera, se solicitaba también de Pepe, en la misma línea familiar. Horacio era claro:
Ya conocerás que el Gobierno decretó la incorporación de las quintas del 32 al 36, pero a estas horas no dió [sic] las normas para ello y por consiguiente no es efectiva dicha incorporación. Cuando dicten estas normas debes presentarte al Cónsul o al Embajador y espero que dada tu misión ahí no te hagan venir, ya que puedes ser más útil donde estás que aquí con un fusil. Ya sé que esto que te digo te producirá mal humor, pero sinceramente te digo que si yo creyese que eras aquí más útil que en ésa [,] sería el primero en decirte que te vinieses 37
Todos eran conscientes de las preocupaciones de Pepe, pero para que la familia estuviera tranquila, este enviaba toda la información posible para que se viera a qué dedicaba su tiempo. Parece, pues, que en marzo de 1937 la familia había recibido algunos recortes de prensa universitaria en la que se describían las actividades que se desarrollaban en el laboratorio en el que Pepe estaba adscrito. Para el padre era motivo de orgullo: “Vemos con satisfacción que haces compatible tu trabajo de laboratorio con la propaganda en favor del Frente Popular español”38
Para la madre, el dolor se centraba ya casi únicamente ahora en esperar el retorno de Pepe. De Eduardo ya se había sabido que estaba en el pueblo de su familia política en Ávila, así que para Emilia sola una cosa restaba. “Estoy contando los días que te faltan para que se te termine la beca y unas veces me parecen pocos y otros muchos. Según el color del cristal con que miro”39
En abril de 1937 algunas nuevas perspectivas se habían abierto para la familia lo que invitaba, incluso, a hacer planes una vez que la guerra hubiera terminado. En ese, como en momentos anteriores, Pepe está en contacto con sus hermanos Horacio y Olimpio, en correspondencia en paralelo con la que tramitaba para sus padres y el resto de la familia, lo que le permitía hablar de proyectos, de ciencia y de expectativas. En esas fechas, la familia mantenía el convencimiento de que la guerra iba a durar poco más, si acaso un año. Pepe había recibido ya una oferta de trabajo del departamento de química de Oberlin. Horacio le animaba mucho a que aceptara siempre que la guerra —en caso de alargarse— le impidiera regresar a España antes. Nadie hablaba de derrota, menos de exilio, pero el camino hacia una futura vida americana comenzaba a tener sus primeros andamiajes.
Que Pepe hubiera encontrado en Oberlin un entorno donde había sido muy bien recibido y que, incluso, pensara para él mejores planes para el futuro, no dejó indiferente a Olimpio. La calidez de la acogida recibida por el hermano le hizo recordar la frialdad e insolidaridad con la que, según él, fue tratado en sus estancias científicas europeas en las que se encontró huérfano —le reconocía a Pepe— y sometido a desprecios. Además, que Pepe tuviera posibilidades de encontrar un puesto como científico en una universidad americana podría abrir también alguna puerta a Olimpio. Pepe le preguntaba en una carta si conocía al profesor Rakestraw quien, presumiblemente, trabajaría en temas relacionados con los intereses de Olimpio y se animaba a proponerle que mandara algunas de sus publicaciones a este profesor a fin de que le conociera. Y Olimpio, minusvalorándose en exceso, aseguraba que era imposible que Rakestraw pudiera saber de sus trabajos —“carentes de profundidad”— pero apostaba porque fuera Pepe quien indagara en sus posibilidades de conseguir una beca en los EE. UU. que le permitiera dedicarse a las labores de laboratorio y que “gustosísimo aceptaré una vez haya terminado esta guerra, que será pronto”40
Desde España, la familia se llevaría también en esas fechas y por conducto de Pepe una buena alegría. El profesor Rogers quería viajar a España para ver de cerca cómo se desarrollaba la guerra. La familia brindó en todo momento su ayuda. La idea de que Rogers fuera a España los tenía a todos entusiasmados y no veían más que facilidades para su viaje: “No creo que a tu amigo que tanto se interesa por nuestra España le pongan ningún impedimento en Francia para pasar la frontera, ni aquí (si como dices tiene tanta documentación que lo acredita de antifascista) para hacer las informaciones que crea oportunas en favor de la democracia”41
