El 7 de enero de 1869 el papa Pío IX bendecía a los miembros de la Asociación de católicos españoles, organización que acababa de ser creada con el objetivo de canalizar la movilización contra la libertad de cultos. En un documento que se iba a convertir en la carta de presentación de la asociación, el pontífice dedicaba sus últimas palabras a elogiar la acción de las católicas españolas:
Y al llegar aquí no podemos menos de tributar los más cumplidos elogios a tantas piadosísimas y nobilísimas españolas, que con ánimo resueltamente católico y varonil han tenido a gloria ser las primeras en salir abierta y públicamente a la defensa de la integridad e incolumidad de nuestra Religión santísima, y en oponerse a los sacrílegos atentados de los impíos1
Puntualmente informado por el nuncio, el papa reconocía el papel que habían desempeñado las católicas desde el inicio de la Gloriosa para defender y salvaguardar los intereses de la Iglesia católica. Así, en su informe de diciembre de 1868, el nuncio adjuntaba la petición de 12.000 mujeres lideradas por la condesa de Montijo y la marquesa de Santiago, señalando que los españoles habían quedado sorprendidos por la “intrépida actitud tomada en aquellos momentos de anarquía por las damas españolas, actitud que infundió coraje y valor a los tímidos y preparó la vía para la erección de la pía asociación de hombres”. Por ello, pedía que, en su carta a la asociación masculina, el papa aludiera a los esfuerzos de las mujeres para que sirvan de ejemplo al resto de españolas2
Ambas misivas ilustran el importante papel que desempeñaron las mujeres católicas en la primera reacción a las medidas secularizadoras implementadas por el Gobierno provisional revolucionario de 1868. Su acción fue elevada al rango de “viril”, no para criticar una transgresión de los códigos de género, sino para loar su actitud. Sin embargo, pronto esta labor femenina quedó oscurecida por el liderazgo de la Asociación de católicos españoles en la campaña de recogida de tres millones y medio de firmas contra la libertad de cultos. Cuando el 8 de diciembre de 1869, las mujeres crearon su equivalente femenino, la Asociación católica de señoras de Madrid, la Constitución había sido ya aprobada y, por tanto, la movilización inicial contra las medidas secularizadoras estaba en proceso de transformación. Con frecuencia, la historiografía ha señalado como estas iniciativas perdieron fuelle al pasar parte de sus líderes a engrosar las filas del carlismo3
El artículo se plantea revisar esta idea para demostrar cómo la asociación de damas desempeñó un papel clave en una nueva fase de movilización contra las escuelas protestantes y en defensa del papado y la unidad católica. Tras realizar un breve balance sobre la movilización católica femenina en el siglo XIX, analizaremos las diversas experiencias femeninas de movilización católica y sus posibles conexiones con esta asociación de señoras. En un segundo momento nos centraremos en su acción durante el propio Sexenio democrático, para luego pasar a abordar su movilización contra la tolerancia religiosa limitada, aprobada por la Constitución de 1876. Ello nos permitirá no solo reevaluar la movilización católica en el período 1870-1876, sino también contemplar su evolución desde un modelo caritativo a un activismo confesional.
RELIGIÓN Y GÉNERO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX
⌅Desde los pioneros trabajos de Inmaculada Blasco en la primera década del siglo XXI, el estudio de las complejas, intensas y poliédricas relaciones entre género y religión se ha consolidado en la historiografía española4
Del mismo modo, el estudio de la movilización femenina en el Sexenio democrático ha sido integrado en análisis más amplios sobre las campañas de recogidas de firmas impulsadas por sectores católicos en contra de medidas secularizadoras. Así, antes de 1868, las mujeres ya se habían movilizado en la primavera de 1856, recogiendo firmas de manera individual o colectiva, contra la ruptura de la “unidad católica”8
Partiendo de esta necesidad de romper con la ilusión de continuidad, este estudio se plantea un propósito complementario: reconstruir las experiencias que forjaron dichas identidades, especialmente en el marco del desarrollo de diversas estructuras asociativas que facilitaron la intervención de la mujer católica en la esfera pública. Esto permite superar la sensación de sorpresa que genera el surgimiento de la movilización de las mujeres en momentos claves de la lucha contra el proceso de secularización como 1868-69, 1900-1914 o 1931-1933. La interiorización de un modelo de género no bastaría para explicar esta irrupción, sino que también habría que recurrir a otros factores como la existencia de una experiencia asociativa previa en asociaciones caritativas. Allí descubrieron cómo organizarse, obtener y gestionar recursos, dar publicidad a sus acciones, cumplir una serie de objetivos y establecer una densa red de relaciones con la jerarquía católica, así como con otras personas, asociaciones e instituciones. En el fondo, este aprendizaje resulta capital para explicar la transición entre un modelo de asociacionismo devocional y otro cuyos objetivos tenían una naturaleza más política.
