El universo parroquial y el bajo clero han recibido una escasa atención historiográfica, en contraposición a las élites (obispos, cabildos catedralicios) y órdenes regulares1
El descubrimiento que hemos realizado de treinta y siete libros de mayordomía, fechados entre 1505 y 1525, en el Archivo Histórico Diocesano de Granada, que no aparecían mencionados ni habían sido, por consiguiente, analizados en ninguna publicación, ha permitido un estudio de estas características. Para valorarlo en su justa medida, hay que ser conscientes de que la sede granadina fue constituida en 1492, y su red parroquial, en 15015
Antes de empezar, aclaramos algunos puntos sobre el funcionamiento de la hacienda eclesiástica granadina6
En cuanto al patrimonio de las parroquias, la mayoría procedía de los bienes habices. El 12 de octubre de 1501 los Reyes Católicos concedieron a las iglesias colegiales y parroquiales de la ciudad de Granada los habices destinados, en tiempos del emirato, a las fábricas de las mezquitas, a los salarios de los alfaquíes y al rescate de los cautivos. Su administración siguió, no obstante, en manos de la Corona hasta el 1 de enero de 1506, cuando se transfirió definitivamente a la Iglesia9
Pero más allá de su incuestionable valor para analizar los recursos parroquiales y su distribución, estos libros suponen una ventana indiscreta, abierta a la sociedad de su tiempo y, especialmente, a las relaciones del bajo clero con sus fieles, bien cristianos viejos o moriscos.
PAGAR SEGÚN LA FE. LOS INGRESOS Y GASTOS DEL CLERO PARROQUIAL
⌅La ciudad de Granada y Santa Fe, las alquerías, las siete villas, Loja y Alhama
⌅Este territorio era tremendamente heterogéneo. Comenzando por la capital y Santa Fe, hay que tener en cuenta que dentro de la urbe se encontraba el Albaicín, considerado como “una ciudad dentro de la ciudad”10
Es posible reconstruir parcialmente las condiciones económicas de los beneficiados y fábricas poco más de una década después del acta parroquial de 1501. Quitando los alcances de años anteriores, les correspondieron por diezmos 297.034 maravedíes (en adelante mrs) y 1.407 fanegas de pan terciado en 151211
Para los bienes habices, existe un libro que incluye los años 1514 y 1519-1521. En 1514 se recaudaron 204.308 mrs y entre 1519 y 1521, 204.048 mrs. Los valores fueron, por lo tanto, bastante estables, como era lógico cuando hablamos de arrendamientos de propiedades. Las parroquias que contribuyeron más fueron las de San José, San Nicolás, San Gil, San Cecilio y Santa Ana; mientras que en el extremo opuesto estuvieron las de Santa Isabel, San Idelfonso, San Gregorio o Santa María Magdalena. La principal novedad entre un periodo y otro fue la inclusión de los habices de las parroquias de Santiago, San Bartolomé y San Lorenzo. Este libro especifica además el tipo de propiedad de los habices (mezquita, rábita, horno, vivienda, haza…), los marjales que tenía y sus censatarios14
Los gastos dibujan por su parte la realidad del bajo clero y las parroquias urbanas. En este sentido, las rentas decimales de 1512 se destinaron casi plenamente a pagar a los beneficiados y sacristanes que servían en las iglesias de la ciudad. Esta lista aporta varios hechos muy sustanciosos. En primer lugar, que la mayoría de las parroquias tenían los beneficiados y sacristanes fijados en la erección de 1501. Hubo, incluso, algún templo —caso de San Matías o Santiago— con más beneficiados de los estipulados en esta constitución. En segundo lugar, únicamente las parroquias de San Egidio, San Blas, San Martín y San Esteban no aparecen mencionadas. La ausencia de las iglesias de San Blas y San Martín resulta comprensible, porque en 1508 habían sido anexionadas a la colegiata del Salvador, con el fin de aumentar los recursos de esta28