Poder dedicarse los tres hermanos, Pepe, Horacio y Olimpio, aun en las circunstancias más adversas, a lo que más unidos los había tenido siempre, la ciencia, era motivo de alegría. Horacio no podía estar más contento al saber que Pepe seguramente podría quedarse en EE. UU.: “te felicito con toda el alma por tu propaganda eficaz y espero que de los Ríos lo comprenda así y puedas continuar, a la vez que tus estudios, la labor que realizas por el frente popular”42
Pepe, parecía pues, haber encontrado acomodo presente y, tal vez, futuro en los EE. UU., más aún al saber que, casi con seguridad no iba a tener que ir a España reclutado por su quinta. Esto era todo lo que la familia sabía. Lo que desconocía aún es que Pepe ya había conocido a Lydia Ross, tan determinante en muy poco tiempo para su vida. Desde mayo, la familia mostraba cómo las noticias sobre Pepe se iban cada vez espaciando más. Escribían intranquilos pese a que Daniel entendía lo atareado que Pepe debería de estar. Pepe, en principio, parecía estar tranquilo. Fernando de los Ríos le había comunicado —y así lo había hecho saber a la familia— que estudiaría su caso para facilitarle seguir en América. Y, además, seguía participando en reuniones a favor de la república, como la que tuvo lugar, de nuevo, en Cleveland y a la que asistió emocionado. No obstante, seguía pendiente que se resolviera si iba a tener que ir a España o no. Todo parecía favorable y la beca en EE. UU. le comprometía a seguir hasta que acabara el curso. Sin embargo, parece que Pepe pidió a la familia que le enviara algo de dinero, 50 dólares, con los que poderse volver en caso de no tener más remedio.
DUDAS: PRESINTIENDO EL EXILIO
⌅Con la llegada del verano del 37, la beca de Pepe se acababa y, por lo tanto, la vuelta a España ya debía ser inminente. Pero llegaron, como podía preverse, aunque en esta línea él nunca se hubiera comunicado con la familia, las dudas. En junio, con el curso acabado, Pepe había ido a visitar a Samuel Calvo Jordán a Detroit. Y desde allí escribió a Lydia contándole que su familia en España se había puesto manos a la obra para mandarle el dinero que necesitaba para hacer el viaje de regreso. Pepe le confiesa que, realmente, no sabe qué quiere hacer y podría haber sido esa indecisión la que le llevó a alargar su estancia en América durante ese verano. Parece que Pepe se quedó hasta mediados de julio en Detroit, con Samuel, y que después fue a New York donde hizo todo lo posible para seguir en contacto con Lydia. Pepe estaba realmente inquieto: la familia le apremiaba a regresar y él tenía que resolver sus dudas respecto a Lydia y acerca de si podría o no quedarse, como parecía querer, en los EE. UU. Tratando de disipar sus dudas, conoció en New York el 18 de julio a la madre de Lydia y con ella inició además una intensa correspondencia. Desde el 21 julio (y durante un mes) Pepe se instaló en casa de Dorothy Neeper, en Massachusetts, desde donde intercambió también cartas con Lydia tratando de perfilar mejor su horizonte vital.
Y es entonces, en ese verano, cuando la presión familiar se hizo más evidente y decidida. El 25 de julio, su hermana María, escribía a Pepe: “Estáis llamados a filas (…) y aunque la presentación es ineludible, no quiere decir que lo tengas que hacer inmediatamente; pero tiene que hacerse”. Y aún apremiaba: “Quiero que sepas bien lo que te digo al principio que debes venir, y presentarte en la Embajada y desde luego sin ningún apresuramiento”43
Efectivamente se puso un telegrama circular a los Embajadores suspendiendo de momento la movilización de los que os encontráis en el extranjero y con éste tu situación legal está definida, pues de otro modo no había ni que pensar en lo que había de hacerse. Tú verás si la pensión que te concede la Universidad continúa sin solución de continuidad y procura —es ocioso decirlo—con más intensidad que hasta ahora, la propaganda, agitación, envíos, lo que sea, en pro de nuestra causa. De la Embajada, del Consulado de Phyladelphia puedes recibir instrucciones, orientación, estímulo, etc. —Aquí saludé a D. Fernando y con él marchó Pittaluga, Secretario de Embajada—Son varios los que salen para desempeñar Comisiones al extranjero y tú, sin deseo de ganar dinero —claro que tienes que vivir y acaso sea bastante la pensión, pero acaso no— puedes realizar una labor muy estimable y eficaz, sin descuidar tus trabajos en el laboratorio. A propósito, me satisface lo que dices de tus trabajos y de tus profesores. Investigar, trabajar así es agradable, y es fructífero. Yo, pese a la política, no pierdo mi afición a la Química. D. José me ha nombrado Secretario de Embajada, pero no he dejado el Oceanográfico, al que pertenezco, como pertenece Rivera. (…). No olvides tus problemas para cuando vengas. La gente de tu edad trabaja —¡Y como lo hace!