En segundo lugar, para analizar esta movilización católica femenina sería conveniente superar los marcos de una concepción clásica de la política y la agencia, así como de la distinción de esferas pública y privada10
En tercer lugar, el estudio de la movilización femenina también se ha visto mediatizado por la tesis de la frustrada recepción del catolicismo social en España. Según algunos autores, no habría sido hasta 1889 cuando podría comenzarse a hablar de la organización de un movimiento católico en España con los congresos católicos y los primeros ensayos del catolicismo social. Frente a esta interpretación del fracaso y tardía recepción del catolicismo social, José Andrés-Gallego subrayó hace tiempo que esta temprana movilización estaba en el germen de la Acción católica en el siglo XX11
Sin embargo, reconsiderar el período 1868-1874 bajo el prisma de las guerras culturales permite redimensionar la importancia de las medidas secularizadoras —libertad religiosa, matrimonio civil, etc.—, equiparables a las que estaban implementando otros países de su entorno, así como de la espectacular movilización católica de la sociedad civil a través del uso de medios de comunicación de masas, el desarrollo del asociacionismo, la recogida de firmas o la celebración de los primeros peregrinajes colectivos14
Asimismo, el estudio de la Asociación católica de señoras de Madrid debe ser insertado en el marco más amplio del desarrollo del asociacionismo laico en la Europa decimonónica. Recientemente, la historiografía ha demostrado la importancia que tuvieron las organizaciones religiosas en la movilización y politización de la población en la primera mitad del siglo XIX. Tanto por las técnicas empleadas, como por las cifras que alcanzaron, se puede considerar que desempeñaron un papel decisivo en la conformación de la sociedad civil. Un buen ejemplo de ello sería la Asociación Católica irlandesa que alcanzó en 1828 los tres millones de socios y que gracias al apoyo de la estructura de la Iglesia católica llevó a cabo acciones muy originales de protesta como las reuniones simultáneas para pedir igualdad de derechos para los católicos16
Al contemplar esta movilización en su dimensión de género, la Asociación católica de señoras de Madrid cobra una particular relevancia al aparecer como la primera asociación laica femenina no dedicada específicamente a cuestiones de caridad o devoción, sino a contrarrestar la libertad de cultos y frenar la creación de escuelas protestantes. Para el surgimiento de estas asociaciones femeninas contra la secularización habría que esperar a la primera década del siglo XX con la Ligues des femmes françaises (1901) en Francia, la Catholic Women’s League (1906) en el Reino Unido y la Unione fra le donne cattoliche d’Italia (1909) en Italia18
Por último, es necesario entender la movilización católica femenina durante el Sexenio en su dimensión transnacional, siendo el resultado de la circulación de ideas, actores y modelos en el catolicismo decimonónico19
EXPERIENCIAS CARITATIVAS
⌅Más allá de arquetipos que, como el “Ángel del Hogar”, potencian una imagen pasiva y sumisa, lo cierto es que las mujeres supieron encontrar numerosas y diferentes vías para intervenir en la sociedad y la política. Las fronteras entre lo público y lo privado no dejaron de ser transitadas durante todo el siglo XIX20
Las asociaciones caritativas y de beneficencia ofrecieron un espacio a las mujeres donde defender los ideales sociales del catolicismo decimonónico. Por sus dimensiones resultó especialmente importante la experiencia de la Sociedad de San Vicente de Paúl en España. Esta sociedad caritativa fue fundada en 1833 en París por un grupo de laicos liderados por Frédéric Ozanam y conocidos por sus sensibilidades románticas y su cercanía al liberalismo. Aunque colaboraba con los prelados, la asociación funcionaba de manera autónoma y tenía una marcada línea caritativa-asistencial y evangelizadora. Pronto las conferencias se extendieron por todo Francia y en la década de 1840 comenzaron a desarrollarse en otros países europeos como los Estados Pontificios, Bélgica, Inglaterra y Alemania e incluso americanos como México o Estados Unidos.