En cuanto a los gastos que se cargaron sobre los habices de 1514, los fondos se reservaron en su mayoría para pagar al clero. No obstante, exceptuando esta partida, el dinero se destinó a los siguientes fines. Uno de ellos, bastante obvio, comprendió el mantenimiento de las propiedades definidas como bienes habices —como hornos o tiendas—, la rehabilitación de partes de algunas parroquias —entre otras los tejados de San Bartolomé y de San Cristóbal— o el reparo de las casas donde vivían algunos beneficiados. También fue común costear objetos litúrgicos. De aquí destacamos una custodia que labró Bartolomé de Hermosilla para la parroquia de Santa Ana, o una manga de cruz de raso concebida para el templo de San Gregorio31
Este escenario difiere enormemente del que ofrece el año 1521. En esta fecha, el 68 % de los recursos se transfirieron al contador del arzobispo. El resto se empleó en reparar algunos bienes habices y en restaurar partes de las parroquias que se encontrasen en mal estado y que abarcaron, entre otras, a tejados, torres, puertas o sacristanías. Ningún maravedí se destinó a pagar los salarios de beneficiados y sacristanes, por lo que seguramente los diezmos cubrieron en exclusiva estas necesidades32
En cuanto a la limítrofe villa de Santa Fe, la única relación completa de sus ingresos procede de 1512. En este año, los diezmos de sus beneficiados y fábrica supusieron 222 fanegas de trigo, 111 fanegas de cebada y 33.231 mrs y medio. Las propiedades rentaron por su parte 41.364 mrs y 107 fanegas de trigo33
Alejándonos ligeramente de la capital se encontraban las alquerías, con una población predominantemente morisca36
La economía de algunas alquerías —concretamente las de Pinos Puente, Chauchina y Zafayona— descansó exclusivamente sobre los diezmos, cobrados en especie y en metálico. Aparte de estos, el resto de iglesias contaban con bienes habices o con propiedades que, careciendo de tal naturaleza, muy posiblemente habían sido obtenidos por otras vías. Las parroquias que más ingresaron por este concepto fueron las de La Zubia y Ogíjares, seguidas por las de Alhendín, Huétor y Monachil, Albolote, Dílar y Gójar y Alfácar. En el extremo opuesto se hallaban Purchil y Velicena y Atarfe.
En cuanto a qué destinaron estos recursos las parroquias de la Vega granadina, hay que señalar que, en gran medida y con las excepciones de Chauchina y Zafayona, a abonar los salarios de sus beneficiados y sacristanes, los cuales percibieron, respectivamente, 12.000 y 3.000 mrs cada año. De menor importancia, pero común a todas, era la serie de pequeños gastos compuestos por la cera, el incienso o el aceite. Mucho más reseñables son las labores de construcción que se llevaron a cabo en las parroquias de Chauchina, Atarfe y Peligros, y de las que hasta ahora no se tenía constancia. Que en un único año se inviertan entre 12.000 y 7.000 mrs en cada templo, el material y personal contratados (albañiles, peones, cal, portes, clavazón, ladrillos, madera, sogas…) y que se hable de colocar el tejado de la iglesia de Pulianas y de rehacer el de Peligros, da idea de que las intervenciones tenían cierta envergadura y no se trataba de simples reparos. Por último, parte de los fondos se desvió, como era habitual, hacia el contador del arzobispo, Juan Fernández37
Dentro de la Vega granadina se expandían las conocidas como Siete Villas, integradas por Montefrío, Íllora, Moclín, Colomera, Iznalloz, Montejícar y Guadahortuna y habitadas en su generalidad por cristianos viejos38
Afortunadamente, se han conservado los libros de mayordomía de las cinco parroquias entre 1510 y 1525. Dado que los ingresos de beneficiados y fábricas fluctuaban considerablemente de un año para otro, hemos optado por calcular la media, que quedaría así: 96.377 mrs, 505 fanegas de trigo y 245 fanegas de cebada para Íllora43
Los testimonios de censos y arrendamientos de propiedades son más detallados si cabe. La iglesia de Colomera percibía en este periodo 3.108 mrs de contado por dos censos, a los que debemos añadir las 32 fanegas de trigo y 16 de cebada que, de media, recibieron de otras tierras. En Montefrío solo hay constancia de tres censos anteriores a 1520 y en ningún caso superaban, en su conjunto, los 1.000 mrs55