— y presentará títulos de primera. Otros, Pepe, han caído y caen los mejores: Abelardo Gallego y tantos otros. Todo esto te lo digo, como información y para estimularte, pues tu ahí debes hacer labor de retaguardia para un presente que apremia y también para un futuro español que todos tenemos la obligación de forjar44
Pero ese futuro español que Olimpio estaba pergeñando para Pepe no parecía ser el que este estaba deseando para sí. Pepe habría pedido en el mes de julio, por carta, permiso a los padres de Lydia para casarse con ella. Y el padre, advertía de lo admirable que eran los sentimientos que tenía por su hija, pero también de la juventud de Lydia, de su falta de experiencia, de la corta relación que aún ambos tenían y de la necesidad clara de conocerse mejor antes de dar un paso tan importante. Ella debía aún completar su formación y, además, ambos debían ajustar algunas cuestiones que les separaban: “There is such a difference in former training, traditions, customs and view point, including religion, that you will both find there is much you will need to adjust to”45
Pepe y Lydia siguieron su relación e incluso se vieron en Boston y en New York durante el mes de agosto. De todos estos planes y vivencias la familia no tenía aún noticias. A principios de septiembre, al parecer, sabían que Pepe seguía pendiente de las instrucciones del cónsul con la tranquilidad, al menos, de que la universidad le había renovado la beca por un año. Pero desconocían lo que había hecho durante el verano, le escribían a Oberlin por no saber a ciencia cierta donde mejor localizarle y no entendían por qué no escribía más y por qué tampoco les había conseguido a sus hermanos los materiales de química que precisaban. Así, a comienzos de ese mes Daniel, inquieto, le contaba que Rogers había estado visitando España, viendo la labor del Gobierno para luego contarla en EE. UU. y que la familia, en las visitas que este les había hecho, había intentado colmarle de atenciones. Fue precisamente Roger quien les había confirmado la ampliación de la beca que Pepe tenía y por eso en las cartas que no dejaban de mandarle le transmitían preocupación y algo de reproche: “debes procurar escribir con más frecuencia, pues no hay derecho a que medites tanto a lo americano, aun que [sic] seas el Sr. Ibáñez”46
Finalmente, a mediados de septiembre Pepe regresó a Oberlin y Lydia a su dirección habitual en Canandaigua, New York. Pocos días después, Daniel confirmó que había enviado algo menos de 200 dólares y que le deseaba que fuera todo bien en el laboratorio. Con todo, la tensión y la preocupación crecieron y Daniel no podía ya contenerse. Así escribía a comienzos de octubre de 1937: “Dos letras para felicitarte por tu cumpleaños; y a la vez para decirte que hace mucho tiempo que nada sabemos de ti y creo que no hay derecho a silencio tan prolongado”47
La guerra avanzaba y la familia empezaba a alejarse. Con el traslado del Gobierno a Barcelona, Olimpio y Horario se habían ido también. El resto seguía haciendo lo posible por mantener la normalidad: Pilar, incluso, se había matriculado en los cursos de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia49
Para Pepe las consecuencias de esa situación en España volvían a traducirse en una nueva posibilidad de tener que retornar. Desde Barcelona, Olimpio le adelantaba una nueva orden por la que se llamaba a filas a los españoles en el extranjero. Pepe tendría que estar preparado:
Pienso en el Decreto de Defensa de hace unas seis semanas, en virtud del cual la movilización de los españoles que se encuentran en el extranjero es inexcusable. Los cónsules tienen órdenes concretas para el caso y no dejes de informarte y venir si tienes que hacerlo, incluso repatriado por el Consulado, ya que enviarte nosotros dinero es un bastante difícil: el cambio es horroroso. Una vez aquí actuarías en algo afín con tu carrera.