Tras haber descubierto esta asociación durante su estancia artística en la capital francesa, el músico y activista católico Santiago Masarnau se decidió a fundar la primera conferencia en Madrid en 1849. Las conferencias fueron un verdadero éxito y crecieron exponencialmente a lo largo de los siguientes años. En el momento de su disolución por el Gobierno provisional revolucionario de 1868, tan solo 19 años después de su fundación, la asociación contaba con 694 conferencias regidas por 46 consejos, 9.916 inscritos como visitadores, 14.409 familias de pobres objeto de las visitas y un presupuesto anual de 3 millones de pesetas22
En 1855 se establecía la primera conferencia de señoras en Madrid. Su despegue es también espectacular. En tan solo trece años llegaron a tener 388 sociedades repartidas por península y ultramar. Solo en Madrid tenían 140 socias activas y asistían a unas 230 familias23
No aspira a ser una congregación, ni una cofradía, ni una orden tercera; es solamente una reunión piadosa de mujeres cristianas, que viven en el mundo y aúnan sus esfuerzos para profesar la piedad y procurar su perfección por el ejercicio de la caridad24
La experiencia de la asociación fue fundamental para la formación personal e intelectual, así como para la toma de conciencia social de mujeres de la talla de Concepción Arenal25
A pesar de haber apoyado la Revolución de 1868, Arenal escribió dos artículos muy críticos contra la decisión del Gobierno provisional de suprimir las conferencias de San Vicente de Paúl en La Voz de la Caridad. En un principio, la activista gallega pospuso su publicación al conocer que el Gobierno provisional había restituido las conferencias femeninas con la esperanza de que rectificara por completo y permitiera finalmente también la rama masculina. Sin embargo, ante la inacción del Gobierno decidió publicarlo. Más allá de las críticas a la decisión, en estos artículos mostraba la importancia que atribuía a las conferencias para el desarrollo espiritual y material de España y lo hacía en un momento en el que precisamente evolucionaba hacia criterios asistenciales y sociales más avanzados27
Además de la importancia que desempeñaron en la experiencia asociativa católica y femenina, la fundación y desarrollo de las conferencias de señoras constituyen una prueba de la gran autonomía y capacidad de iniciativa por parte de estas mujeres. En este sentido, conviene recordar que desde el reglamento general de 1835 se había reservado escrupulosamente la pertenencia a los hombres28
Si bien la iniciativa de las señoras madrileñas desafiaba en un principio el reglamento general, su labor fue asumida como complementaria. Así, en el reglamento de 1858, a propósito de las conferencias de señoras que, siguiendo el reglamento masculino, se dedican a la visita de mujeres, señalaban “haciendo justamente lo que a nosotros nos está prohibido, y completando así en cierto modo nuestra obra (…). Debemos dar de corazón muchas gracias a Dios Nuestro Señor por este bien tan grande”30
Íntimamente ligada a esta labor de beneficencia estarían las Juntas de Caridad provincial como la Asociación de Beneficencia Domiciliaria de Madrid. En el período que va desde 1856 a 1868, esta asociación estuvo presidida por mujeres y su composición fue eminentemente femenina. Se organizaba en juntas parroquiales en los distintos barrios y contaban con el apoyo de la congregación vicenciana de las Hijas de la caridad. Su primera presidenta e impulsora fue la duquesa viuda de Gor que ya en 1839 había fundado otra sociedad compuesta por 83 damas de la alta sociedad que acudía en socorro de las religiosas