En Montefrío ya había dos beneficiados y varios sacristanes que se alternaban desde 1512. Un par de años después, aparte de las retribuciones a estos clérigos —que consumían algo más de la mitad de los ingresos— se destinaron recursos a obras de relieve, como erguir la torre de la iglesia, colocar las campanas, instalar la pila bautismal o ensanchar el altar. Junto a estos trabajos de cierta magnitud, hubo otra serie de actuaciones mucho más sencillas y cotidianas, entre las que se encontraban adobar un cáliz de plata, comprar dos lámparas o cambiar una cerradura. Las sucesivas contabilidades apenas ofrecen registros59
La información en el caso de Colomera se restringe a 1512 y 1515. En ambos años se pagó a un único beneficiado y a su sacristán. En 1512 se gastaron 3.762 mrs en rehabilitar la parroquia y se compraron unas vinajeras62
En lo que concierne a la iglesia de Moclín, como mínimo a partir de 1514 una buena parte de los recursos se destinaron a pagar a un beneficiado y a un sacristán. Las principales adquisiciones de este año se centraron en una cruz de plata (13.865 mrs) y las campanas (5.802). Al año próximo, las inversiones de cara al templo se basaron fundamentalmente en la compra de un facistol de madera y la colocación de tejas sobre la cubierta. Entre 1518 y 1519 el mayor desembolso lo marcó la obra en un cortijo, que demandó materiales, un maestro, peones y nada menos que 32 carpinteros. Los otros pagos, más reducidos, se encaminaron a su portada y a la reparación de su tejado y bóveda64
Finalmente, las rentas de Iznalloz en 1512 satisficieron los salarios de cuatro beneficiados: dos en su parroquia y los otros dos en sus anejos de Guadahortuna y Montejícar. En esta fecha también se pagaron 8.000 mrs a Juan López, entallador, por el retablo de la iglesia. Para los otros años apenas hay información sobre los gastos. Quizás el más relevante sean los 7.036 mrs y medio que se entregaron a Alonso Hernández, beneficiado de Guadahortuna, para la obra de dicha parroquia65
La última región en la que todos sus habitantes contribuían al diezmo como cristianos viejos la integraban Loja y Alhama. A la ciudad de Loja, habitada ya a finales del siglo XV por cristianos66
La primera referencia de los ingresos de beneficiados, fábricas y hospital que aparece en los libros de mayordomía se remonta a 151068
De esta tabla hemos omitido deliberadamente los excedentes —entre 58.000 y 303.000 mrs— que la iglesia disfrutaba cada año del ejercicio anterior. Pese a todo, los ingresos eran muy elevados. En su abrumadora mayoría procedían de los diezmos y de la comercialización de unas fanegas de trigo y cebada que, casi con absolura certeza, venían también de ellos. Las fuentes solo recogen los nombres y apellidos de aquellos arrendadores que, por cualquier motivo, incumplieron su compromiso de pago. Hay al menos tres documentados. Pedro Martínez de Estrella, arrendador de los diezmos de los becerros de 1513, sufrió una quiebra por 1.500 mrs. Asimismo Rodrigo de Córdoba, arrendador del diezmo de los corderos de 1519, dejó una deuda cuya cantidad no se aclara y que hasta 1522 sus herederos no saldaron por completo. En último lugar se encontraba Gonzalo Sánchez de Lucena, arrendador del pan de Huétor-Tájar de 1519. Una anotación señalaba que era público que había perdido mucho dinero en este arrendamiento y que, debido a su pobreza, se le había concedido una moratoria, aún vigente en 152269
En un escalafón inferior se hallaban los recursos que las posesiones eclesiásticas proporcionaban a los beneficiados, fábrica y hospital. En su conjunto, aportaron de media 14.555 mrs, 56 fanegas de trigo y 27 fanegas de cebada. Existe una clara tendencia a más pagos en metálico y menos en especie conforme se suceden los años. El patrimonio eclesiástico estaba formado por hazas, molinos, huertas, viñas y casas. Algunos de sus censatarios eran, además, personajes bien conocidos dentro de la comarca. Incluían al citado arrendador Gonzalo Sánchez de Lucena, pero también a varios alcaides de las fortalezas de Loja, el Salar y Zagra, como Hernando del Pulgar, Álvaro de Luna o su hijo70
Finalmente, las limosnas y los enterramientos constituían una fuente de ingresos mucho más modesta, que rondaba, de media, entre 3.800 y 10.000 mrs al año.