Y ahora no solo aconsejaba, sino que también advertía de posibles consecuencias si decidía no regresar: “Piensa en lo que te digo sobre tu incorporación y no dejes de meditar lo que hagas, pues si debes incorporarte y no lo haces por ignorancia serían sensibles las consecuencias”50
Ya en marzo del 38, la escuela normal de Valencia había sido clausurada y Daniel había encontrado hueco en la de Barcelona. El traslado de la familia entera a esa ciudad era ya más que previsible. “Dentro de unos días, nos iremos todos”, le contaba su padre. Del tiempo en que en casa de los Gómez habían vivido otros tantos miembros de familias allegadas, Daniel contaba cómo habían mejorado de sus afecciones dos niños y cómo, incluso, había llegado al mundo otro bebé. “Como ves, hemos tenido hemociones [sic] en todos sentidos”, le explicaba51
En abril la familia ya estaba en Barcelona con Daniel impartiendo clase de metodología de las matemáticas en la Escuela Normal de esa ciudad. Se daba por hecho que en verano Pepe continuaría en Oberlin y, por lo tanto, Horacio se atrevía a pedirle a su hermano que, una vez completara sus investigaciones, tratara de hacer acopio de materiales sobre cerillas que le permitieran experimentar o, incluso, conocer los resultados de algún experimento que Pepe podría desarrollar con los medios de Oberlin siguiendo sus indicaciones.
LOS PLANES: TESTIGOS DE UN EXILIO
⌅Con la llegada de otro verano más, Pepe había conseguido finalizar sus estudios de Máster en Oberlin. Su relación don Lydia seguía y le confesaba cuán difícil le resultaba estar ahora en Oberlin, sin dinero, sin tarea y sin tener muy claro qué hacer. Por momentos, le decía, pensaba en irse y buscar otro sitio en el que instalarse. En EE. UU., claro, porque nunca le menciona España. “I can not stand in Oberlin and I am seriously thinking in have my things ready and leave to some place, I do not know which one, Boston, New York, some place”. Había solicitado una plaza ya en Cornell “but I am not optimist at all”52
A finales de junio de 1938 Lydia había empezado a trabajar en el Hartford Retreat hospital en New York y Pepe se había ido a pasar unos días a esa ciudad con Samuel Calvo. Desde allí continuó su búsqueda de trabajo: tuvo varias entrevistas en Columbia, asistió a algunas reuniones con otros españoles al tiempo que la madre de Lydia iba a Cornell a dar referencias de él. Tan intensa y angustiosa tarea hacía que Pepe no mantuviera al corriente de su vida a su familia lo cual era firmemente respondido por su padre:
Nos tiene con pena tu silencio tan prolongado y tu remisión en escribir (…). Si a todos nos produce disgusto y pena, a la madre le produce mucho más, dado su estado delicado, pensando constantemente en los dos ausentes: Eduardo y su Pepe. ¡Eres algo injusto!
El final del curso se aproximaba, llegaba el verano y Daniel no sabía de los planes de Pepe: “¿Qué haces al terminar el curso? Esperamos con impaciencia noticias tuyas”53
Si bien Pepe sostuvo siempre que continuaba mandando periódicamente noticias sobre sí mismo a la familia, es cierto que en ese final de curso de 1938 la relación se tensó bastante. Coincidió todo con los meses en que Pepe anduvo finalizando sus exámenes y acabando su tesis y también con el momento en que sus primeras oportunidades de trabajo surgieron. En julio de ese año, Pepe se encontraba en Nueva York y desde allí comunicó a Lydia que tenía la posibilidad de trabajar en Cornell: “Professor Laubengayer54
Sonaba muy bien el anuncio, pero la familia en España seguía sin saber nada e inquieta pidió a Giral que contactara con Dorothy Neeper quien enseguida hizo saber a Pepe cómo estaba su familia. Sorprende la contundencia de la expresión: “tu familia preocupadisima tenerles sin noticias es ofense [sic] peor que criminal”56
I received yesterday a telegram from Dorothy [Nepper] saying that my family is without news from me. I am very sorry for all this and I feel terribly guilty. But believe me that I have wrote to them quit frequently with the excepcion of the days of my orals and thesis. Perhaps is this period of time that make them restless about me. I hope no mail is lost. I sent them a telegram last night57
Enseguida, las notas que Pepe había remitido a su familia llegaron a sus manos y pudo saber del estado de todos. Instalados ya en Barcelona, mucho nerviosismo le transmitían, mucha preocupación por la suerte de la República y por la de ellos mismos, y le reprochaban, ya sin tapujos, la escasa atención que les prestaba y la poca sintonía que mantenían con él.