exclaustradas tras la desamortización de Mendizábal y que estableció centros de beneficencia por la capital. Esta primera asociación nutriría las juntas directivas de la Asociación de Beneficencia. Estas experiencias asociativas previas fueron decisivas para la formación de la Asociación Católica de Señoras de Madrid en 1869 y, en especial, para su presidenta, la Condesa de Superunda, Isabel Queipo de Llano, hija del Conde de Toreno, y su vicepresidenta, la marquesa de Zugasti. La primera ejercía en 1868 como vicetesorera de la asociación de beneficencia madrileña, mientras que la segunda era en ese momento curadora de las casas de misericordia34
La asociación de las Escuelas dominicales ofreció un espacio para que las mujeres de la élite social promovieran sus valores católicos en la sociedad y, en concreto, educaran a “sirvientas y otras jóvenes hijas del pueblo” durante los días festivos, para que no cayeran en “los peligros que todos conocen y deploran”35
LA ASOCIACIÓN CATÓLICA DE SEÑORAS DE MADRID
⌅Las primeras medidas revolucionarias, como la supresión de los Jesuitas y la reducción de los conventos generaron una oposición que se expresó entre otras formas a través de las recogidas de firmas. El 15 de octubre las mujeres sevillanas entregaron la primera petición al Gobierno para pedir la derogación de estas medidas. Le siguieron peticiones de señoras de Madrid, Écija, Segovia, Toledo y Valladolid, además de las de vecinos de Astorga, Pamplona, Salamanca y Mendigorria y los miembros del partido progresista de Orihuela37
Una vez aprobada esta primera batería de medidas, el Gobierno provisional daba un paso más y en su manifiesto a la nación del 25 de octubre señalaba que la reforma más importante “por la alteración esencial que introduce en la organización secular de España es la relativa al planteamiento de la libertad religiosa”39
Tras la extraordinaria movilización de la primavera de 1869 con la recogida de más de tres millones de firmas, la historiografía parece coincidir a la hora de señalar un cierto estancamiento, cuanto no declive de la movilización católica en el Sexenio democrático. Entre las razones que se esgrimen estarían las tensiones internas entre carlistas, intransigentes y católicos liberales. Los levantamientos en verano de 1869 en defensa de la religión y sobre todo la creación de la Sociedad católico monárquica de corte carlista supusieron un lastre para la asociación, especialmente a partir del estallido de la guerra civil de 1872. Sin embargo, su situación durante este período distó mucho de la parálisis y el colapso. De hecho, fue precisamente en 1870 cuando la Asociación de católicos españoles se consolidó territorialmente, con la creación de una densa red de juntas provinciales, de distrito y parroquiales. Además, la asociación impulsó el germen de la primera universidad católica —los Estudios católicos— que estuvo activa hasta 1875, desarrolló una vasta red de escuelas primarias católica para niños y niñas y financió diversas publicaciones para difundir el catolicismo y contrarrestar la creciente propaganda protestante42
El hecho de que no consiguieran su objetivo de derogar la libertad de cultos no quiere decir que entraran pues en declive. Así pues, no solo no disminuyó su actividad, sino que se intensificó y extendió por todo el territorio, consolidándose en tres ramas independientes y complementarias: masculina, femenina y juvenil. Así, el 8 de diciembre de 1869, el tejido asociativo de la Asociación de católicos españoles y la Academia de la juventud católica se completaría con la fundación de la Asociación católica de señoras de Madrid.