El principal egreso de la iglesia de Loja lo marcaba el salario de sus clérigos, a quienes se destinaba entre el 34 y el 54 % de los recursos. Las nóminas ofrecían una larga lista de nombres. Tomando como referencia la de 1522, se financiaba a un vicario con 20.000 mrs anuales, a nueve beneficiados que cobraban 12.000 mrs, a cinco sacristanes cuyos honorarios oscilaban entre los 3.000 y los 5.000 mrs y a 19 acólitos que iban desde los 300 a los 1.000 mrs. El repertorio aumentaba con los denominados “extravagantes”, que en este caso incluían a un sochantre, un campanero, un bachiller, un clérigo del Salar y un pertiguero71
Los fondos restantes se distribuyeron entre las fábricas parroquiales y el hospital. En el primer caso, es muy probable que comenzara en 1508 la construcción del templo de Santa María, que reemplazó al de San Gabriel como iglesia mayor de la ciudad. La marcha de las obras ha dejado huella en la documentación. En la liquidación que presentó Juana Fernández de la Rubia ante Millán de Olivares, visitador del arzobispado de Granada, por las deudas que dejó su marido como mayordomo de Loja, enseñó varias cartas de pago por valor de 8.783 mrs, gastado en transportar piedras, en buena parte desde las Islas Canarias72
En otro orden de ideas, la estructura de los ingresos de la iglesia de Alhama era muy similar al que acabamos de ver para Loja, aunque de menor tamaño:
Su economía se apoyaba sobre todo en los diezmos y, subsidiariamente, en los censos de sus propiedades. Solo el año de 1510 nos proporciona información de los principales sectores agropecuarios, a saber: el trigo, la cebada, el vino, el aceite y los corderos. Hay constancia de algunos impagos en años sucesivos. Rodrigo de Córdoba, arrendador de los diezmos de los corderos de 1519, dejó una deuda de 17.495 mrs, con la que dos años después cargaban su mujer y herederos74
Al igual que pasaba en Loja, los ingresos derivados de los censos y arrendamientos de las propiedades eran menos significativos. Si hacemos la media para los años en que hay datos, salen 7.125 mrs, 18 fanegas de trigo y 10 fanegas de cebada. En líneas generales, existió un tímido aumento de los ingresos de esta naturaleza con el paso del tiempo. Para 1510 el patrimonio de los beneficiados, fábricas y hospital se basaba en una huerta y varios hornos ubicados en Arenas y Játar. Tres lustros más tarde, comprendía hazas, viñas, solares y partes de una casa. Algunas de estas haciendas procedían de donaciones y del cobro de deudas76
Para concluir, también cobraban algún dinero de las limosnas y las sepulturas, que iban desde los exiguos 170 mrs de 1525 a los 7.827 mrs de 151878
Por lo demás, buena parte de estos recursos se destinaba a pagar al clero. Los números acompañaban de sobra a la iglesia de Alhama. Entre 1521 y 1522 servían nada menos que un vicario, tres beneficiados, cuatro sacristanes —uno de los cuales percibía un suplemento como organista— cuatro acólitos y un pertiguero79
La Costa de la Mar: Almuñécar, Motril y Salobreña
⌅La siguiente región es la denominada Costa de la Mar, compuesta por Almuñécar, Motril y Salobreña. La habitaban tanto cristianos viejos como moriscos y cada uno pagaba los diezmos en función de su comunidad, lo que suponía una singularidad dentro de la diócesis de Granada.