Pepe, no lo estaba pasando demasiado bien, no obstante. Que hubiera acabado el curso, el no tener aún ninguna de sus ofertas laborales confirmadas, que Lydia estuviera en Hartford y que él tuviera que sufragar sus gastos en Nueva York, no te tenían bien económicamente. Saber que podía contar con Samuel Calvo le ayudaba, aunque, como confesaba a Lydia por carta el 29 de julio de 1938, tenía la necesidad de desenvolverse por sí mismo: “I need, to be master of myself. Can you understand?”58
De ese paradero nada contó Pepe a su familia. Esta, en el mes de agosto, siguió escribiéndole a la dirección de Samuel Calvo en Nueva York a donde le escribían siempre que Pepe se encontraba de vacaciones. En agosto de 1938 Daniel ponía a Pepe al corriente del estado de salud de la madre —muy delicada por tener afecciones hepáticas— y de lo mal que la familia llevaba los continuos bombardeos. En septiembre aún seguía la comunicación a través de telegramas desde las dependencias oficiales de Giral que tanto Horacio como Olimpio utilizaban.
En septiembre de 1938, todo apunta a que Pepe ya había hablado de la existencia de Lydia a su familia y de sus intenciones de casarse con ella. Las cartas que desde el comienzo de mes la familia le remite se dirigen a la dirección, primero en Hartford (Connecticut) y luego en Canandaigua (New York) de la familia Ross. Incluso, Horacio, le anotaba en inglés en las comunicaciones que encabezaba el padre alguna frase chistosa e irónica sobre los afectos negativos del matrimonio. En ese mes de septiembre además las cosas habían empezado bien para Pepe. Al final su solicitud para un puesto como docente en Cornell fue aceptada y desde comienzos del mes todas las cartas que la familia le dirigía a la dirección de los Ross les eran reenviadas a esa Universidad.
Es tiempo ese también en que Pepe tuvo las primeras noticias directas de Visita y Eduardo. Esta le escribió en septiembre contándole que estaban bien y que Eduardo estaba empezando a estudiar inglés para poder comunicarse mejor con él. Para ello le pedía, además, un diccionario, una gramática y números de la Geographical Review. Pepe no dejó de contarle a Lydia la emoción que había sentido al tener noticias directas de esta parte de la familia después de dos años. “I have received to-day letter of my brother Eduardo and sister in law. She writes and he adds a line at the end. After two years! My emotion has been very great. Hardly I could hold my heart”60
Desde septiembre de 1938 Pepe estaba ya plenamente instalado en Ithaca, trabajando en Cornell University. Allí enseñaba en el laboratorio de química y pudo tomar desde el principio cursos sobre mecánica y sobre química inorgánica. Su proximidad a Lydia y la familia Ross era ya más firme que nunca. Trabajaba con su padre y Lydia era ya la más directa y mejor confidente de sus preocupaciones españolas. Barcelona se encontraba cada vez más acorralada y contar con pocas noticias del resto de la familia le tenía enormemente preocupado. Daniel le animaba, la madre seguía enferma, pero, al menos, no empeoraba; Ramiro, había sido destinado a Barcelona y esa expectativa los tenía animados, a Carmen, su esposa y a su hija que estaban ya con la familia en Barcelona.
En octubre de 1938 la familia aprovechó algunos viajes de su amigo Abel Martín Echeverría que vivía en Río de Janeiro para hacer llegar unas líneas a Pepe. Parece que este, en sus cartas a la familia, seguía alimentando la posibilidad de viajar a España en Navidad o en enero. El padre planteaba una situación bastante similar a la que ya abordara al principio de la guerra. La familia ya parecía estar informada del trabajo que Pepe desarrollaba en Cornell University. En una carta de principios de noviembre Daniel le transmitía el interés con el que habían conocido qué trabajos desarrollaba allí y cómo entendían la dedicación que todas esas tareas le exigían.