Esta movilización debe de entenderse en el marco de la guerra cultural europea, y la segunda era confesional. La cuestión no solo era la secularización del Estado sino el combate internacional entre el catolicismo y protestantismo. Olaf Blaschke ha propuesto interpretar el período 1830-1970 como una segunda era confesional en la que la pertenencia a una u otra confesión suponía una línea de fractura que afectaba a todos los aspectos de la vida: la ideología, la política, la vida cotidiana, las organizaciones sociales, los medios de comunicación, la educación, los negocios o la historia. Durante este período la confesión aparece pues como un elemento estructurante de la realidad tan importante como el género, la ideología o la procedencia social43
Si bien la hipótesis de una “segunda era confesional” ha suscitado críticas en torno a la excesiva uniformización del universo protestante, la ausencia del mundo judío dentro de la explicación o la difícil aplicación de la misma a sociedades uniconfesionales44
De hecho, la fundación de la Asociación Católica de Señoras de Madrid fue motivada por la noticia el 21 de noviembre de 1869, de la apertura de una escuela protestante en la calle Amaniel. Una escuela “anticatólica”, en palabras del director espiritual de la asociación, José Joaquín Cotanilla, que buscaba “propagar sus errores en los tiernos corazones de los niños y niñas pobres de nuestro católico pueblo español”46
Al igual que su equivalente masculino y que otras iniciativas del laicado católico de la época tenía una fuerte impronta elitista. No en vano, para pertenecer a este tipo de organizaciones había que tener tiempo y recursos48
Merece la pena que nos detengamos en la trayectoria de la Condesa de Superunda. Hija del conde de Toreno, Isabel Queipo de Llano desempeñaba un papel central en la élite social madrileña y, entre otras, frecuentó la tertulia de Emilia Pardo Bazán51
La fundación de la asociación no estuvo exenta de tensiones como consecuencia de la aprobación del reglamento. Tras haber obtenido la aprobación del Gobierno civil, la asociación buscó la sanción de su diocesano, el arzobispo de Toledo. Este decidió intervenir para desarrollar algunos aspectos. La dirección consideró que este nuevo reglamento era “mucho más extenso y complicado, lo que se temía podría entorpecer nuestra naciente asociación”. Los ruegos de la junta directiva al secretario del arzobispado fueron desoídos y el reglamento ampliado. Una vez sometidas a la autoridad del diocesano, tanto el arzobispo de Toledo como el obispo auxiliar de Madrid mostraron todo su apoyo a la asociación y regaron con indulgencias a sus socias y benefactoras.
La intervención del arzobispado motivó el primer intento de dimisión de la junta directiva. El director espiritual Jaime Cardona consiguió reconducir la situación con el objeto de no retrasar los trabajos de la asociación57
La tercera figura de autoridad cuya aprobación y bendición buscarán sería la del papa. Las católicas madrileñas seguirían los pasos de otras asociaciones católicas, masculinas y femeninas, que buscaban en última instancia la sanción del pontífice. El representante vaticano Franchi consiguió la aprobación en enero y a través de la mediación del obispo de Oviedo conseguirían indulgencias plenarias para el aniversario de la instalación de la asociación y otros actos religiosos60
… erigido escuelas en donde los hijos, particularmente de los pobres, son educados e instruidos en la doctrina cristiana y en los rudimentos de las letras, con el fin de alejarlos, de este modo, del trato y comunicación de los enemigos de la Iglesia, y prepararlos para las artes y oficios necesarios a la sociedad civil, e infundir en sus ánimos el amor y el celo de la Religión y de la Unidad católica, que el pueblo español guarda con fidelidad, y que tantas y tan ilustres asociaciones de jóvenes la defienden valerosamente61
Desde marzo de 1870, con la apertura de la escuela en San Martín, la asociación tuvo un crecimiento espectacular62
Las damas católicas vieron con preocupación la fundación de escuelas protestantes como la existente en la calle de la Libertad y para evitarlo decidieron promover escuelas en aquellos barrios64
Las labores de las damas madrileñas causaron un gran rechazo en los medios protestantes. En un informe escrito a la Asociación confederada de difusión del evangelio en España, se señalaba que la fundación de la sociedad católica no buscaba sino