La contabilidad eclesiástica diferenciaba entre, por un lado, Almuñécar y, por el otro, Motril y Salobreña. Empezando por Almuñécar, el año 1510 es el primero para el que se conserva algún testimonio. Se trata de las cuentas que el vicario, un beneficiado y varios regidores tomaron al hasta entonces mayordomo, Martín de Villafranca. Quitando los diezmos —que no aparecen en el documento—, el dicho mayordomo había recibido 27.316 mrs, la mayoría de las heredades que Cristóbal de Soto cobró en nombre de la iglesia. A partir de 1514 existen dos contabilidades, la de los beneficiados y la de las fábricas y hospital, mediante las cuales pueden construirse las series que muestra el gráfico 1.
Es necesario especificar que cada año se cargaban entre 18.000 y 56.000 mrs de excedentes del ejercicio anterior, que no incluimos en el gráfico. Las mayores aportaciones las hacían los diezmos de los moriscos. Tras ellos, los diezmos de los cristianos viejos y las rentas generadas por los bienes habices estaban bastante emparejados. De estos últimos, los más rentables se situaban en los lugares de Ítrabo, Lentegí, Almeuz y Lojuela, y los menos en Jete, Xare, Turrillas y Bodíjar.
Por su parte, la fábrica y hospital sexitano se nutrían de los siguientes fondos.
De aquí hemos exluido igualmente los entre 18.000 y 47.000 mrs que cada año recibían por el anterior. Las fábricas parroquiales y el hospital solo ingresaban parte de los diezmos de los cristianos viejos, pero no así de los moriscos.
En cuanto a los gastos, la parte de los beneficiados iba, efectivamente, dirigida en su mayoría a estos y al resto de servidores. El vicario cobraba 15.000 mrs anuales; los dos beneficiados, 12.000 mrs; los tres o cuatro sacristanes, 5.000 mrs; y el organista o su tañedor, 1.500 mrs. Una peculiaridad es la larga trayectoria y el sentido de pertenencia de estos beneficiados con respecto a su parroquia, poco frecuente en las sedes del reino de Granada. A tal efecto, a principios de la década de 1520 atendían la iglesia el vicario Gonzalo Bueso y los beneficiados Diego de Fuentesedano y Juan de Sanabria. Los dos primeros habían sido presentados en noviembre de 1503 y el último83
Estos recursos financiaron la compra, cotidiana, de aceite, cera o incienso, junto a las labores de mantenimiento de las parroquias de la ciudad de Almuñécar —incluida aquella que las fuentes mencionan como “la antigua”— y de varios anejos86
Al este de la ciudad de Almuñécar se encontraban las villas de Motril y Salobreña. En esta ocasión los ingresos de beneficiados, fábricas y hospitales iban unidos y se repartían así:
En primer lugar es necesario aclarar que recibían entre 9.000 y 27.000 mrs de los excedentes de años anteriores. Explicado esto, los diezmos de los moriscos representaban la principal fuente de riqueza, ya que suponían entre el 35 y el 40 % de los recursos anuales. Les seguían los bienes habices, que significaban entre el 20 y el 25 %. Dentro de ellos, tenían una especial relevancia los de la ciudad de Motril y la adyacente Pataura87
Alrededor del 85 % de los recursos de la iglesia de Motril y Salobreña se reservó para sus clérigos. Tomando 1522 como referente, había un vicario con un salario de 18.000 mrs anuales; cuatro beneficiados con 15.000 mrs; cuatro sacristanes, con unos 5.000 mrs; un acólito, con 1.500 mrs; y un tañedor de órganos, con 1.120 mrs. En la misma fecha servían en Salobreña un vicario y dos beneficiados, con un sueldo de 15.000 mrs, y tres sacristanes con 5.000 mrs95
Al margen de los honorarios, durante este periodo se destinaron 45.700 mrs —a los que una tasación posterior sumó otros 9.000— a un órgano que el alguacil Bartolomé transportó desde la ciudad de Granada hasta la costera Motril. Otro gasto significativo fue el pago de 11.000 mrs a quienes realizaban un retablo. Asimismo, en 1524 el popular artista toledano, Pedro Machuca, recibió 2.000 mrs por un crucifijo y unas imágenes que compuso para la iglesia97