Pero esta aparente tranquilidad se rompió de nuevo. El 24 de enero de 1939 los franquistas entraron en Barcelona. Pepe, informado desde los EE. UU., no dejaba de mostrar su inquietud a Lydia: “If only I could see Barcelona for one minute!”61
As you may understand last week has been terrible. The complete lack of news from my family has drive me to the point of despair and madness. Thinking in the worst I have spend hours of loleniness [sic] in which every thing in life has lost its sense and value. What I am going to tell you about! You know and you can guess how it is. I am not better if not more ready to expect the worst. With the time one is still able to talk and have a few coherent words some time. What I beg/wish with all my soul is that every body could in time live [leave] Barcelona. How about my mother? – I have intent to know something through New York without any result, and only to day in a letter that our friend [Juan] Monforte wrote me he say that he knew my family had the car in Barcelona. That should be good, but still in that I am esceptical. Nevertheless if that were the fact it should be something62
Por fin, el 30 de enero y desde la localidad de Prats de Molló, en Francia, Daniel contactó con Pepe y le puso al día de las vicisitudes familiares. Fuera de España, el panorama era para ellos desolador. A la fecha de la carta, calculaban que el dinero que tenían no les alcanzaría para más de ocho días. Por ello, pedían a Pepe que mandara lo que pudiera; lo mismo habían hecho mandando una carta al común amigo Samuel. Para facilitar la llegada de cualquier tipo de ayuda entendían que el mejor contacto sería Mercedes Laguía, la hermana del prometido de Maruja, Marcial, que residía en Bayona. La dirección de Mercedes parecía ser el único hogar fijo que la familia podía usar como coordenada. Allí precisaban recibir algo de ayuda dado que el destino más inmediato parecía conducirle a un refugio o a algún lugar aún menos seguro. Dudaba Daniel, sobre todo, de que la madre aguantara un traslado más. “Lo hemos perdido todo; y aquí estamos solamente con lo puesto”, insistía en este doloroso retrato al hijo63
Así, los esfuerzos por mantenerse juntos y contactados durante la guerra dio paso a un futuro, aún más incierto, que abocaba a todos a un exilio y a una separación nunca deseada. Los temores y los presentimientos se hacían ciertos y ya no quedaba más que tratar de que los lazos anudados sirvieran para construir la vida que les esperaba fuera de España. La comunidad emocional siempre existente, legitimada durante la guerra con nuevas fórmulas, experiencias y condiciones se hacía ahora aún más fuerte, más compleja y repleta de emociones, ya experimentadas y todas las nuevas que estuvieran por venir.
CONCLUSIONES
⌅Con toda la familia fuera ya de España, con el desenlace inminente de la guerra y la derrota republicana, las dudas, los temores y los miedos de la familia se intensificaron. Pepe se quedaría ya definitivamente en los EE. UU. y después de Cornell su vida académica quedó para siempre ligada a la Weslleyan University en Connecticut. Su familia siguió atenta a sus pasos, tan derrotada y dolorida como él, y dispersa en diferentes destinos. La correspondencia entre todos se mantuvo hasta 1946: la familia estuvo primero en Perpignan, luego en Burdeos (no sin antes sufrir por el internamiento de Horacio en un campo de concentración francés) y finalmente en Bayona, donde Emilia, la madre de la familia, falleció en marzo de 1939, justo cuando la guerra terminaba. Horacio y Olimpio trataron de encontrar trabajo en París, pero decidieron finalmente reunirse con la familia en Bayona ante la falta de éxito. En noviembre de 1945 Horacio consiguió un puesto en Casablanca como director técnico de la empresa de fósforos “Allumaroc” y en esa ciudad se acabaría instalando gran parte de la familia. Primero se instalaron Olimpio, Felisa y Pilar. Después se instaló Ramiro que obtuvo trabajo cerca, en Rabat. También se instalaron Daniel, Carmen, etc. Poco a poco llegaron las ausencias: en Casablanca fallecieron Horacio (en 1949), Daniel (en 1959) y Carmen (en 1953). Antes, en 1949, lo había hecho Eduardo, que estaba en España.
1954 fue el año del cambio y del reencuentro. Olimpio regresó a España donde pudo instalarse en Madrid y allí recibió la visita de la familia de Pepe que, junta, por primera vez, viajó de EE. UU. a Europa. Antes se había reunido con la familia que aún quedaba en Casablanca. Para 1957 la familia entera estaba ya en Madrid. Solo quedaba Ramiro quien, finalmente, llegó también en 1961 y abrió una farmacia.
Los años aquí analizados, los de la guerra, muestran en la correspondencia que la familia remitió a Pepe el catálogo de emociones que los Gómez Ibáñez como comunidad emocional desplegaron. También se muestra el capital relacional que pudieron ir utilizando, bien por conexiones políticas, contactos académicos o nuevos actores presentes en sus vidas. En aquel catálogo se trataba de las angustias de la guerra, el dolor de la derrota, el compromiso político y la vocación científica. También de las expectativas depositadas en el hermano, en Pepe, que podría abrir un camino americano que para sí ya se había concretado. El código de comunicación compartido se definió con la guerra, se asentó y concretó a lo largo de la misma y se amplió en un exilio que este texto solo avanza. La comunidad emocional funcionó y como tal se mantuvo en el tiempo.