… la expulsión de las congregaciones protestantes de Madrid de sus diversos lugares de reunión. El método ordinariamente adoptado ha sido sencillo y eficaz. Se ofrece al casero un alquiler más alto: se induce a los otros inquilinos de la casa a amenazar al propietario con que se irán en masa; al mismo tiempo se pone a consideración del propietario la posibilidad de que esta casa sea incendiada, y las penas seguras en el mundo eterno. En dos o tres casos, la Asociación Católica de Señoras ha tenido bastante éxito. El único consuelo que se puede encontrar es que las habitaciones así desocupadas se dedican a fines escolares, aunque católicos, por lo que allí se enseñará a leer a los niños, y esperemos que un día puedan leer el puro Evangelio de Jesús67
Parece que las amenazas llegaron a subir de tono y uno de los caseros, bastante anticlerical, habría señalado que las damas le habrían advertido por carta de que “en el caso del triunfo de la reacción, la casa será incendiada”68
Esta guerra cultural tenía una fuerte impronta de clase no solo porque los misioneros protestantes fijaron como objetivo las barriadas obreras, sino también por la autopercepción de una élite social que acudía en socorro de los pobres. Sin embargo, su interés no iba más allá de la evangelización a través de la apertura de escuelas y capillas y en nada buscaron mejorar sus condiciones de vida materiales. Este sería el caso del barrio de las Peñuelas, que había sufrido con dureza la epidemia de cólera en 1865 y que carecía de Junta de beneficencia al no tener parroquia70
La principal actividad de la asociación fue la creación de escuelas segregadas desde los 6 años y hasta los 13. En algún momento, se planteó la escuela de párvulos y escuelas mixtas, pero rápidamente fueron desechadas. Del mismo modo se descartó la fundación de un periódico para publicitar las actividades de la asociación72
La fundación en 1878 de una asociación católica de señoras en Sevilla generó tensiones con la primaria madrileña. La asociación había sido aprobada por el arzobispado de Sevilla el año anterior, ya que “hacía ya mucho tiempo que se sentía en Sevilla la necesidad de una institución semejante a las asociaciones de señoras, establecidas en Roma y Madrid, y que con tanto fruto trabajan a favor de la causa católica”75
… la conveniencia de que todas las asociaciones católicas de España que tienen por objeto velar por los niños y niñas del pueblo, instruirlos en los rudimentos y sanos principios de nuestra religión santa y apartándolos de las falsas doctrinas que propaga la impiedad, se unan a la de Madrid, para que así participen de las indulgencias que su santidad (…) se dignó conceder77
Por otro lado, aunque estas asociaciones pueden verse como meramente locales fueron también vehículos de la solidaridad transnacional con el papado en el marco de la conocida como cuestión romana. La Revolución romana de 1848 primero y luego el progresivo avance de la unificación italiana, especialmente a partir de la Segunda Guerra de la independencia italiana, despertaron una ola sin precedentes tanto por la variedad de sus formas como por su carácter global de manifestaciones de apoyo al papado78
Entre las numerosas muestras de apoyo organizadas en favor de los Estados Pontificios, la Asociación Católica de Señoras de Madrid decidió unirse a las funciones de desagravio por la conquista de Roma y organizó el 1 de diciembre una función en la Iglesia del Carmen Calzado79
Por último, aunque no fuera de manera directa, algunas socias como la presidenta Superunda contribuyeron al desarrollo de otras iniciativas femeninas en el período. Este sería el caso de la Asociación de señoras para socorrer a los heridos del ejército liberal durante la guerra Carlista para complementar la labor de las hermanas de la caridad y la Cruz Roja. En su carta de presentación, resultaba muy interesante observar cómo estas mujeres se reivindicaban como élite social frente a asociaciones de carácter más interclasistas como la Cruz Roja. A lo largo del conflicto, realizaron varias colectas de donativos tanto en dinero como en ropa, alimento y materiales hospitalarios para los heridos liberales82
LA MOVILIZACIÓN FEMENINA DURANTE LA PRIMERA RESTAURACIÓN
⌅En enero de 1876, el diario protestante The Bulwark manifestaba su preocupación por el nombramiento como ministro de Fomento del Conde de Toreno y la posible influencia que podía tener su hermana, la condesa de Superunda, que “ha sido durante todo el tiempo una feroz y activa opositora de nuestras escuelas protestantes, y ha hecho todo lo que estaba en su poder para destruirlas, comprando casas en las que estaban situadas y ofreciendo sobornos de todo tipo a los padres de nuestros hijos”83
Los temores estaban bien fundados, puesto que, desde el golpe de Estado contra la Primera República, los católicos españoles estaban realizando gestiones para restablecer la “unidad religiosa”. Desde mayo de 1875, a través de la nunciatura, llegaron manifiestos, peticiones, recogidas de firmas e informes de las actuaciones realizadas con este objetivo en España84