En cambio, al revés de lo que observamos en otras parroquias, existe un único pago al contador del arzobispo, anotado en 1521, por 16.727 mrs99
La Alpujarra y el Valle de Lecrín
⌅La última área de tributación la componían la Alpujarra y el Valle de Lecrín, y en ella todos sus habitantes —con independencia de si eran cristianos viejos o moriscos— pagaban a la Iglesia solo un tercio de sus diezmos. El primer intento que hemos encontrado de revertir esta situación corresponde a 1546. En esta fecha, la Iglesia trató de recaudar los siete novenos de los pocos cristianos viejos que vivían en la Alpujarra y el Valle de Lecrín, enfrentándose a la firme oposición de sus concejos, que enseguida trasladaron el asunto a la Real Chancillería de Granada. Este pleito confirma, sin perjuicio de una sentencia que no se ha conservado, que los escasos cristianos viejos desperdigados por sus cordilleras habían contribuido a lo largo de varias décadas con los seis novenos de sus diezmos a la Hacienda Real100
En lo que respecta a la Alpujarra, ya analizamos sus entresijos fiscales en un artículo publicado hace unos años101
Por su parte, las primeras informaciones del Valle de Lecrín nos llegan en 1510 y afectan exclusivamente a los diezmos. En este año se recaudaron 110.827 mrs y medio, 437 fanegas de pan y 194 arrobas de aceite. Todos los concejos se encabezaron, a excepción de nueve lugares: Nigüelas, Albuñuelas, Cónchar, Restábal, Cozvíjar, Padul, Murchas, Saleres y Lenxa104
Desde 1514 en adelante es posible reconstruir una serie con los ingresos de beneficiados y fábricas parroquiales:
En conjunto, su contribución anduvo entre los 250.000 y los 400.000 mrs anuales. Como elemento característico, prácticamente la mitad de los recursos procedían de los diezmos y la otra mitad de los bienes habices. Sobre los primeros, solo aparecen los nombres de sus arrendadores en 1514 —Juan Mendoza, vecino de Padul— y 1525—Juan López de Córdoba—. En cuanto a los habices, si tomamos el año 1514 como orientativo, los lugares donde se explotó más y mejor el patrimonio fueron: Béznar, Chite, Tablate, Harat Alharab y Mondújar (23.729 mrs); Lanjarón (17.000 mrs); Albuñuelas (13.816 mrs); y El Padul (13.360 mrs).
Con estas cantidades se financiaron en 1514 a 12 beneficiados y 12 sacristanes, distribuidos así: 1 vicario, 1 beneficiados y dos sacristanes en Padul; 2 beneficiados y 2 sacristanes en Dúrcal, 3 beneficiados y 3 sacristanes en Béznar, 2 beneficiados y 1 sacristán en Lanjarón, y 4 beneficiados y 4 sacristanes en Restábal. El vicario y los beneficiados cobraban, equitativamente, 12.000 mrs, y los sacristanes 3.000 mrs. A partir de esta fecha, la mayoría de los fondos se entregaban al contador del arzobispo, el cual —presumimos— pagaba al clero. Dentro de los pocos registros que hay, el de mayor volumen corresponde a la construcción de la parroquia de Béznar, la cual, según M. Gómez-Moreno, comenzó a levantarse en 1522105
MÁS ALLÁ DE LAS CIFRAS: UNA LECTURA DE LA SOCIEDAD GRANADINA
⌅Al margen de su trascendencia económica, estos libros se prestan a un análisis social. Constituyen, en este sentido, un excelente medidor de las relaciones que el bajo clero estableció con sus comunidades cristiano-viejas y moriscas. Su propio carácter los convierte, con toda cautela, en unas fuentes más “objetivas” que otras utilizadas para este fin, como las visitas o la documentación generada por la Inquisición, de clara intencionalidad. Son poco descriptivos, menos vivos si se quiere, pero doblan el pulso de la cotidianeidad.
Los libros de contabilidad envuelven a la Alpujarra y al Valle de Lecrín en un silencio espeso en cuanto a enterramientos, donaciones, aniversarios, penas o compras de cera e incienso para fiestas del calendario litúrgico como la Semana Santa o el Día de Pascua, muy presentes en otros lugares. Los cientos de folios solo registran que el 1 de febrero de 1508 se recibieron, junto a misales, dominicales o breviarios, 900 “artes arábigas” y 533 “vocabulistas arábigos”, que relacionamos con las dos obras publicadas por el fraile jerónimo Pedro de Alcalá en 1505, y que tenían por título Arte para ligeramente saber la lengua arábiga y Vocabulista in Arabico107
Este mutismo no puede interpretarse necesariamente como que los moriscos de la región nunca donaban tierras a su iglesia. Al contrario, para 1530 están bien definidos los lotes que los moriscos alpujarreños entregaron al pasar a la otra vida a sus respectivas parroquias. Caben, pues, dos opciones: o bien las iglesias ocultaron estos bienes en su contabilidad o bien todas las donaciones se produjeron en el lustro que medió entre el último libro que examinamos y el apeo de habices de 1530. Este último muestra que, junto a los bienes habices, había un listado con las propiedades que los vecinos que “murieron cristianos” dejaron a su parroquia. Constan los nombres y apellidos de cada uno, con una notable presencia de mujeres. La mayoría donaba un único moral al fallecer, y en muy contadas ocasiones, dieron otras propiedades, como un olivar o un horno. Sin embargo, en ningún momento se cedió un patrimonio voluminoso, de varios marjales, o más íntimo, como una casa109
Por desgracia, la escasísima información de la capital no arroja nada de luz. Solo si acudimos a libros de alguna parroquia en concreto, específicamente los de San Andrés y San Cristóbal, hay alguna pincelada suelta, como la misa en recuerdo de quien legó su patrimonio a la iglesia o gastos de Semana Santa. Para obtener una estampa, es necesario consultar otras fuentes, como los primeros libros parroquiales conservados para las parroquias de Santa María Magdalena —comprendido entre 1508 y 1527111
Saliendo de la ciudad dirección a la Vega, la información que se conserva en torno a las alquerías y las Siete Villas es bastante parecida. Los libros muestran que los templos cobraban dinero de algunas sepulturas y de donaciones de feligreses. También que se celebraban fiestas del año litúrgico, como el Día de Pascua o la Semana Santa, y que a tal fin se compraba cera, incienso, clavos, alfileres, estadales, cordeles o ropa blanca. Aún más interesante es que la parroquia de Pulianas costeara entre 1508-1509 un jubón de 374 mrs a un morisco que tenía como misión llevar a los vecinos a misa. Tampoco podemos olvidarnos de los libros de bautismo. El más antiguo que a día de hoy se conoce corresponde a la parroquia de Churriana y se retrotrae a 1510119
Entretanto, Loja y Alhama, habitadas en su mayoría por cristianos viejos, ofrecen más posibilidades. En Alhama se especificaban las sepulturas y mandas que percibía la iglesia. De acuerdo a los nombres y apellidos, prácticamente todos debían ser cristianos viejos. Solo un morisco, llamado Mateo Çayte, dejó cierta suma para la fábrica. También de gran notoriedad son los 34 mrs que la iglesia pagó por una zanbra (“zambra”), con ocasión del Corpus Christi de 1524, una tradición impulsada por el arzobispo Talavera y que se pensaba prácticamente extinta tras su muerte en 1507121
En cuanto a la Costa de la Mar, Almuñécar es la única localidad que aporta datos más concretos. De población mixta, la documentación distingue en todo momento entre cristianos viejos o moriscos. Esto se ve, por ejemplo, cuando el vicario pagó a unos moriscos por transportar el arca de las vestimentas desde su casa al templo. Igualmente, se aplicaron ciertas penas a moriscos. Las donaciones de tierras post-mortem por parte de algunos feligreses— todos ellos cristianos viejos— se vieron recompensadas por la misas de difunto, que cada año conmemoraron a la mujer de Alcaraz, la esposa del maestre Pedro, Andrés de Aranda, el vicario Mondragón, Guillermo y Martín Valenciano. En cuanto a las limosnas, destacaban las que cada año entregaban los pescadores. Para concluir, en la extensísima nómina de beneficiados y sacristanes de Almuñécar, también hubo hueco para un clérigo —que primero fue Francisco Porcel y luego Juan de Ermitaño— consagrado a instruir a los niños moriscos de las alquerías123
CONCLUSIONES
⌅Debido a su conquista tardía, la documentación que la Iglesia del reino de Granada generó durante sus primeros años de vida carece de parangón en otras sedes de la Corona de Castilla, convirtiéndose así en una torre vigía para estudiar otros procesos. En este caso concreto, los libros de mayordomía de la diócesis de Granada captan la savia de una Iglesia que había sido fundada dos décadas atrás y de una red parroquial que llevaba aún menos en funcionamiento. Cuando arrancaron las primeras series, existía cierta consolidación. Ya se habían disipado las dudas en torno a cuestiones clave, como el reparto de los diezmos de los moriscos o la administración de los bienes habices, que la Iglesia logró definitivamente en 1506.