A lo largo de enero de 1876 la condesa de Superunda, la marquesa de Zugasti y otras señoras de la nobleza canalizaron las recogidas de firmas que se estaban haciendo por toda España para el restablecimiento de la unidad católica. El 26 de enero entregaron al rey las 70.000 firmas que habían conseguido reunir y, cuatro meses más tarde, con la Constitución de 1876 ya aprobada entregaron las firmas a las Cortes87
Nos prueban, amadas hijas en Cristo, que comprendéis bien y percibís con la claridad debida la gravedad de la causa que sostenéis, y que son iguales el celo y fervor que en apoyo de esta misma causa, cumpliendo con vuestros deberes religiosos, habéis procurado manifestar en la ocasión presente89
La actividad de la asociación no cesó con el cambio de régimen, sino que este creó las posibilidades para el desarrollo y diversificación de sus tareas. La Asociación católica de señoras de Madrid se vio beneficiada desde el poder político y contó con nuevas vías de financiación. Desde 1875 se les permitió realizar una rifa semanal en favor de las Escuelas Católicas, recaudando un máximo de 22.000 reales por semana90
Por otro lado, en la primera Restauración, los exámenes comenzaron a hacerse públicos y se convirtieron en un espacio de representación de la asociación y de la élite política. Así, el 18 de octubre de 1880 se hicieron por primera vez exámenes públicos bajo la presidencia del cardenal Moreno y con asistencia de la infanta Isabel y sus hermanas para distribuir los premios. Las niñas fueron examinadas por el catedrático y destacado activista católico Vicente de la Fuente94
Por último, la Asociación también presentó en sociedad los resultados de sus escuelas y talleres a través de las exposiciones internacionales. La condesa de Superunda presentó a la princesa de Asturias varios textiles elaborados por las alumnas de las escuelas de la asociación para que representaran a España en la Exposición universal de Filadelfia de 1876 y mostrarán los avances de las clases más desfavorecidas gracias al patronazgo de la élite95
CONCLUSIONES
⌅En una carta de 1878 al padre Feliu, superior del seminario de Poyanne en Francia, en el que se ordenaban los jesuitas españoles desde su expulsión en 1868, el padre Rodeles le informaba de los progresos de la Compañía en España y de cómo se habían hecho cargo de las escuelas dominicales, las escuelas católicas y los talleres católicos en Madrid. A pesar de los avances, su relato estaba teñido de pesimismo al constatar como seguían abiertas siete escuelas protestantes en Madrid y las escuelas católicas no eran más que “un arroyuelo de agua dulce que desaparece en un océano de amargura”97
Sin embargo, lejos de ese pesimismo, lo cierto es que la asociación permitió ofrecer de manera continuada un modelo educativo confesional que hiciera frente a los desafíos que experimentaba el catolicismo en la gran urbe. Así, a mediados de la década de 1920, de los 55.000 niños y niñas escolarizados en Madrid, 12.000 estudiaban en los 54 centros fundados por la asociación98
La asociación supuso al mismo tiempo un punto de llegada de una experiencia asociativa previa, de carácter benéfico-asistencial a un modelo de activismo católico laico y una experiencia clave para el desarrollo de otras iniciativas y formas de movilización católica. La trayectoria de su presidenta, la condesa de Superunda, resulta ilustrativa en este sentido. Con una amplia experiencia en el mundo benéfico del período isabelino, impulsó la Asociación católica de señoras de Madrid y desde allí promovió otras asociaciones, como aquella en favor de los heridos liberales de las guerras carlistas o protestas, como las realizadas contra la aprobación de la tolerancia religiosa limitada en la Constitución de 1876.
Al insertar esta movilización en clave europea, observamos cómo la iniciativa de la Asociación católica de señoras de Madrid responde a las conocidas como guerras culturales y al enfrentamiento entre católicos y protestantes en la conocida como “segunda era confesional”. Asimismo, al redimensionar este activismo católico, podemos subrayar que se trata de una asociación pionera en el encuadramiento de laicas contra la secularización y que, para encontrar ejemplos similares en otros países como Francia, Italia o Reino Unido, habría que esperar a la primera década del siglo XX. Si bien no lograron evitar la libertad de cultos, sí que fueron capaces de contrarrestar sus efectos, boicoteando el desarrollo de escuelas protestantes y creando una potente red educativa católica que durará hasta bien entrado el siglo XX.