De cara a los ingresos, existe una serie de elementos a los que conviene prestar atención. En primer lugar, el formidable peso de las rentas de los bienes habices, que en algunos lugares llegaron a igualar prácticamente a los diezmos. En segundo término, los elevados niveles de recaudación de los diezmos moriscos en la Alpujarra, Valle de Lecrín, Almuñécar, Motril y Salobreña, a los que no tenían acceso la mesa arzobispal y capitular. En tercer plano, que los diezmos solían arrendarse y que a veces quienes los arrendaban eran insolventes. Así se dio el caso del hidalgo que carecía de patrimonio, del hombre pobre o de quien lastraba a sus hijos al morir sin haber cumplido primero con sus obligaciones. De cobrar los habices se encargaban por lo general los clérigos. Por último, los derechos de altar constituían solo una pequeña parte de los ingresos parroquiales, al igual que pasaba en otras sedes peninsulares.
Todavía más crucial resulta el apartado de gastos. Si tuviéramos que sacar una sola conclusión, nos quedaríamos con la constatación de que, transcurrida apenas una década, se habían cumplido los objetivos marcados por el acta parroquial de 1501. Muy lejos quedaba aquel otoño de 1500, cuando los Reyes Católicos suplicaron a varias sedes que enviaran sacerdotes y sacristanes para el reino de Granada124
A lo largo de estas páginas repetimos sistemáticamente cómo, una vez cubiertos los salarios de los clérigos, buena parte de los recursos fiscales eran transferidos a Juan Fernández de Cantalapiedra, contador del arzobispo de Granada Antonio de Rojas. Seguir la pista de estos fondos es prácticamente imposible, pero existen serias sospechas de malversación desde las haciendas parroquiales hacia la mesa arzobispal126
El otro grueso de los fondos se destinó a la rehabilitación y construcción de parroquias y a la compra de objetos litúrgicos. Sus datos permiten tejer una cartografía de la arquitectura religiosa mucho más completa de la que hasta ahora se tenía. Para empezar, corporiza templos que solo se abrían paso a través del acta parroquial de 1501. También adelantan la cronología de algunas iglesias. Abren por último una puerta al estudio artístico —con la presencia de Bartolomé de Hermosilla o Pedro Machuca— y de los costes de construcción, con los precios que se pagaron por cada transporte, por la colocación de cada madera o ladrillo, o las retribuciones de los maestros, carpinteros y peones.
Para concluir, hemos aplicado estas fuentes fiscales para estudiar la sociedad granadina. La contabilidad muestra que algunas prácticas sancionadas luego por el Concilio de Trento, como las visitas, el control de los fieles a través de los libros de bautismo y padrones de confesión y las sanciones a clérigos por ausentarse de su parroquia, estaban ya presentes durante este periodo. Alejan, a su vez, las imágenes mentales de desidia o desorden en las ceremonias religiosas celebradas en estos templos. Se cuidan detalles como los ramos, la ropa o el color de velas y cirios para determinadas fiestas litúrgicas. Por último, recuerdan incesantemente la presencia de dos comunidades, la cristiano vieja y la morisca. Una delgada línea divide pertenencia y segregación. Detrás de las donaciones de tierras —voluntarias o forzosas— y las limosnas, el recordatorio, indeleble, de su identidad morisca y, con ello, los esfuerzos por adoctrinar.